
«Terrible es también pensar en la posibilidad de haber llegado a un nivel de envilecimiento en que podamos descubrirnos como portadores de comportamientos similares»
El suceso es reciente: un policía municipal de la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, ahora llamada Hondarribia, hizo uso de su arma reglamentaria causando la muerte a un hombre de origen senegalés. Según leemos en El Diario Vasco el fallecido se paseaba por las calles y bares amenazando al prójimo con un cuchillo en la mano. Una agente de la policía autonómica, perseguida por el subsahariano perdió el equilibrio y cayó al suelo, estando a merced del ataque del individuo. Rápidamente el guardia local disparó tres veces con la pistola. Los servicios médicos desplazados al lugar no pudieron salvar la vida del agresor.
Las reacciones han sido previsibles: hay quienes califican la actuación del guardia como criminal; otros aplauden su decisión; el alcalde (que lo es gracias a Bildu) tiene “la sensación de haber fracasado como sociedad”. Lo llamativo, al menos para mí, es que gracias al video de un vecino, podemos ver la escena del inmigrante subsahariano atendido, seguramente ya sin aliento, en el suelo de la rotonda, a escasos metros de la terraza de una cafetería. Los clientes permanecen sentados observando el espectáculo, como si de una pequeña colisión entre dos vehículos se tratara.
Pero la actitud no es nueva. Lleva produciéndose décadas atrás en esta desdichada tierra vasca. Un año, un empresario fue asesinado por la banda terrorista. Tenía la costumbre de juntarse con sus amigos para jugar una partida de cartas o de dominó. El mismo día del entierro su cuadrilla no dejó de jugar esa partida en el bar. Porque siempre hay quien ocupe el lugar del muerto y nadie quiere ser el siguiente. El siguiente muerto, el siguiente señalado. Lo narra perfectamente Fernando Aramburu en su novela “Patria”: Llega un momento, tarde o temprano, en que (de nuevo la cuadrilla, de nuevo los amigos) dejan de ir con el Txato los domingos a practicar el ciclismo. Su mujer, Bittori, pierde la amistad de Miren, que poco a poco ha sido absorbida por el mundo de Herri Batasuna, con un hijo ya en ETA. Es recurrente la fotografía que hace Aramburu en su obra (“Los peces de la amargura” o la reciente “Maite”) de una sociedad perdida por el miedo, el odio y el terror.
Los sucesos de Fuenterrabía no se enmarcan en la situación anterior, pero sirven para preguntarme si yo hubiera actuado de igual modo: si hubiera permanecido sentado en el bar, si hubiera pasado de largo ante un hombre ensangrentado en una calle cualquiera de San Sebastián, si hubiera cambiado de acera para no saludar a un conocido incómodo, si hubiera seguido con la partida de cartas en el batzoki o el paseo en bici sin el amigo. Terrible es también pensar en la posibilidad de haber llegado a un nivel de envilecimiento en que podamos descubrirnos como portadores de comportamientos similares, ahora mismo, en cualquier lugar de España.

