A Propósito de mi infancia y cuando los niños sabíamos jugar

Cuando yo era niña no existían ni móviles, ni consolas, ni tantas tecnologías y redes sociales a las que viven totalmente enganchados los niños de hoy
Cuando yo era niña no existían ni móviles, ni consolas, ni tantas tecnologías y redes sociales a las que viven totalmente enganchados los niños sin infancia de hoy

 

 

Cuando yo era niña no existían ni móviles, ni consolas, ni tantas tecnologías y redes sociales a las que viven totalmente enganchados los niños sin infancia de hoy. Mucho más cómodo para los padres, desde luego, tener a sus hijos sentados e inexpresivos frente a la tele o el ordenador. Concentrados en algún videojuego o serie de dibujos absurda, sin dar la lata y haciendo una vida sedentaria.

 

 

Son niños aburridos y de ceño fruncido cuando no tienen algún aparato electrónico al alcance. Los niños de hoy ya no saben jugar y los adultos hemos olvidado el enseñarles como hacerlo. Cuando yo era niña usábamos la imaginación. Pasábamos horas al aire libre, con nuestros amigos, haciendo mil travesuras y disfrutando de juegos, la mayoría de veces en grupo, que nos convertían en personitas sociables, generosas, compasivas y empáticas.

 

“La infancia hoy no saben jugar y los adultos hemos olvidado el enseñarles como hacerlo”

 

Tuve la suerte de criarme en un pueblo rodeado de montaña por lo que, aparte de tener más libertad, a los juegos de entonces añadiré las excursiones para comer la mona de Pascua típica de mi pueblo o para explorar en el castillo, del que apenas quedaban un par de muros, y que se nos antojaba una fortaleza. Revoloteábamos buscando un escondido y misterioso túnel por el que se escapaba en caso de asedio. Caminábamos seis o siete kilómetros hasta el río para observar “la boqueta del infierno” (la boca del infierno) que según la leyenda, era un punto en la parte más profunda de un río por el que ya apenas corría agua, en la que si caías desaparecías para siempre jamás.

 

la magia de la infancia
la magia de la infancia

 

 

Inocencia… En otras ocasiones subíamos al “piquet” (de pico) que era el punto más alto de los cercanos al pueblo y por el camino descansábamos en “la coveta la virgen” ( la cueva de la virgen) o la de la “areneta” que se llamaba así porque, en su interior, había una arena extremadamente fina que las mujeres del pueblo utilizaban para fregar el hollín de los pucheros.

 

 

Y así “costereta”(cuesta) arriba, “costereta” abajo, crecíamos sanos y nos manteníamos tanto física como mentalmente en forma. Con ese color en las mejillas que solo dan el sol y el aire fresco de la sierra. Pero fuera de los periodos vacacionales también sabíamos jugar. En la hora del recreo cuando estábamos en el colegio y en la calle mientras merendábamos un riquísimo bocadillo, nada de bollería industrial, seguíamos activos.

 

 

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Infancia feliz de una niña traviesa, “movida”, que se encaramaba a todo lo que tuviera ramas o saltaba desde alturas que hoy me provocan vértigo

 

En mi generación los niños ejercíamos de niños, sin más, con doce años andábamos jugando sin parar, en bici o con muñecas y no de botellón hasta caer en coma. Además en casa teníamos normas y unos horarios que respetar. Y que nadie se los saltara porque la puntería de las madres con la zapatilla era digna de elogio. De ser disciplina olímpica, la mía hubiera subido al pódium. Pese a haber sido una niña traviesa, “movida”, que se encaramaba a todo lo que tuviera ramas o saltaba desde alturas que hoy me provocan vértigo, solo quisiera llevar pantalones y supiera silbar con todos los dedos, también jugaba a cosas de “chiquetas”(chicas) en las que, a la hora de participar, la realidad era que también podían apuntarse los “chiquetes” (chicos).

 

LA RAYUELA
¿Quién de mi generación no recuerda “el tejo”( la rayuela) o las carreras de chapas?

 

Rodillas raspadas que sanaban con rapidez aplicando una milagrosa cura. Con un poco de saliva y cubiertas con un pañuelo atado en forma de triángulo, no había herida que doliera más de dos minutos. Y tras la cura de urgencia seguíamos jugando. ¿Quién de mi generación no recuerda “el tejo”( la rayuela) o las carreras de chapas? Para el primero solo necesitábamos una tiza y una piedra u objeto plano. Para las segundas, unas simples chapas de botella que decorábamos a nuestro gusto. Los chicos solían hacerlo con fotos de los futbolistas de su equipo favorito y luego organizaban partidos.

 

 

Nuestro juguete con el mecanismo más complejo era el yo-yo. Las canicas, el pañuelo, el escondite, el pilla pilla, la gallinita ciega, el corro de la patata, el pollito inglés, churro va, “tula” (tu la llevas), la zapatilla, mate (balón prisionero), pies quietos, saltar a la goma, el “trampot” (peonza), la comba…

 

Al corro de la patata
Al corro de la patata, comeremos ensalada, lo que comen los señores, naranjitas y limones, achupé , achupé, sentadita me quedé

 

Había tanto que hacer, tanto a lo que jugar, que ya casi no me alcanza la memoria para enumerarlos todos. La rayuela, al corro de la patata, comeremos ensalada, lo que comen los señores, naranjitas y limones, achupé, achupé, sentadita me quedé. Luego estaban las rimas y canciones con las que se acompañaban y amenizaban la mayoría de esos juegos. Recuerdo especialmente las que cantábamos cuando saltábamos a la comba, muchas de ellas disparatadas y sin sentido, que marcaban el ritmo al que saltábamos y nos indicaban nuestro turno de entrar. Por ejemplo: solo un salto, seguido y sin pausas. Había que ir muy rápido, aún recuerdo la canción… “La una, catatuna, mi marido está en la cuna y le ponen la vacuna y le dan el biberón ¡chiiimpón!” Sin olvidar “el cochecito leré”, “al pasar la barca”, “te invito”, “los chinitos” o “en la plaza redonda” entre otros ejemplos y que seguro les suenan mucho más.

 

“Los niños de ahora conocen el precio de todo y el valor de nada. Nosotros no teníamos tanto y lo teníamos todo y lo más importante: tuvimos infancia”

 

Creo que todas las actividades las desarrollábamos cantando porque cuando íbamos de excursión también era la pauta. Nos desgañitábamos, literalmente. “Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará…” Y desde luego no entraban en nuestro repertorio canciones de raperos marginales y medio delincuentes. Eran canciones de y para niños. Es más, contrariamente a lo que muchos afirman, en el repertorio de mi generación tampoco estaba incluido el “Cara al sol”. No me obligaron a cantarlo nunca. Mis padres tampoco me instruían en política, ni permitían que estuviéramos presentes en conversaciones de adultos así que, cuando murió el Caudillo, yo a mis siete años solo sabía de ese señor lo que rezaba otra canción infantil: “Franco, Franco, tiene el culo blanco porque su mujer, lo lava con Ariel”.

 

La familia Telerín. Vamos a la cama...
La familia Telerín. Vamos a la cama…

 

Aunque, después de tantos años, no estoy segura de si era esa la marca con la que Doña Carmen blanqueaba las posaderas de Don Francisco. Los días de lluvia tampoco resultaban aburridos. Esos días jugábamos a disfrazarnos, sacábamos algún juego de mesa o de construcción y nos poníamos cintas de cuentos o canciones infantiles. Éramos cuatro hermanos, dos niñas y dos niños, por lo que nunca faltaba un compañero de juegos. También estaban mis primos…Los primos, nuestros primeros mejores amigos. Al caer la tarde, ya en casa, cenábamos después del baño y caíamos en la cama derrotados. No se nos permitía trasnochar porque al día siguiente tocaba madrugar para ir al colegio. La hora de retirada la marcaba la aparición de “la familia Telerín” en el aparato de televisión. Cuando terminaba su ”vamos a la cama”, dábamos a mis padres un beso de buenas noches y nos acostábamos sin rechistar. No discutíamos las órdenes de nuestros mayores. Obedecíamos y éramos respetuosos.

 

Dos años
Dos años

 

En mi casa, solo los Viernes y Sábados se nos consentía remolonear un poco viendo alguna película. Eso sí, siempre que no tuviera dos rombos y si teniendo solo uno, mis padres la consideraran apropiada. Entre los recuerdos que conservo de mi infancia, tengo una oración que solía rezar antes de quedarme dormida. Me la enseñó mi abuela. Los abuelos deberían ser eternos. “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas ¿qué será de mí? Ángel de la guarda ruega a Dios por mí”.

 

 

Sobreviví con normas, obligaciones, disciplina, límites, alguna colleja, rodillas raspadas, juguetes no homologados y sin internet, redes sociales, videojuegos, ni realizar actividades de adultos impropias de mi corta edad. Los niños de ahora conocen el precio de todo y el valor de nada. Nosotros no teníamos tanto y lo teníamos todo y lo más importante: tuvimos infancia. Esos tiempos en los que nuestra máxima preocupación era colorear sin salirnos de la raya…Ayeres e inocencia. Hoy buenos recuerdos y hasta un poco de nostalgia. Niñez…

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Paula Janer

Paula Janer

Española pese a quien pese. Nacida en Cataluña, a la que volví con 20 años, y criada en Valencia. Luchadora y peleona, irónica, sin miedo y sin pelos en la lengua, diestra y siniestra. Aprendiz de mucho, maestra de nada porque todo me despierta curiosidad. Siempre de paso coleccionando momentos, sensaciones y recuerdos porque ellos son la esencia de la vida y lo único que nadie nos puede arrebatar. Yo tampoco sé como vivir, estoy aprendiendo.

2 comentarios sobre “A Propósito de mi infancia y cuando los niños sabíamos jugar

  • Wolfson
    el 3 febrero 2017 a las 18:03
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    Aunque más joven -cuando murió Franco yo ya había ganado mi oposición como Profesor de EGB, estaba casado y esperando el nacimiento de mi primera hija- me has retrotraído a mi niñez en pueblos pequeños y puedo ratificar una por una todas tus afirmaciones.

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  • el 3 septiembre 2017 a las 9:44
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    Que tiempos aquellos de una niñez que aunque con penas, escasez y, privaciones, tuvimos lo mejor, une imaginación debordante para llenarla de risas et de ganas de vivir. Gracias por revivir esa niñez y esa inocencia.

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