
«Cuando comparo a Erice con Los Javis, no estoy enfrentando simplemente dos generaciones ni dos estilos. Estoy contraponiendo dos ideas de creación»
Hay una comparación que quizá pueda ayudar a entender la distancia que separa el cine de Víctor Erice del universo audiovisual de Los Javis: la que existe entre determinadas fórmulas del reguetón comercial y lo mejor del rock, el blues y el pop. No se trata de despreciar la música popular ni de establecer jerarquías automáticas entre géneros, sino de distinguir entre una creación que busca profundizar en las posibilidades de su lenguaje y otra que, con demasiada frecuencia, parece conformarse con fórmulas de eficacia inmediata.
En el mejor rock, en el blues que nace de una experiencia vital o en el pop capaz de convertir una melodía en algo inolvidable, encontramos mucho más que un ritmo pegadizo o un estribillo que se repite. Hay personalidad, riesgo, elaboración, emoción y una forma particular de mirar el mundo. Basta escuchar a Bob Dylan, John Lennon, Marvin Gaye, David Bowie o Leonard Cohen para comprender que una canción popular puede alcanzar una extraordinaria complejidad sin perder su capacidad de conmovernos.
Algo parecido sucede con el cine. Víctor Erice pertenece a esa categoría de creadores que no confunden la claridad con la obviedad ni la emoción con el subrayado. En El espíritu de la colmena, El sur o Cerrar los ojos, cada imagen parece guardar una vida propia. El silencio, la luz, los rostros y los espacios no son adornos ni simples instrumentos narrativos: forman parte del pensamiento de la película. Erice no necesita convertir cada escena en una declaración de intenciones. Confía en que el espectador sea capaz de descubrir lo que permanece oculto, de interpretar lo que no se explica y de encontrar una emoción que no viene acompañada de instrucciones.
Frente a esa concepción, el universo de Los Javis me recuerda, en sus aspectos más discutibles, a las fórmulas de cierta música comercial que busca garantizar el reconocimiento inmediato mediante la reiteración de códigos, la acumulación de estímulos y la insistencia en una idea central. Sus personajes, sus conflictos y sus referencias culturales parecen a veces demasiado conscientes del mensaje que deben transmitir. Todo se hace explícito; las emociones se amplifican; los temas se señalan con insistencia, como si existiera el temor de que el espectador no comprendiera aquello que la obra quiere comunicarle.
Erice me parece especialmente grande. Su cine no necesita exhibir constantemente su importancia ni recordarnos su condición artística. La demuestra en la forma de mirar. Sus películas no se agotan en el argumento, en los temas que abordan o en las interpretaciones que podamos hacer de ellas. Permanecen porque contienen algo irreductible, algo que no se puede resumir en una consigna ni convertir en un mensaje de fácil consumo.
En Los Javis, por el contrario, encuentro a veces una dependencia excesiva de los códigos culturales reconocibles y de una expresividad que parece querer asegurarse de que nada pase inadvertido. Es un audiovisual que puede resultar eficaz, emotivo e incluso valioso en sus intenciones, pero que, a mi juicio, no siempre consigue transformar sus materiales en una experiencia cinematográfica de verdadera hondura. La voluntad de representar, denunciar o reivindicar algo no garantiza por sí misma que se haya encontrado la forma artística adecuada para hacerlo.
Cuando comparo a Erice con Los Javis, no estoy enfrentando simplemente dos generaciones ni dos estilos. Estoy contraponiendo dos ideas de creación.
Hay cineastas que nos invitan a mirar y otros que parecen empeñados en decirnos qué debemos mirar y cómo debemos sentirnos ante lo que vemos. La diferencia puede parecer sutil, pero encierra dos maneras muy distintas de entender el cine. Víctor Erice pertenece, sin ninguna duda, a los primeros.
En películas como El espíritu de la colmena, El sur o Cerrar los ojos, Erice demuestra que el cine es mucho más que contar una historia, transmitir un mensaje o provocar una emoción inmediata. Es una forma de conocimiento, una manera de acercarse a los misterios de la existencia, a la memoria, al tiempo y a la fragilidad humana. Sus imágenes no necesitan explicarse continuamente, sus silencios no son vacíos que haya que rellenar y sus personajes no están al servicio de una tesis. Erice confía en el espectador, en su inteligencia y en su sensibilidad, y le concede algo cada vez más escaso: tiempo para mirar, pensar y sentir por sí mismo.
Frente a esa concepción del cine, la obra de Los Javis me produce una impresión muy distinta. En su universo creativo encuentro una tendencia al subrayado, a la acumulación de referencias, a la exageración melodramática y a una insistencia discursiva que, en ocasiones, termina reduciendo la complejidad de lo narrado. Sus personajes parecen tener a menudo la obligación de representar una idea, ilustrar un conflicto reconocible o transmitir un mensaje que la propia obra se encarga de hacer demasiado explícito.
En Los Javis, la cultura popular, la música, el melodrama y la provocación funcionan como elementos centrales de su lenguaje. Pero la acumulación de referencias reconocibles, el impacto emocional y la voluntad de conectar con el presente no garantizan por sí solos una verdadera profundidad cinematográfica. A veces, la intensidad parece sustituir a la sutileza; la explicitud, a la sugerencia; y el mensaje, a esa complejidad que distingue una obra de arte de una simple ilustración de ideas.
Erice, por el contrario, no necesita levantar la voz para conmovernos. Una mirada, una habitación, un paisaje o un silencio pueden contener más verdad que una sucesión de escenas empeñadas en explicarnos lo que debemos sentir.
En una época saturada de imágenes, mensajes y estímulos, el cine de Erice representa una forma de resistencia. Nos recuerda que una película no tiene que convertirlo todo en espectáculo, explicarlo todo ni adherirse a cada debate del presente para tener algo importante que decir. A veces, basta con mirar honestamente al ser humano y dejar que sea el espectador quien encuentre el sentido.
Quizá esa sea, en definitiva, la distancia que separa a Erice de Los Javis: uno confía en la inteligencia del espectador; los otros parecen confiar demasiado en la eficacia del mensaje. Y entre una imagen que abre interrogantes y un discurso que parece traer ya preparadas sus respuestas se encuentra, para mí, una de las diferencias fundamentales entre la grandeza del cine y la superficialidad de cierto audiovisual contemporáneo.

