
«Avanzó hacia el salón y se detuvo en el centro. Le sobrecogió descubrir que el océano de su infancia medía apenas dieciséis metros cuadrados»
A los ocho años Daniel no veía paredes en el salón de su casa, sino el horizonte.
El sofá grande era la Isla de los Almendros, donde los marineros podían descansar antes de enfrentarse a los temporales. La mesa baja, una plataforma de piedra blanca, pertenecía a los oficiales. Bajo la alfombra acechaban tiburones, entre el polvo y ojos de botones. Las cortinas eran velas que se agitaban cuando soplaba el viento en el pasillo.
Su madre lo llamaba a cenar.
– Daniel, ¡sal del mar!
Pero él no podía. El mar estaba en plena tempestad. Además, esa tarde el monstruo de las profundidades había rodeado el sofá y solo quedaba una ruta segura: saltar sobre los cojines y alcanzar la lámpara para estar seguro.
Entonces su padre aparecía con una toalla sobre los hombros, como el capitán que regresa de una expedición.
– ¿Has encontrado tierra firme?
– Todavía no, pero mañana llegaremos.
Sin embargo su padre falleció tiempo después, no en medio de un temporal, ni durante una aventura, murió en silencio en la habitación de al lado. Los días pasaron y la casa quedó cerrada.
Veinte años más tarde Daniel regresó para venderla. La llave se resistió a la cerradura; pero al abrir, un golpe de olor a madera y a moho le recibió. Avanzó hacia el salón y se detuvo en el centro. Le sobrecogió descubrir que el océano de su infancia medía apenas dieciséis metros cuadrados.
Daniel esbozó una sonrisa, pero se le quebró al instante.
– ¡No era tan grande! – murmuró alguien.
– Tú eras más pequeño – dijo la voz,
Daniel sobresaltado se volvió. Su padre estaba sentado en el sofá. Llevaba la misma toalla sobre sus hombros y un mapa en la mano, éste cayó al suelo y Daniel lo recogió. Era un plano dibujado con un lápiz infantil. En el centro había una X, debajo una frase «aquí se hundió el capitán»
– Lo dibujé después de partir – dijo su padre – para que algún día supieras donde encontrarme.
– ¿Qué debo hacer?
Su padre sonrió.
– Crecer no es descubrir que el océano era pequeño, es entender que cabía entero dentro de tu imaginación.
@ Manuel Sanz Real

