Loa temblorosa de la amistad verdadera. Pido perdón a los amigos que abandoné en el camino por dejadez o soberbia

 

Recuerdo tembloroso de la amistad verdadera
Recuerdo tembloroso de la amistad verdadera

 

Con la edad se deja de ser gregario. La vida es un continuo adiós y siempre separa. Los amigos de juventud nos fuimos alejando, interés por interés en grupos distintos, menores. El camino se fue convirtiendo en pequeños senderos vitales y cuando miramos atrás vemos con nostalgia que también nos separó de nosotros mismos, de ideales juveniles y esperanzas, de los gozos de la amistad  y las miserias egoístas.

 

“Pido perdón, y hago acto de constricción, a todos los amigos que abandoné en el camino por dejadez, soberbia o desgana”

 

Pido perdón, y hago acto de constricción, a todos los amigos que abandoné en el camino por dejadez, soberbia o desgana. Tanto a los que compartieron el fuego primitivo de la furia de la adolescencia, como a aquellos que por tardíos quedaron fuera, varados en mil playas ya olvidadas, de la juventud madura.

 

 

Ya ni siquiera puedo conservar los rasgos de sus rostros, sus huellas y menos sus palabras en las frías sinapsis quimioeléctricas de mi cerebro. En torno a cualquier punto de un lindero de los pinares transitados, volverán sus nombres en la llamada furtiva de una flor o de un rayo de luz. Los Josés, Ángeles , Marías, Carolinas, Ricardos y todos los demás serán acercados por el ruido de la brisa en los árboles, pero no podremos alcanzarlos, porque su virtualidad desgarradora ya no existirá tampoco en un lugar donde puedan materializarse en un encuentro casual físico o verbal.

 

 

De esos desencuentros nuestros, surgirán alrededor otros encuentros limpios y desinteresados en las vidas de nuestros hijos que comienzan. Ellos recobraran el Ave Fénix del encuentro y la amistad con otros nombres e historias. Y ahora viejos amigos que estáis a punto de levantar el vuelo, tal vez definitivo, sin retorno a los antiguos sentimientos, que fluyeron como el agua entre nuestros dedos, quizás os acompañe esa sensación de lejanía que produce ver el inmenso paisaje castellano, ancho, espacioso, lento y vacío. Es mayor el miedo a partir, y un día volver. Que la soledad de la distancia inacabable.

 

 

El mundo se abre entero a nuestros pies y no estamos ya sobre las irrealidades y sí sobre las obligaciones de la adultez y la madurez del mono desnudo, como dijo Desmond Morris. Se acabó el tiempo de soñar, habrá que poner suelo a esos pies alados de tu Hermes lejano, cortarles las alas a los sentimientos y pensamientos desbocados de antaño. Hay que bajar de los soportes que nos condujeron por las vías de la vida, y desarmados ante el peligro, darse cuenta por fin de que los sueños solo son eso y casi nunca se convierten en realidad.

 

“La piel tersa y hermosa de los veinte años ya tiene arrugas viejas, profundas y amargas”

 

La piel tersa y hermosa de los veinte años ya tiene arrugas viejas, profundas y amargas. Nos movieron con hilos como marionetas, predestinados al camino marcado por unas sinergias de estabilidad correcta y aceptable. Ya no sabemos qué cara, de todas las que tenemos, es la verdadera, quizás ninguna, quizás todas. ¿Y qué nos queda ahora que somos conscientes de los hechos? Tal vez nada o solo las cartas inocentes de la juventud, los colores de nuestro cuarto de infancia ya vacío de juguetes. Están rotos metafóricamente con heridas indelebles. Pero sí, hay cosas que permanecen porque no tuvimos el valor de apartar. Los zapatos viejos en un rincón del armario, las horas perdidas en no hacer nada, nuestras fotos de carné que se amontonan en los cajones de la mesilla de noche.

 

 

Ya no somos nosotros, son otros. Seres extraños que un día habitaron el cuerpo que ahora casi denostamos. Pero aunque ya no suenen las risas de la fiesta. Aunque los amaneceres no brillen como antes. Aunque el arrebato violento del amor primero y el sexo desbordado ya no exista, la amistad esté coja, cubierta de conchas protectoras, vacías y silenciosas, cualquier tarde a la vuelta de una esquina de la vida encontraremos en nuestra mente una piel joven, olvidada, que viste las caras frías de aquel muñeco frágil de porcelana que fuiste y te da un suave calor humano. Aunque su recuerdo sea triste y frio, calentará nuestro alma con la brisa suave de la nostalgia, porque hay algo que ya nadie podrá arrebatarnos, el recuerdo tembloroso de los días de la amistad verdadera.

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Rodolfo Arévalo

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de la novela “El Bosque de Euxido” publicado en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

Un comentario sobre “Loa temblorosa de la amistad verdadera. Pido perdón a los amigos que abandoné en el camino por dejadez o soberbia

  • el 28 noviembre 2017 a las 16:46
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    No dejes que la hierba tape el camino a la casa del amigo.

    Respuesta

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