
«Según se desprendió de las noticias, el maestro Ripollés no pudo dormir la noche del vendaval que tiró su estatua en Castellón dedicada a las víctimas del terrorismo»
Según se desprendió de las noticias, el maestro Ripollés no pudo dormir la noche del vendaval que tiró su estatua en Castellón dedicada a las víctimas del terrorismo. Ocurrió con el ritmo del vendaval político, pero esa noche del Sábado al Domingo, en la que, ese genio de la Vida y de las Bellas Artes, se pasó en vela, hablando con su obra rota, le avala como Creador, le honra como ciudadano y le certifica una vez mas en su magisterio tanto de las decisivas cuestiones vitales como en aquellas otras señaladas para los anaqueles de la historia que se califican como propias de las Bellas Artes.
Porque, mientras me imagino a Bárcenas, la saga de la Amy Martin, los golpistas catalanes y todo ese montón de corruptos, falsos artistas y subvencionados que roban cada día, durmiendo a pierna suelto con su almohadita de plumas, calentitos, y sin problemas de conciencia, puedo imaginar al maestro Ripollés, en vigilia, observando su estatua caída, dedicada a las víctimas y el noble concepto del honor y la amistad. Con un palillo entre los dientes, claro está, para engañar el hambre del disgusto. Reflexionando. Acariciando de vez en cuando a un perro vagabundo que se le ha acercado en la madrugá y, que de ahora en adelante, tendrá un cacho de pan diario en la Masía de la Flores.
No me extraña que la estatua herida le hablara y le alabo sus declaraciones: «Yo la diseñe para que mirara al cielo y este homenaje a las víctimas del terrorismo besará para siempre a la tierra, el lugar donde están enterrados los muertos». Ole sus huevos.


¡¡Ole, Sr. Ripollès!!