
«Al escaparate no le importa nada más que ese poder que ha conseguido con la alianza de malhechores para presidir España: El 28-A nos la jugamos»
Desbarran politólogos y columnistas al definir al traidor como el maniquí del escaparate. Sánchez es el escaparate. Ese mostrador diseñado con la impostura. Una cristalera falsa, de plástico bien iluminada y repleta de mentiras y frases huecas. Una vitrina en la que los medios de comunicación buscan ese detalle de la manipulación que todavía no está muy visto y les proporcionará otro puntito de audiencia y, de paso, les beneficiará el bolsillo si le ayudan a ganar las elecciones. Ambiciones del poder y la ideología del egoísmo, en esencia. Y los vecinos, mientras tanto, asistimos al espectáculo de esa tómbola con un exagerado servicio de seguridad que nos insulta y agrede mientras reparte los premios nada más que a los suyos en su infame atracción de feria.
Sabemos bien que Sánchez ha apostado el alma por su victoria en las elecciones porque sabe bien que, de perder el poder, tendrá que responder por sus abusos y tropelías. Y por ello miente con su propuesta para Cataluña, falsea los datos económicos y digiere la corrupción de su partido con la parecida locura que llevó a Caín a matar a su hermano. Porque el traidor no quiere saber qué significa el concepto de víctimas colaterales.
Al escaparate no le importa nada más que ese poder que ha conseguido con la alianza de malhechores para presidir España, y ahora en plena campaña electoral, y mientras habla de moderación, los españoles sabemos que será capaz de vender el futuro de todos por mantenerse en su personal y bien iluminada pose de maniquí. ¿Entregaremos España a un pirómano que sólo se quiere a sí mismo?
