
«Muchos profetas fueron apedreados y otros tantos ignorados. Alguno fue seleccionado para ser nombrado en libros religiosos y permaneció en la historia para siempre»
En los albores de la humanidad actual el silencio de calles y plazas fue mancillado por estentóreas voces: Eran los profetas. Gente que prevenía, avisaba o pretendía cambiar el limitado mundo de entonces.
Se les suponía clarividentes y no se dudaba de que estuvieran iluminados por la Gracia Divina.
Eran monotemáticos en sus predicciones, siempre catastrofistas y cargadas de amenazas provenientes de un Dios imaginado a su propia imagen y semejanza.
Los hubo de distintas cataduras. Muchos profetas fueron apedreados y otros tantos ignorados. Alguno fue seleccionado para ser nombrado en libros religiosos y permaneció en la historia para siempre.
Probablemente, hubo algunos más de los que conocemos, dada la inclinación del ser humano por sentirse “elegido” para algo sublime.
Sin posibilidad de educación, sin adelantos que facilitaran la vida, sin nada que pudiera entretener las mentes, la contemplación de la Naturaleza era lo que quedaba por hacer mientras cuidaban ganado o araban la tierra.
No es difícil imaginar que el futuro profeta, llegara alguna vez al éxtasis, mucho mas fácil de conseguir entonces, cuando los fenómenos naturales eran todavía inexplicables para el nuevo hombre y cualquier circunstancia, como la salida del Sol, la redondez de la Luna o la delicadeza de la brisa al mover su cabellera, inclinara a tener profundos pensamientos por ser testigo de las maravillas que mama Naturaleza se complace en ejecutar; y que entonces, el filósofo natural del momento, rascándose el cogote, llegara al inevitable “ Me paece que”…
Después de la iluminación, era evidente que había que comunicar: otra de las inclinaciones del espécimen humano desde que recibió el soplo de Creador y se sintió dolido por la perdida de la costilla que le quitaron para algo relacionado con una chica.
– Cosas de Dios- se dijo. Veremos que pasa…
Difícil era entonces vestirse de otra cosa que no fuera de saco, y fácil tomar cualquier rama de un árbol y convertirla en cayado. Así pues, nuestro profeta se lanzaba al mundo limitado de entonces y profetizaba sin prisa pero sin pausa a diestro y a siniestro.
Los siglos pasaron y la vida en la Tierra cambio mucho. Y he dicho la vida y su forma, en ningún caso el hombre, que sigue rascándose el cogote y filosofando a su manera.
El tiempo y sus avatares transcurrieron y llegamos a nuestros días.
«Contemplamos, ahora cómodamente sentados y en tertulia, a un montón de profetas modernos: Son los colaboradores»
Contemplamos, ahora cómodamente sentados y en tertulia, a un montón de profetas modernos: Son los colaboradores, que nos sermonean incansables desde la pantalla invasora.
Solo una diferencia les separa de sus rústicos antecesores: Aquellos, solían enarbolar el monotema divino en sus augurios y en el presente, profetas de toda catadura proliferan, desgañitándose también, solo que a sueldo. Cómodamente sentados y llegando a todo el mundo a través del invento televisivo, profetizan sin fortuna de lo que convenga a la cadena, al partido o al que pague mejor.
La cuestión es dogmatizar. Mover la boca emitiendo sonidos: “Que parezca que” y volver a su casa sin preocuparse del futuro de aquellos a los que ha intentado influenciar.
Los hay de todos los colores y con todas las intenciones. Pocos van por libre y la norma general es “barrer para casa”.
La novedad ha resultado en que cualquier vocero, del chisme o del interés partidista, puede acabar de ministro o portavoz.
La sufrida audiencia, que tiene mas culpa que nadie, no reacciona, porque en alguna parte, se ha debido inventar algo para poner en el cacao del desayuno que amanse el instinto de supervivencia y permita que una pequeña cantidad de facinerosos o mendrugos, arrastren a millones a la ruina, sin que la masa, los millones de seres, emitan ni el mas mínimo temblor.
Y termino, que…, veo a través de mi ventana una especie de resplandor y… “Me paece que”…
