De Cultura, Virus y Memoria: No olvidemos la historia de la infamia. Por Roberto Granda

Sandro Boticelli. La historia de Nastagio degli Onesti,
Cultura, virus y memoria: Sandro Boticelli. La historia de Nastagio degli Onesti,

«Como un parapeto tras el que resguardarse a expensas de que no nos alcance la artillería, así usamos la Cultura y la Memoria»

Como un parapeto tras el que resguardarse a expensas de que no nos alcance la artillería, así usamos la Cultura y la Memoria, pues sirven de anestesia, o al menos alivian, la incertidumbre de tiempos de extrañas tribulaciones y el dolor de la ignorancia ante los embates de esta existencia perpleja. Evite querido lector, asemejarse al que deambula, sólo atado a las nuevas tecnologías, esperando que otros le expliquen cómo funciona la vida, o la muerte. Trate de comprender el pasado para asumir que las supuestas situaciones excepcionales otros las vivieron ya, más fuertes, más cruentas, más despiadadas. Que lo anómalo es la placidez, la democracia liberal y el bienestar, no lo contrario.

Por eso se ha de hacer una reivindicación de la serenidad tranquila de una biblioteca donde encontrar esa pausa necesaria para contemplar el mundo con la mirada de papel. Desde Albert Camus hasta Boccaccio y esos jóvenes que huían de la peste bubónica florentina. Proveerse de herramientas que permitan analizar mejor, interpretar con más certeza, desdeñar del caos y el ruido inservibles y entender el orden natural de algunas cosas, sin mala baba sectaria ni encorsetados prejuicios ideológicos.

España es una largo compendio de ocasiones perdidas. (Conviene revisitar a Galdós en el centenario de su muerte). De guerras civiles (tres en el XIX, una en el XX), monarcas y gobernantes aceptables, mediocres, malos, muy malos o nefastos; de ira y miedo, oscuridad y caenas, ilustración abortada, felones con corona, tétricos confesionarios o el esplendor olvidado de aquel

«Toda esa historia, más desmedida que la de algunos países pero mejor que la de muchos, estuvo a su vez salpicada de gestas, epopeyas, aventuras…»

Siglo de las Luces, donde se gestó la mejor literatura del mundo. Toda esa historia, más desmedida que la de algunos países pero mejor que la de muchos, estuvo a su vez salpicada de gestas, epopeyas, aventuras disparatadas de marinos suicidas o empresas encomiables a lo largo y ancho del globo. Conocer eso es saber lo que somos y puede que anticipar lo que seremos.

Como en el monumental libro de Chaves Nogales, también somos testigos hoy de ‘Héroes, bestias y mártires de España’. Relator de los excesos de la pasional alma ibérica, supo contar el periodista y escritor sevillano episodios donde daba cuenta, con inusitada lucidez y necesaria equidistancia, de todo lo sanguinario, feroz y brutal del ser humano en situaciones donde las líneas morales son cada vez más difusas, pero también de la generosidad, la valentía, la decencia, la integridad como virtud y la nobleza cuando todo a tu alrededor se desmorona en un caos homicida: “ (…) la crueldad feroz del hombre que, padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar, y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará”. ‘A sangre y fuego’.

En la emergencia vírica, que ha servido como bofetada de realidad para tanto cantamañanas de alertas antifascistas, lenguaje inclusivo para ágrafos y otras irrisorias emergencias de chorradas varias, están saliendo también a flote, junto con saqueadores de supermercado y gañanes de todo pelaje, muestras desinteresadas de solidaridad, disciplina en centros de salud, abnegación, constancia y compostura ejemplares. Una sociedad civil muy por encima de la mayor parte de sus representantes políticos o de las estrellas de la peor cara del periodismo.

«No olvidemos quiénes trataron de manipular a las masas y envilecer la opinión pública, con la apisonadora de unos implacables medios de propaganda»

No olvidemos quiénes trataron de manipular a las masas y envilecer la opinión pública, con la apisonadora de unos implacables medios de propaganda, y ni se dignaron a pedir perdón. Más bien, en una miserable huida hacia adelante, se volvieron altivos y condescendientes. Periodistas con uniforme visión pecuniaria ejerciendo de voceros gubernamentales, olvidando todo lo digno de ese oficio apasionante y necesario. Excelsos gilipollas usados como correas de transmisión del agitprop. Una vergüenza nacional.

No olvidemos que se engañó a la parte culturalmente más mermada de la sociedad, aquella que se cree las soflamas de ese monstruoso negocio que es la ideología de género, para que llenaran las calles en plena expansión del virus y con diez muertos ya en el lúgubre contador. Miles de mujeres, muchas sectarias y ceporras y otras creyendo actuar de buena fe, conducidas al contagio del matadero biológico por un interés partidista y negligente .

No olvidemos al maquiavélico populista que trató de aprovechar un estado de alarma y la debilidad de una nación aturdida (pero no noqueada) para imponer su férrea ideología, y además tratar de congraciarse, cuando todo exigía unidad, con los nacionalismos insolidarios y mezquinos que sólo contemplan su terruño en una época que demanda altura de miras. Paletos irresponsables, feligreses del delirio identitario, la peor cara de ese nacionalismo perverso que trató de ir por libre y dar el golpe de gracia al Estado de Derecho mientras ciudadanos, sin importar un carajo la comunidad que los parió, agonizaban en hospitales, entubados y necesitados de respiradores. Esa xenofobia estúpida y perversa que se reía de los muertos madrileños, que son los muertos de todo el país.

«Si algo bueno podemos sacar de esto es el no desperdiciar la ocasión de, junto con el virus, barrer toda la escoria que envenena la convivencia y el sentido común»

Si algo bueno podemos sacar de esto es el no desperdiciar la ocasión de, junto con el virus, barrer toda la escoria que envenena la convivencia y el sentido común. Que no vuelvan a asomar sus ponzoñosos hocicos para exhibir esa ruindad moral y esa abyección intelectual, tan patética en su insignificancia. La historia está para conocerla, y la historia de la infamia, para recordarla.

Roberto Granda

Roberto Granda

Desde muy pequeño interesado en la escritura y el cine, soy periodista y guionista pero me hice miembro de El Club de los Viernes y de la Plataforma Contra la Cooficialidad del Bable por un compromiso ineludible con los derechos civiles, la libertad lingüística y la democracia liberal. Colaboro, además de en La Paseata, en Intereconomía, La Nueva España, Periodista Digital y allí donde me llamen para dar mi punto de vista en estos interesantes y peligrosos tiempos convulsos.

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