Casta política “Delenda Est”. Por Manuel I. Cabezas González

Casta política “Delenda Est”. Ilustración de Tano
Casta política “Delenda Est”. Ilustración de Tano

«Los políticos no son la solución de los problemas, sino parte fundamental de los problemas. Por eso, la casta política hispana delenda est»

Según Plutarco (cf. Vidas paralelas), la expresión “Cartago delenda est” (“Carthago debe ser destruida”), que he tomado prestada para titular este texto, es atribuida a Catón el Viejo. Este senador romano la utilizaba siempre, como un mantra, al final de todos sus discursos en el Senado romano, durante los años que precedieron a la tercera y última Guerra Púnica (149 a. C.-146 a. C.), que provocó la destrucción definitiva del peligro que representaba, para Roma, la poderosa ciudad de Cartago.

Con lo que está cayendo en España, la cita de Catón el Viejo les viene como anillo al dedo a los miembros y “miembras”, como diría la ínclita Bibiana Aído, de la casta política española: de viejo o de nuevo cuño; de derecha, de centro o de izquierda. Como Cartago, por muchas y variadas razones, la casta política española “delenda est” también. Este veredicto se lo ha ganado a pulso y es, además, un clamor popular, según los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): para los españoles, los políticos son uno de los problemas más graves e importantes; y, lo que es más grave, no son la solución de los problemas, sino parte fundamental de los problemas. Por eso, la casta política hispana “delenda est”.

En efecto, para llegar al poder, los miembros de la misma prometen la luna y todo aquello que halague los oídos de los ciudadanos. Pero, una vez llegados al poder, sufren una metamorfosis y padecen una amnesia que les hace olvidar todo aquello que prometieron. El poder bien vale una mentira o las que hagan falta. Los de la casta política son mentirosos y caraduras; han perdido toda credibilidad; y han empezado a recibir la penitencia de la que habló Aristóteles: “El castigo del embustero es no ser creído, aunque diga la verdad”. Aunque sólo fuera por esto o también por esto, la casta política hispana “delenda est”.

Para controlar el poder y permanecer en él “sine die”, los de la casta política electa de todos los niveles (nacional, autonómico y municipal) y de todos los partidos se rodean de un ejército de personas de confianza, compuesto de familiares, amigos y compañeros de partido, a los que hay que dar pesebre y cubil. Esto constituye un ejemplo claro de nepotismo y un ejemplo de cordón sanitario, que les permite asegurarse el control del poder y la permanencia en él, así como el disfrute, para sí y para los suyos, de las prebendas del mismo. Son sectarios, egoístas y digitales (por lo de los nombramientos a dedo). Y, aunque sólo fuera por esto o también por esto, la casta política hispana “delenda est”.

Además del ejército de personas de confianza, los de la casta política —en general, sin músculo intelectual, indocumentados e incompetentes— se rodean igualmente de una legión de asesores fieles, tan incompetentes e indocumentados como ellos. Suelen ser también amigos, familiares o conmilitones del partido a los que se les dan unas canonjías suculentas. Esto y el nepotismo del que acabo de hablar dejan mano sobre mano a los competentes funcionarios, que superaron unas oposiciones, convocadas en función de las necesidades de la administración de la “res publica”. Son unos indocumentados, unos partidistas y unos incompetentes; y para más inri, han salido del todo a cien de los partidos. Por eso, aunque sólo fuera por esto o también por esto, la casta política hispana “delenda est”.

Por otro lado, en la conquista, en el ejercicio y en el disfrute del poder, los de la casta política han prostituido la democracia española, desnaturalizando este sistema de gobierno y transformando a España en una auténtica “Granja Orwelliana”. En efecto, y esto vale para todos los partidos, la separación de poderes no es una realidad por estos pagos. Aquí, hace ya muchos años que Alfonso Guerra certificó la muerte de Mostesquieu y dio un aviso para navegantes: el que se mueva no sale en la foto.

De aquellos polvos, estos lodos: la casta política ha colonizados todos los resortes del poder y monopoliza los tres poderes (el legislativo, el ejecutivo y el judicial). Y no piensa en servir a la ciudadanía sino en servirse del poder en beneficio propio, de sus familiares, amigos y compañeros de partido. Por eso, los ciudadanos estamos mayoritariamente, no en contra de la democracia, sino en contra del funcionamiento de este sucedáneo de democracia. Las hemerotecas están ahí para ratificarlo. Los de la casta política han sido los asesinos y los enterradores de la misma. Y, aunque sólo fuera por esto o también por esto, la casta política hispana “delenda est”.

En esta democracia a la española, el despilfarro, la corrupción y el latrocinio son las señas de identidad de la casta política; constituyen la moneda de curso legal que la casta ha puesto en circulación. Estos atentados contra la democracia son fenómenos transversales y generalizados, afectan a todos los partidos, que actúan como verdaderas familias mafiosas, que van escribiendo una enorme enciclopedia Espasa, a la que van añadiendo, cada día, nuevos volúmenes de fechorías. Se sienten impunes y actúan en consecuencia. Y cuando son cogidos con las manos en la masa, se defienden como gato panza arriba, dilatando los procesos, apelando a instancias superiores para seguir dilatándolos y para ser absueltos por esos jueces que la casta política ha aupado y nombrado. Y si, por casualidad, son condenados, ahí está el gobierno de turno para indultarlos y enmendar la plana a los tribunales que se atreven a impartir justicia: hoy, por mí; mañana, por ti. Y la casa sin barrer. Como escribió, hace algún tiempo, Ernesto Sáenz de Buruaga, “estamos rodeados de ladrones. Unos nos roban el dinero; otros, los sueños; muchos, las ilusiones; todos, la esperanza. […] La corrupción tiene nombres y apellidos. Nos están robando el futuro. No son líderes, sólo ladrones”. Y, aunque sólo fuera por esto o también por esto, la casta política hispana “delenda est”.

Por todas estas razones, contundentes y de peso (y no he querido ser exhaustivo), la casta política ha despilfarrado los recursos públicos, poniendo en peligro nuestro Estado del Bienestar, ha erosionado los derechos de los ciudadanos y ha prostituido todo aquello que ha tocado: la economía, la política, la educación, la cultura, la convivencia, etc. Por todo ello, hay que repetir, una y mil veces, como lo haría hoy Catón el Viejo: la casta política hispana “delenda est”. Y no sólo esto. Los ciudadanos debemos también pasar de las palabras a los actos para desalojar de sus poltronas a los de la casta política gobernante, responsable de todos nuestros males. O, mejor aún, como ha declarado Alberto Vázquez de Figueroa al ser preguntado sobre las soluciones posibles: “no se saca nada con meterlos en la cárcel. A muchos de ellos habría que fusilarlos o ahorcarlos en la plaza pública”, y no precisamente, puntualizaba, en sentido figurado. O, como ha propuesto Ernesto Sáenz de Buruaga, “es el momento de ir a por ellos antes de que ellos vengan a por nosotros”. O, como propondría hoy Catón el Viejo, la casta política hispana “delenda est”.

© Manuel I. Cabezas González www.honrad.blogspot.com

Manuel Ignacio Cabezas G.

Manuel Ignacio Cabezas G.

Con tres topónimos puedo resumir las líneas maestras de mi devenir vital: desde El Bierzo Alto (Almagarinos), donde nací, hasta Barcelona, donde he impartido docencia de Lingüística y Lingüística Aplicada, en la UAB, y pasando por Paris, donde me formé en la Sobona y donde tuve mi primera experiencia profesional durante 8 años, en la Embajada de España en París (Servicio de Atención Cultural y Lingüística a los Hijos de Emigrantes Españoles en Francia). Desde el 2011, he tratado de alimentar al hijo lingüístico que bauticé con el exigente nombre de Honestidad Radical. Para ello, por un lado, he tratado de aplicar el lema que se dio a sí mismo el maestro de periodistas Mariano José de Larra: "Mi vida está dedicada a decir aquello que los demás no quieren oír". Y, por otro lado, he intentado ser un fiel y humilde practicante de la doctrina de la “honestidad radical”, cuyas señas de identidad, siempre respetando la obligada cortesía lingüística, pueden resumirse en tres principios: 1. Seleccionar siempre las palabras más adecuadas; 2. Sacarles punta antes de usarlas; y 3. Aderezarlas con una pizca de cicuta para hacerlas más eficaces y letales.

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