Me costó sufrir y llorar pero en ningún momento me rendí. Por Luis Bully

Me costó sufrir y llorar pero en ningún momento me rendí
Me costó sufrir y llorar pero en ningún momento me rendí

«Vendí hasta mi casa, mi hogar, el hogar de los míos. Me costó llorar. Lloré durante varios días. Todo mi trabajo, mi sufrimiento, mi esfuerzo, mis ilusiones, mis sueños, desaparecieron, pero no me rendí»

 

Es domingo. Lo digo porque sencillamente ayer, sábado, alguien me dio una gran alegría, lo conté en un hilo que puede que alguno de ustedes leyera. Después de escribir ese hilo escribí un relato para La Paseata, algo alegre y divertido que me ocurrió hace tiempo.

Cuando me disponía a cambiarme de ropa para regresar a casa empezó a nevar copiosamente. Una vez en el coche decidí esperar a que aflojara la nevada, los caminos nevados en plena oscuridad y con el alto número de corzos y jabalíes que tenemos últimamente, no son buena cosa. Para hacer tiempo me puse a leer un artículo de D. Rodolfo Arévalo. Si no lo han leído les recomiendo que lo hagan. Trata sobre un suicidio. No sé si lo narrado se ajusta a la realidad de esa vida, de la relatada, pero sé que se trata de la realidad de la vida.

En mi vida he tenido que dar el pésame por un fallecimiento causado por suicidio tres veces. El último, el día antes de Nochebuena, a un amigo. También fui testigo directo de uno. Una joven, vecina mía, guapísima, encantadora y con una mente privilegiada, se arrojó a la calle desde un cuarto piso, a las once de una soleada mañana de primavera. Algo que nunca se olvida.

Tras leer éste relato he desechado el que  había redactado, lo he borrado. Ahora escribo este otro. Me enseñaron a trabajar, única y exclusivamente a trabajar. Nada de disfrutar. El disfrute era para quienes se lo podían permitir.

Cuando comprendí que o convertía mi trabajo en disfrute o se me pasaría la vida sin hacer otra cosa que matarme a base de echar horas, lo hice, y desde ese momento disfruté mucho, pero nunca dejé de trabajar. Empecé en serio con diecisiete. Desde los catorce ya podaba.
Mientras amigos míos se iban a la playa, yo trabajaba.

Mientras mis clientes disfrutaban del verano, yo trabajaba. Mientras los novios llevaban a sus novias al baile, yo llevaba a la mía al trabajo hasta las once de la noche de los sábados.
Ni sabía ni podía hacer otra cosa. Y no me quejo, siempre me consideré afortunado y fui feliz. Es lo que tenemos los tontos, los ilusos, que encontramos la felicidad en lo más insospechado.

Me pasé la vida así, trabajando e invirtiendo. Un buen día los clientes dejaron de pagar. Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo. Ni públicos ni privados. El dinero dejó de fluir. Me debían una verdadera obscenidad. Si hoy tuviera ese cantidad en la mano podría retirarme tranquilamente. Digo podría, pero no lo haría. Soy tonto.

Tuve que despedir a mis empleados, alguno tras quince años. Cuando has trabajado codo con codo, respirando el sudor del otro, un empleado es uno más de los tuyos. Pagué despidos. Me decían mis asesores, mis abogados, mi familia, mis amigos, no pagues, presenta un concurso, la quiebra, cualquier cosa antes que desprenderte del dinero. No lo hice. Pagué. A empleados y a proveedores. No cobré.

Cuando se saca y no se mete pronto se vacía la hucha. Se vació. A vender. Y vendí. Vendí hasta mi casa, mi hogar, el hogar de los míos. Me costó llorar. Lloré durante varios días. Todo mi trabajo, mi sufrimiento, mi esfuerzo, mis ilusiones, mis sueños, desaparecieron en el momento en que ante un notario amigo de la familia empuñé el bolígrafo y firmé la venta.
Mandé a matadero a veinte yeguas de cría de pura raza. Animales adquiridos, algunos de ellos, por seis mil euros, vendidos a ciento cincuenta euros. Lloré.

En ningún momento me rendí, nunca se me pasó por la cabeza el dejar de luchar, pero mira tú por dónde a pesar de intentar buscar una opción al pago de los impuestos de las cantidades facturadas y no cobradas, la CIA dijo que no. También dijo no el Ayuntamiento, y la Junta. Llegó el momento de tener que elegir entre pagar el IVA o pagar la electricidad. Nos cortaron el suministro. Llegó el momento de tener que elegir entre pagar el IRPF o comprar el pan. Dejé de comer pan.

Llegó el momento de elegir entre el impuesto de tracción mecánica y la ITV o comer carne. El pescado ya estaba olvidado. Dejé de comer carne. Hubo días en que me apañé con una loncha de jamón York y unas hojas de lechuga. Un tomate en el calor de la tarde adquiría una dimensión insospechada. Un vaso de leche era una meta inalcanzable.

La única ayuda económica que recibí fuera de la familia fue de un amigo que me dejó quinientos euros. Aguanté lo que nadie se puede imaginar antes de coger ese dinero, finalmente no pude menos. Era cogerlo o la nada. A veces el orgullo y la soberbia son piedras demasiado grandes en medio del camino.

Pasé necesidad. Muchas noches sin poder dormir. Muchos kilómetros detrás de gente que seguía viviendo bien mientras yo no podía alimentar a mi hijo. Fue tal el grado de desesperación que llegué a plantearme muchas cosas. Demasiadas cosas. Llegué a dudar de mis creencias. Viví en un verdadero infierno.

Tal vez me equivoqué, tal vez debí hacer lo que otros me hicieron a mí, pero no lo hice porque iba contra mis principios. Ja, ja, ja, principios. De los principios no se come. Soy tonto. Nunca me planteé el suicidio. No era algo que tuviera cabida en mi conciencia.
Pensarlo lo pensé. Lo pensé al igual que otras muchas cosas que hasta ese momento jamás pensé, pero no me lo planteé.

Hice lo que me habían enseñado. Hice lo único que sabía hacer. Trabajé. Algunos días no tenía fuerzas ni para empezar a trabajar. Con el estómago vacío el cuerpo no se mueve al ritmo acostumbrado. Te parece que vas a cámara lenta, pausadamente, intentando derrochar la menor energía posible. Me tocó hacer cosas que ni en mis peores pesadillas.

En el invierno es difícil aguantar a la intemperie sin el adecuado alimento. Poco a poco fui saliendo del hoyo. Si me hubiera tirado al río o bajo las ruedas de un camión jamás hubiera salido de otro hoyo.

Esto que cuento no es algo que me guste contar, pero es algo que no me importa contar.
Lo peor de todo no fue la falta de dinero, la necesidad, la angustia. Lo peor fue la irrelevancia, el abandono, el olvido.

Por suerte o por desgracia profesionalmente llegué a una buena posición. Tuve una cierta relevancia. La caída fue terrible. Ya no me hablaban, ya no me saludaban. Las administraciones que habían recaudado mis impuestos me daban la espalda. Los alcaldes que me ofrecían su mano se escondían cuando intentaba hablar con ellos.

Nunca derroché un duro. Jamás hice un gasto superfluo. No hice otra cosa más que trabajar, invertir y crear riqueza para un país que me dio la espalda. Ahora volvemos a lo mismo. Otra vez muchas personas honestas y trabajadoras vamos camino del desastre. De la ruina.

Pero esta vez se debe no a las circunstancias del mercado, de la economía, de una excesiva confianza, no, se debe a que quienes nos gobiernan han decidido arruinarnos. Muchos acabarán tomando la terrible decisión de suicidarse. No somos iguales, no tenemos la misma fortaleza. No todos somos capaces de resistir cuando el hambre llama a tu puerta y tú no tienes culpa de nada. Porque la culpa no es tuya, tú no has hecho nada mal, la culpa es de quien te gobierna.

Si alguno de ustedes ha tenido a bien leer estas líneas, por favor, mire a su alrededor, en su entorno. Observe a las personas que durante años le han vendido los zapatos, la ropa, los discos, los cortos y los pinchos. Piense en lo que le he contado. Piense en lo mal que lo tienen que estar pasando, apiádese de ellos si su posición se lo permite. No les de la espalda.
Dicen que sé transmitir. Yo sé que no es verdad. Si fuera verdad hoy habría sido capaz de remover sus corazones, y sé que no ha sido así. Cada uno tenemos nuestros propios problemas. ¿ Verdad ?

Me conformo con haberles incomodado y haberles hecho revolverse en el sillón, aunque no creo que haya sido mucho.
 

Luis Bully

Luis Bully

A los catorce años sembré unas alubias, cuando las vi germinar y convertirse en unas hermosas plantas quedé maravillado y decidí ser agricultor, y eso soy, agricultor y ganadero. En el camino fui algunas otras cosas, pero no tuvieron gran importancia. y, por ello, pretendo dar a conocer las realidades de quienes habitamos un mundo condenado a la desaparición si quienes suelen dirigir nuestros destinos terrenales no cambian su forma de entender lo que es el mundo rural y las necesidades de quienes vivimos en él.

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