El inframundo en que se ha convertido este reino nuestro. Por Vicky Bautista Vidal

El inframundo en que se ha convertido este reino nuestro me está dando mucho sueño.
El inframundo en que se ha convertido este reino nuestro me está dando mucho sueño.

«El inframundo en que se ha convertido este reino nuestro donde, encima, los responsables, se carcajean del vasallo aconsejando con acento paternalista»

Para las viejas princesas confinadas en torreones o castillos de los chinos cumplir cierta edad es sentir como si la guillotina se cerniera sobre sus cabezas. Al menos, eso es lo que me cuentan algunas viejas princesas amigas en nuestras reuniones en el chiringuito del claro del bosque, recién abierto ahora que la pandemia empieza a clarear: Hidromieles, bebedizos misteriosos y cuencos con esponjitas empapadas en vinagre y hiel que, el dueño: Longinos, pone en cada mesa por si algún crucificado con bozal ¡perdón! con mascarilla, gusta de probar, que dicen del vinagre que es buenísimo para matar al virus y la hiel no te digo.
Soplando las velas de la tarta light con nata sin lactosa, edulcorantes, mantequilla vegetal y sucedáneos de ingredientes me doy cuenta de que tienen razón.
De vuelta en mi torre, tumbada en la hamaca que he cambiado por el trono: hace tiempo que lo lancé a la hoguera junto con el altar portátil de las autoalabanzas que siempre llevaba en el bolso, decido dedicar el rato a repasar la causa de este estado mío de vieja princesa pasmada cuyo cuento se trasformó, muy a pesar de ella, en un soniquete tristón que aburre a las ovejas que triscan por los campos que rodean la mansioncilla de chicha y nabo donde vivo, aunque el Dragón la llame pomposamente castillo para justificar el alquiler desproporcionado.
Y eso que para contarles mi vida a las ovejas me pongo el traje de faralaes, la peineta y los pendientes de aro enormes y les canturreo colgada de uno de ellos en la aguja del reloj de mi torre, con lo que mientras hablo, voy ejecutando un recorrido en circulo con el trascurrir de las horas o de los minutos, según de la aguja en la que enganche mi pendientazo y el humor que tenga.
Ahora, me pregunto si no será ya momento de olvidarme de tales ejercicios. Quizá ya no sea digno de una vieja princesa enseñar los pololos a las ovejas de abajo, penduleando colgada de la aguja de un reloj.
El espejo mágico, al que he dado la vuelta para tener un ratito de charla susurra desde mi imagen:
Si total, ni te ven… ¿Te pluje?… ¡Hazlo!
Pues tienes razón. Mi dignidad es mía y hago lo que quiero con ella.
Y continúo mi cantinela solitaria.
Quería dormir cien años, como en los viejos tiempos cuando una, se pinchaba con ruecas para aguantar un poco la existencia y con la seguridad de que el príncipe de turno sería el despertador amable de un rato de descanso.
Pero no he podido dormir nada debido a que lo que me ha despertado no ha sido un tímido beso de príncipe sin paciencia sino las risas fuertes y flojas y los rumores acerca del señor del reino que ha trotado unos metros al lado del presidente de los Estados Unidos de América haciendo como que mantenía con él un debate trascendental de minuto y medio mientras el mandatario, algo momificado, igual de dudoso que él pero con más cerebro, mantenía el tipo preguntándose qué había sido de sus hombres de seguridad, qué hacía ese personaje murmurando algo en espanglish e invadiendo su espacio personal… Y recordando una de las reglas del panfleto: “Manual del buen presidente USA en quince días” donde una de las primeras es mantener a raya desde los tiempos de Zapatero a todos los presidentillos que no muestren afecto y compromiso con paisazos enormes y poderosos como es el suyo.
Que no sé qué me ha dado más vergüenza, si el acoso del presidentillo o la explicación de este a los medios acerca de las favorables “conversaciones” con Biden en el último sarao político mundial.
Yo, si tuviera ganas, mandaría un bando a los habitantes de este reino nuestro y haría una encuesta preguntando si los vasallos, habían tenido a bien ya darse cuenta de que lo que votas es lo que tienes. Pero el pregonero no está para mucho porque dice que se ahoga con la mascarilla y que desde que tuvo el COVID ya su potencia de voz no es lo que era y que mira, que, si con lo visto los vasallos no espabilan, no va a ser él quien clame en ese desierto. Y que, si se siembras patatas, patatas cosecharás.
Las noches en este castillo ya no son lo que eran pues ni sombras ni fantasmas descabezados ni misteriosos ensalmos alquimistas pueden utilizarla para lo que es el derecho de todo habitante de castillo de pro. El run, run de las lavadoras centrifugando y la obligación de desenchufar cualquier cosa han cambiado hasta al inframundo en este reino nuestro donde, encima, los responsables, se carcajean del vasallo aconsejando con acento paternalista que lo que tenemos que hacer para no pagar un recibo que equivaldrá a un sueldo es que lavemos de noche; que las luces no existen y que como ahora viene el verano, pues que ahorraremos mucho en estufas. Aunque no ha indicado soluciones para ventiladores y aparatos de aire acondicionado.
Los que tengan jardín que guisen en la barbacoa, añado yo para contribuir. Y si no, grandes hogueras en los parques para que los ciudadanos torren chorizos, morcillas, sobreasadas… los más pudientes, y nabos, berzas y cebollas el resto, o sea, prácticamente todos.
Creo que me vuelvo a mi urna a dormir otros cien años. Con un buen edredón cerca debido a los posibles inviernos sin calefacción y un gran abanico para los veranos sin ventilador pasaré mi tiempo de vieja princesa sin privilegios, pero con el don ese del hada madrina: poder roncar un rato largo hasta que vuelva el PP y comiencen de nuevo las campañas pagadas para denostar al gobierno y esas cosillas que, desde que llegaron las hordas “indignadas” al poder habían dejado de dar la tabarra virtual.
Quién sabe, igual en el próximo despertar me encuentro con que Ayuso o Almeida han llegado a la presidencia, España se parece a lo que era y los demás países nos miran sin tener que contener la risa o el desprecio.
Quizá me encuentre que han empezado a hacer galletas con los viejos y que Sudamérica ya es toda comunista e invade China, por aquello de morder la mano que te da de comer más que nada. O ver la investidura de Maduro como presidente de España, puesto que los cambios habrán llevado a Sánchez, el acosador de presidentes a ocupar la corona que le habrá proporcionado a cambio el propietario de Venezuela y su narco gobierno.
Puede que contemple batallas entre reinos: Cataluña independiente regida por el husmeador nocturno del flequillo: Puigdemont, intentando conquistar por las armas territorios como El País Vasco, por ejemplo, que anda que no me reiría nada.
No sé. Creo que con el panorama lo que voy a dormir son doscientos años. Este cansino presente del decepcionante principio del siglo XXI me está dando mucho sueño.
Vicky Bautista Vidal

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales. Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida. Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común. Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden. La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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