Los pecados capitales y la cíclica invasión de los bárbaros. Por José Antonio Marín Ayala

Los pecados capitales y la invasión de los eternos bárbaros. En la imagen Caín matando a Abel’, de Frans Francken II, Museo del Prado

 

«Con el Nuevo Orden Mundial será imposible caer en la tentación de abrazar gran parte de los pecados capitales, tal y como los conocemos hoy»

La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza han sido desde hace siglos las siete errabundas pasiones del alma que la Iglesia ha fijado como «pecados capitales», mentados así por ser de tal transgresión moral su consumación que cada uno de ellos da pie a multitud de otros pecados menores. Tras numerosos quebraderos de cabeza mentales acerca de las actitudes humanas que pudieran socavar la moralidad, estos axiomas fueron fijados de manera definitiva en el siglo V de nuestra era por los primeros doctores de la Iglesia.

Sin embargo, sería Tomás de Aquino, uno de los padres de la Iglesia que floreció allá por el siglo XIII, quien definiría un vicio o pecado capital del siguiente modo:

«Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada».

Para que estos vicios tuvieran la oportuna correspondencia animalesca, los eruditos atribuyeron a determinados seres vivientes estos deslices puramente humanos (todavía sigo sin entender cómo las protectoras de animales no han puesto una demanda formal contra la curia por semejante ultraje a los legítimos derechos de sus representados). Al sapo le endosaron la avaricia, por lo que resulta habitual encontrarse representaciones escultóricas o pictóricas de este batracio con monedas surgiendo de su amplia boca; a la serpiente (que fue al parecer la que incitó a Eva a desobedecer la prohibición expresa de Dios de comer la manzana del árbol prohibido), la envidia; al león (por eso de que es fiero y es el rey de la selva), la ira; al caracol (por mor a su paciencia infinita para transitar por la vida), la pereza; al puerco, la glotonería (todavía hoy piropeamos a algún conocido que está de buen ver regalando a sus oídos eso de que «comes como un cerdo»); a la cabra (quizá porque se asociaba al demonio, al macho cabrío y a su relación con los aquelarres), la lujuria; y al pavo real (luciendo ese abanico de ostentosos colores de plumas), el orgullo; no en vano, decir a alguien que se pavonea ante los demás nos sirve para manifestar nuestro desprecio o rechazo hacia él o ella. Y digo desprecio, que no envidia. Paco Umbral decía que la envidia es sana, pues denota que admiras al prójimo y te gustaría ser como él; en cambio, lo que solemos practicar es el desprecio, que es, en definitiva, el deseo de que al susodicho le vaya mal en la vida.

La percepción que las gentes del mundo tienen de la relevancia de los pecados capitales dista mucho de ser unánime. Tampoco creo descubrir nada si digo que para ciertas sociedades la consideración de determinado pecado capital puede ser más trascendente que la de otro; la lujuria, por ejemplo, está infinitamente más penalizada en un paraíso religioso, como pueda ser Irán, que la pereza; ahora bien, si usted viviera en los países nórdicos sería justo todo lo contrario. Y, en cambio, por estos lares nuestros, «pogre ande los haiga», no se considera pecado, ni capital ni ordinal, ninguno de estos deslices morales. Es más, yo diría que, a tenor de los personajes que han sido protagonistas de sonados casos, el prototipo de vago lujurioso goza aquí de hasta cierta admiración social, quizá por esa oscura razón de valorar siempre a todo pillo que se sale con la suya, viviendo del cuento gracias a su sagacidad e ingenio.

Que un político falsifique su documento académico haciéndolo pasar por original es un pecado venial que, empero, en cualquier país de nuestro entorno llevaría al susodicho a la dimisión; en cualquier país menos en España, claro. Falsear, en cambio, el título de una propiedad territorial para agenciarse grandes extensiones que son de otros, eso, amigo, es harina de otro costal. Y fue precisamente la Iglesia, la misma que tanto celo puso en dotar de moralidad a las gentes, la que cometió semejante pecado capital; gravísima falta que no está, paradójicamente, tipificada en su moralizante doctrinario.

Pero para ponerle, eminente leyente, al tanto de este atroz hecho es preciso que nos sumerjamos en el pasado, viajando en el tiempo diecisiete siglos atrás.

Por lo que sabemos de los que escribieron por aquellas lejanas fechas, aquellos eran ciertamente tiempos más convulsos que los que sufrimos ahora, aun a pesar de los tremendos daños físicos, económicos y morales que muchos están padeciendo por culpa de esta maldita pandemia (digo por culpa o como consecuencia, y en modo alguno sobre de las causas que la han originado ni de su gestión, a tenor de lo tranquilas que están las calles, del silencio de sus gentes y de la discreción que, en este sentido, guardan los amancebados «medios de incomunicación»).

Y digo que aquellos tiempos no son ni remotamente parecidos a los de ahora porque estaba a punto de caramelo de desaparecer de la Historia la más longeva y poderosa entidad política y militar hasta entonces conocida: el Imperio Romano. Para todos aquellos que sufren del mal de la hispanofobia, y hasta los numerosos hispanobobos que tenemos entre nosotros, solo voy a decir que el Imperio Romano alcanzó su mayor extensión geográfica durante el reinado del muy capaz emperador Marco Ulpio Trajano, de origen hispano para más señas, allá por el año 117 de nuestra era.

Por aquellas lejanas fechas acontecía en un remoto lugar de Oriente un hecho poco relevante al principio: se escindía de la exclusiva, exigente, sombría y misógina religión judía una más atractiva y colorida doctrina, que hacía partícipes también a las mujeres: el cristianismo. Su profeta, Jesús de Nazaret, nunca dejó, extrañamente, nada por escrito de sus enseñanzas de su puño y letra. Todo lo que sabemos hoy de aquel que se hacía llamar Christós (nombre de origen griego que significa «ungido», pues era así, con óleo sagrado, como en Oriente bendecían a los sacerdotes y reyes; término, por demás, que es equivalente al mesías hebreo), como digo, todo lo que sabemos de él es por boca de los que estuvieron con él, u oyeron hablar de él. En uno de los márgenes de una página de uno de los textos del historiador Flavio Josefo, que vivió en el siglo primero, se lo menciona como muy de pasada, en una anotación añadida por otra persona a posteriori en uno de los volúmenes de sus «Antigüedades Judías», una exhaustiva crónica que abarca la historia antigua del pueblo judío, desde los orígenes del hombre (es decir, desde Adán, que era para ellos el primero de nuestra estirpe) hasta el año 66.

También en aquellos tiempos, las hordas bárbaras del norte, integradas por francos, y especialmente germanos (los mismos que no han dejado de dar por saco a la humanidad desde entonces, y que provenían en origen de lo que hoy conocemos por Suecia), fueron empujadas hacia el sur por las periódicas hambrunas, y también por el crecimiento demográfico, en busca de nuevas tierras (lo que en tiempos modernos el «tipo del bigotito» definiría como su imperioso «lebensraum» o espacio vital). Esto no era nada nuevo para el imperio, por lo que las poderosas legiones solían frenar con eficacia estas embestidas. Pero la presión que ejercían en estos tiempos las tribus de eslavos del Asia Central, unido a las luchas intestinas por el poder dentro del Imperio Romano, o quizás todas estas causas a la vez, lo cierto y verdad es que estos contingentes fueron ocupando un territorio tras otro cada vez mayor dentro de los límites del Imperio. Uno de estos grupos étnicos de origen germánico se hacía llamar «godo», que se puede traducir por «bueno» (en contraposición al resto de los mortales, que debemos ser los malos). De este palabro, y con el mismo significado, han derivado los términos good, en inglés, y gut, en alemán; y asimismo God y Gott, que significa Dios, pues al parecer creíanse también estos muchachotes del norte divinos. Y hasta es posible que estos godos creyeran que los pecados capitales que los primitivos cristianos pergeñaban por entonces para escarnio de la humanidad por sus desviaciones morales, como el robo, la violación de mujeres, el asesinato o la tortura, no debía ir con personas tan honorables como ellas, buenas donde las haya, por mor a su propia naturaleza semántica.

Y para dejar buen ejemplo de ello en la Historia Universal, en 250 cruzaron el Danubio y saquearon la península balcánica; y en 267 hicieron lo propio con Atenas, Esparta y Corinto. Cómo estaría de expuesto a esos ataques el Imperio Romano que el emperador Aureliano mandó construir una muralla alrededor de Roma, algo hasta entonces inaudito en la Ciudad Eterna.

Aunque hay un antiguo e infalible proverbio galo que sentencia que para mandar bien es preferible un mal general a dos buenos, la Historia está llena de desafortunadas decisiones políticas provocadas por el incumplimiento de este fundamental axioma, y que bien merecería estar también en la lista de los pecados capitales, que ha dado al traste con poderosas estructuras sociales. De entre las múltiples razones que se esgrimen para explicar el ocaso del Imperio Romano, una se fundamenta en la decisión de algunos emperadores de dividir el gobierno entre varios mandatarios. Otro factor no menos desestabilizador lo constituía la Guardia Pretoriana, la élite de soldados que formaba la escolta personal del augusto, y cuyo poder para deponer y nombrar emperadores había caído a tal grado de corrupción, merced a sus egoístas intereses económicos vendiéndose al mejor postor, que bien merecería incluirse también como pecado capital.

El territorio romano había crecido tanto que era bastante difícil gobernar todas las provincias desde la propia Roma. Corría el año 285 cuando Diocleciano, nombrado un año antes emperador por la Guardia Pretoriana, tras la muerte en el campo de batalla de Caro, no tuvo mejor ocurrencia que compartir el trono, dedsignando a Maximiano coemperador y a Galerio y a Constancio césares, un título similar al de príncipe o heredero, formando una hasta entonces inédita tetrarquía que intentaba evitar el colapso territorial de un inmenso imperio asfixiado por la falta de dineros. Parece mentira que Diocleciano no hubiera aprendido nada de las enseñanzas de sus ilustres y capaces antepasados, en especial de Julio César, uno de los pocos generales romanos invictos en un campo de batalla, cuando decía y hacía con tanta eficacia en la guerra aquello del «divide y vencerás».

Quizá Diocleciano pensara que colocando en dos diferentes partes del imperio a sendos gobernantes se podría hacer frente de manera más eficaz a las invasiones bárbaras. Con este planteamiento, al cabo de un tiempo, el imperio quedó dividido definitivamente en dos mitades. Una de ellas, la que atesoraba las mayores riquezas, llamada posteriormente Imperio de Oriente, fue gobernada por el propio emperador y uno de sus césares; la otra, la de siempre, el Imperio de Occidente, la dirigía desde Roma Maximiano y el otro césar, región esta que quedaba cada vez más expuesta y más sola que la una a los ataques de los invasores del norte.

Aunque la persecución más conocida sobre los cristianos fue llevada a cabo en tiempos de Nerón, el acoso se repitió durante los reinados de Trajano, Septimio Severo y, sobre todo, Diocleciano, donde se fraguó la mayor y más sangrienta represalia, en 303. No debió ser cosa nada fácil para los emperadores romanos tolerar de unos recién llegados, aunque fueran ya casi un 10% de la población, quisieran imponer a todo el mundo como único dios el suyo, el cristiano, colocándolo por cima de todos los que adornaban desde tiempos inmemoriales el grandioso panteón romano. Y no solo eso, estos arribistas de la moral proclamaban además que eran los designios de su dios, y no las armas ni las decisiones de los gobernantes, los que ahora contaban para que el mundo siguiera su buen curso en la Tierra, y que con solo adorarlo se pudiera llegar a alcanzar una suerte de mejor vida tras el inevitable óbito. Y lo curioso del caso es que no era una religión de autoayuda, sino que la encargada de invocar a la deidad su beneplácito poder divino para el bien de la humanidad era la incipiente Iglesia, que ellos representaban. Mientras el imperio se desangraba, la Iglesia se fortalecía, porque las desesperadas gentes depositaban sus esperanzas en ella.

La tetrarquía de Diocleciano fue solo el inicio de la desgobernanza. Si ya desde los primeros momentos, cuando Dios daba forma al mundo y creaba los primeros humanos, los dos primeros hermanos que tuvo la humanidad tuvieron sus más y sus menos, y uno de ellos, Caín, no careció de escrúpulos para acabar con la vida de Abel, qué podría esperarse de sus descendientes, especialmente de los que vivieron en una época donde la vida y la muerte estaban, como diría el poeta, bordadas en la boca. A finales del año 310, pues, la situación era tan inestable que fueron siete los gobernantes con que contaba el Imperio para su dirección. La inevitable lucha a muerte entre ellos por el poder dejó solo a dos en liza: Majencio y Constantino, hijos, respectivamente, de Maximiano y Constancio Cloro. No tardaron mucho en batirse en duelo en el campo de batalla, de donde resultó vencedor Constantino, el cual se había inventado la historia esa que ha llegado hasta nuestros días de que momentos antes de la decisiva confrontación armada se le había aparecido la cruz donde pereció Cristo, símbolo este que pintó sobre los escudos de sus soldados y que fue, a la postre, valiéndose de la ya por entonces muy desarrollada psicología de masas, lo que le permitió conseguir la victoria sobre su contrincante. Con este ardid, en vez de hacer lo que practicaron sus antecesores, perseguir a los cristianos, Constantino daba un golpe de efecto político y se ganaba para su causa a ese más que respetable 10% de la población romana con derecho a voto.

Con el tiempo, el emperador romano Constantino, que en un ejercicio de punible pecado de vanidad se rebautizó, motu proprio, «El Grande», se confesó, haciendo uso de un populismo descarado, devoto de la fe cristiana (hoy las tornas han cambiado, de tal manera que si se quiere estar en la onda de la mayoría hay que ir justo en la dirección contraria). En el año 313, Constantino legalizó el derecho y la libertad a profesar la fe cristiana, sin que ningún practicante fuera castigado por ello. Este voluntarioso espíritu filantrópico lo materializó en el Edicto de Milán, uno de cuyos fragmentos reza así:

«Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión (…) que a los cristianos y a todos los demás se conceda libre facultad de seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio. Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle».

Aunque el Edicto permitía la libertad de abrazar cualquier confesión religiosa en el imperio, el tiempo demostraría que la Iglesia sería bastante intolerante a la libertad de culto, e incluso atacaría con furia a sus propios herejes, aquellos cristianos que cuestionaban sus postulados.

Constantino es conocido también por haber refundado, en 330, la ciudad de Bizancio (hoy Estambul, Turquía), adonde trasladó la capital del imperio y a la que denominó al principio Nueva Roma. Luego, en un nuevo alarde de egocentrismo, otro pecado que debería ser considerado capital, cambió el nombre por el suyo de pila: Constantinópolis, la ciudad de Constantino. Sin embargo, muerto el perro se acabó la rabia, y sería su antiguo nombre, Bizancio, el que se usaría durante siglos para designar el gentilicio de los habitantes de Constantinopla, y el que inspiró al historiador alemán Hieronymus Wolf, en 1557, la expresión «Imperio Bizantino», término que se hizo muy popular durante el siglo XVIII.

Más tarde, en el año 380, el Emperador Teodosio el Grande, por medio del Edicto de Tesalónica, establecería el cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano.

Como hemos dicho, Constantino fue el primer emperador en dar libertad de culto al cristianismo, hecho insólito hasta entonces. El quinto de los diez mandamientos decretado por el nuevo dios romano prohibía acabar con la vida del prójimo, aun cuando matar para conseguir el poder es lo que había hecho el bueno de Constantino en vida. Sin embargo, según el parecer de aquellos primitivos cristianos, este desliz no debió tenerse por pecado capital, de tal manera que los padres de la Iglesia no vieron en el currículo del fallecido emperador impedimento alguno para proponerlo candidato a la beatificación, entrando en el santuario cristiano como san Constantino.

Con el asentamiento del cristianismo como religión oficial del estado, la Iglesia adquirió un inmenso poder. Comenzó a controlar numerosos aspectos de la sociedad romana y su influencia era tal que era temida incluso por los débiles dirigentes del Imperio. Si alguien quería proyectarse socialmente lo tenía más fácil si pasaba por el aro del cristianismo. Incluso tras la caída del Imperio Romano, la Iglesia, ya expandida por todo Occidente, persistiría y se mantendría como una institución importante durante siglos. Además, los recursos económicos destinados al cristianismo permitieron que la Iglesia acumulara un poder y una riqueza sin precedentes.

En 376, cientos de miles de godos, huyendo de los hunos, pidieron asilo al emperador en calidad de refugiados, como hacen muchos hoy día cuando arriban a nuestras fronteras. El emperador Valente les abrió las puertas del imperio sin exigirles, como era usual, integrarse en la sociedad a la que llegaban (como hacen la mayoría de los países europeos hoy día, a diferencia de nosotros). Una vez dentro del imperio traicionaron la confianza que se les había dado (y ojo a esta enseñanza de la Historia que pasan por alto nuestros estultos políticos, que debería tipificarse también como pecado capital) y se destapó su verdadera naturaleza: se enfrentaron a las legiones romanas y destruyeron dos tercios de su ejército. Los godos entonces se dividieron en dos facciones muy numerosas: una se dirigió hacia el oeste, los visigodos, y otra hacia Oriente, los ostrogodos.

Como había ocurrido anteriormente, tras la muerte de Teodosio I el Grande, en 395, el imperio que él había reunificado se había vuelto a dividir de nuevo en dos: su hijo Arcadio fue el heredero de Oriente y el otro, Honorio, de Occidente.

Lo que nadie podía intuir en ese momento de la Historia es que sería la última vez que el imperio volvería a ser gobernado por un solo emperador.

Los destinos de cada porción del Imperio fueron marcadamente distintos. Mientras que al de Occidente le quedaban menos de cien años de vida, el de Oriente perduró durante otros mil años. Los sucesivos monarcas que estuvieron dirigiendo el Imperio Romano de Oriente, o Bizantino, tuvieron más escrúpulos con la vida de sus potenciales rivales al trono que los que aspiraban a gobernar desde Roma. No solían violar el quinto mandamiento cristiano: en vez de matarlos tenían la delicadeza de dejarlos ciegos.

La ciudad de Roma fue saqueada por los visigodos en 410 y por los vándalos en 455, poniendo de manifiesto la desintegración de la autoridad romana y su inevitable declive. En septiembre de 476, el Imperio Romano de Occidente, el inmenso territorio centralizado que había existido durante 500 años, se derrumbaba bajo las invasiones de vándalos, ostrogodos y visigodos, dejando definitivamente de existir. El emperador romano de Occidente, Rómulo Augusto (que, para más inri, llevaba por nombres de pila el de uno de los fundadores de Roma y el de su primer emperador), que había gobernado los dominios del imperio durante poco menos de un año, fue depuesto por el príncipe germánico Odoacro.

Aun cuando el historiador alemán Alexander Demandt, especializado en la antigua Roma, enumeró hasta doscientas diez teorías diferentes que intentaban explicar el porqué de la caída del Imperio Romano, una que es común a cualquier superestado de esta naturaleza es que llega un momento en que sus estructuras políticas, administrativas y militares agotan los inmensos recursos económicos que se necesitan para mantenerlo. Lo raro fue, en realidad, que perviviera durante tanto tiempo, casi 500 años (algo similar le sucedió al Imperio Español, que se desintegró por puro agotamiento económico tras más de 300 años de existencia).

Las legiones romanas habían sido aniquiladas o reabsorbidas por los nuevos amos, pero en todo el territorio que antaño fue del imperio pervivió el cristianismo. La bienaventuranza de los dioses que había protegido a Roma durante siglos ahora pasaba a manos del dios cristiano.

Los descendientes de aquellos bárbaros invasores se dispusieron a gobernar los nuevos estados europeos surgidos tras la caída del Imperio Romano de Occidente. Ante este desbarajuste e incertidumbre sociales, la Iglesia Católica se erigía en la única esperanza que tenían los simples mortales de aquellos tiempos.

La vida de antaño, al igual que nos tememos ahora con los oscuros planes del Nuevo Orden Mundial que nos tienen reservados estos plutócratas de mierda que gobiernan el mundo, parecía más que incierta para millones de personas, y la idea de una muerte antes de tiempo se antojaba mucho más que probable. El cristianismo en cambio, promovía la creencia de una vida más feliz tras la muerte, lo que dio un nuevo aliento de esperanza al desesperado pueblo romano.

Cuando las estructuras administrativas del Imperio Romano se vinieron definitivamente abajo, los pontífices ejercían una imprecisa y singular jurisdicción gubernativa en la naciente Edad Media. Y los nuevos gobernantes godos debieron quedar impresionados por la pompa y el boato de los que hacía gala la Iglesia. Era esta, la Iglesia, una estructura social que no les presentaba peligro alguno, porque estaban desarmados, pero gobernaban sus territorios, concedidos antaño por los emperadores. El poder divino había bajado ahora de los cielos para gestionar los asuntos económicos de los estados en la Tierra. Para justificar este disparatado proceder, la Iglesia había al ardid de sacarse de la manga un documento que legalizase la singular situación que se daba. Este fue el origen del gran pecado capital de la Iglesia que comentábamos al principio, lo que se conoce como la «Donatio Constantin», la Donación de Constantino, su gran valedor en el pasado.

El documento en cuestión recogía por escrito que el papa Silvestre I había recibido del emperador romano Constantino el Grande la potestad para gobernar la ciudad de Roma y sus alrededores, como si fuera un monarca más de tiempos de Diocleciano, surgiendo así una autoridad religiosa dotada de poderes gubernamentales y atribuyéndose los derechos para intervenir en los asuntos políticos de Italia y del Imperio Romano de Occidente; y no solo de esos territorios de la órbita de Roma, sino también de otros muchos del Imperio de Oriente, como Grecia, Judea, Tracia, Asia Menor y África.

La fraudulenta «Donación de Constantino» se fraguó en el siglo VIII. El origen de semejante pecado capital debió consumarse hacia 750 (cuando gran parte del mundo había pasado a manos de árabes y francos), entre dos pillos de mucho cuidado: el Papa Esteban II y el rey de los francos, Pipino el Breve (apodado así por su baja estatura), padre de Carlomagno. Esteban II dio el visto bueno divino para que Pipino usurpase el trono de Francia, un pecado cardinal conocido como prevaricación, y así pudiera derrocar impunemente a la legítima dinastía merovingia que gobernaba por entonces. A cambio, Pipino otorgaba al Papado los territorios italianos que el Reino de Lombardía había arrebatado al Imperio de Oriente.

La Donación de Constantino fue mencionada por vez primera en una comunicación del papa Adriano I a Carlomagno. Su sucesor, León III, coronó a Carlomagno «Emperador de los Romanos», lo que garantizaba el brazo armado que necesitaba la curia para defender los dominios del Papa en Roma. En la fiesta de Navidad del año 800 se celebró en el Vaticano la ceremonia de la coronación imperial. Y no solo eso, la nueva entidad política que nacía contaba con la Iglesia como parte integrante al llamarse ahora «Sacro Imperio Romano Germánico», también llamado Primer Reich por los descendientes de los godos, y de donde decían que arrancaba su gloria pasada.

Si horrible fue la persecución y tortura de los cristianos en tiempos del Alto Imperio Romano, no menos punible debió ser la persecución de brujas y herejes, incluso su quema en la hoguera, durante la larga Edad Media por los descendientes de aquellos cristianos, tanto católicos como protestantes, que antaño fueron perseguidos.

No fue hasta transcurridos siete siglos, en 1440, cuando el humanista italiano Lorenzo Valla demostró que la «Donación de Constantino» era un completo fraude. Del análisis lingüístico del texto se deducían giros idiomáticos y palabras que no existían en el latín de los últimos años del Imperio Romano. Incluso el texto recogía la anacrónica palabra «feudo», un concepto completamente desconocido en la Europa de inicios del siglo IV y que solo se fraguó durante la Edad Media.

Tengo la desagradable sensación de que el mensaje moral que transmitieron en sus enseñanzas los antiguos padres de la Iglesia tenía más por destinatarios a los poderosos gobernantes de aquellos lejanos tiempos que al común de los mortales. Poniendo a bote pronto como ejemplo a codiciosos y avaros banqueros, o a irascibles, soberbios, lujuriosos y perezosos gobernantes, ¿acaso cree usted que tiene algún sentido censurar al mortal de a pie de pecados capitales, tales como la gula o la avaricia, si el que tiene posibilidad de practicarla no es sobradamente pudiente, o acaso es uno de los muchos manifiestamente ineptos personajes públicos, esos que meten la mano en la saca de los cuartos puestos ahí por la sociedad democrática, esos que una vez aterrizan hacen y deshacen a su antojo?

No me cabe duda alguna que con el nuevo mantra de que en breve seremos más pobres, pero más felices, la humanidad habrá dado un gran paso para alcanzar la tan ansiada por los antiguos exegetas bienaventuranza espiritual, ya que será prácticamente imposible caer en la tentación de abrazar gran parte de los pecados capitales, tal y como los conocemos hoy.

Convendrá usted conmigo que los usos y costumbres de las gentes de aquella remota época debieron ser bastante distintos de los actuales como para replantearse si aquellos originarios pecados capitales tienen plena vigencia hoy o, por el contrario, deben ser matizados, cuando no sustituidos, por otros. La mentira, la desesperanza, la insolidaridad, el fanatismo, la deshonestidad, la hipocresía, el egoísmo, el desprecio y la soledad, no autoimpuesta, deberían incluirse entre los pecados capitales de nuestro tiempo.

Como hemos podido ver, los pecados capitales son tan antiguos como la vida misma. Una primera referencia escrita de uno de los más perniciosos nos ha llegado de la mano del rey Salomón. El soberano de Israel, que floreció hace más de 3000 años, decía: «Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría». Quizá sea esa la razón fundamental de los escasos atributos de liderazgo que para conducir a buen puerto una sociedad como la nuestra, tan desencantada, presentan nuestros políticos. Y más durante esta larga pandemia, donde sin tapujos ni vergüenza, muchos reconocen abiertamente, vía Twitter, que han estado en casa tocándose literalmente las bolas, o el coño, como una mesa de grande (sin que les haya sido de aplicación ERTE alguno; o sea, cobrando la nómina a tutti plein), viendo una serie tras otra en la caja tonta.

Y mientras nuestros amigos, conocidos y familiares se mueren a chorros por la pandemia, mientras la gente se arruina perdiendo sus empleos y sus negocios, y mientras estos impresentables gobernantes nos meten de nuevo en una inmensa deuda que les va a costar pagarla más de 40 años a nuestros hijos y nietos, las «constructivas actividades políticas» que han parido y con las que nos han entretenido durante este tiempo han sido distraer al personal con asuntos tan trascendentes como la inhumación de un cadáver; el constante insulto a la figura de un rey; la imperiosa necesidad de implantar una república; la tontuna esa del lenguaje inclusivo; las manifestaciones a toda costa del 8-M, pues ya se sabe que el machismo mata más que el coronavirus; la de acelerar oficialmente la muerte de los improductivos mediante la eutanasia; la de garantizar el asesinato asistido mediante el aborto, y además decidido por adolescentes; y, tratando de justificar una peculiar libertad de expresión, atizar a esa constante fracción de estúpidos, que arrulla nuestra sociedad, para que quemen las calles, pero no por la subida de la luz o del desempleo, sino en apoyo de un delincuente. Y todo ello permitido y promovido por un individuo que, negociando con los representantes de asesinos e independentistas para mantenerse en el poder, atesora más pecados capitales que nadie: soberbio, vago, mentiroso, vanidoso, envidioso, egocéntrico, felón y usurpador. Si todo esto no debería estar penado como pecados capitales, que venga Dios y lo vea.

Del fondo de todo este panorama emerge la sabia lectura que de la condición humana hizo el poeta, artista, dramaturgo, músico, novelista y autor de canciones bengalí Rabindranath Tagore: «Qué fácil es empujar a la gente, pero qué difícil guiarla».

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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