De las guerras de nuestros antepasados. Por Teresita Ávila

Dr.— ¿También pensaba tu padre que tu guerra no podía tardar?

P.P.— Así es, sí señor. Igual que el Abue que decía: «¡Ay chaval!, ¿puede saberse qué va a ser de ti el día que llegue tu guerra?». Que a Padre se le alcanzó a decir entonces, «será el primero de casa que la pierda».

Dr.— ¿No les dijiste nunca a ninguno de los tres que a lo mejor no había más guerras?

P.P.— Por mayor, una vez se me ocurrió, doctor. Se lo dije tal que así al Bisa, y no quiera saber cómo se puso, oiga, que la guerra estaba en nuestros huevos, y que mientras los hombres tuviéramos huevos, y Dios Padre me perdone, pues eso, habría guerras, ya ve qué formas.

Miguel Delibes, Las guerras de nuestros antepasados
De las guerras de nuestros antepasados.

«No hay voz ni voto que ofrezca una vía de escape, una ilusión siquiera, a la gran cárcel a cielo abierto en la que seremos reclusos con derecho a un pobre rancho»

Las formas ya las vemos, ni que estuviéramos ciegos. Cotiza al alza el vapuleo mediático en el que, cual pandilleros de baja estofa, colaboramos casi todos con velado disimulo, para que no digan. Meterse o no meterse en la arena del patio, esa es la cuestión. Estamos llamados, por naturaleza, a la pelea, a la defensa territorial, a la de nuestro propio mapa mental tan discutido y discutible en los tiempos que corren. No se trata aún, aquí, de una lucha cuerpo a cuerpo. Todos los dardos hieren bien impregnados en cicuta verbal. Y si recordamos, primero son las palabras, y después suelen venir las obras, incluso las malas. A diferencia de mis anteriores escritos, no quiero citar adrede las cosas que me revuelven el estómago o me llaman la atención por lo perturbador, por la manera en que pudiera tomar una vía de no retorno. Ahora mismo, me genera una gran rechazo identificar con nombres y apellidos a cualquier protagonista de un hecho polémico, por mucho que no halle coincidencia alguna en su forma de pensar. Huir como de la peste de las cosas que hieden, intentarlo al menos. Mientras las cuestiones, todas, puedan mantenerse dentro de una civilizada corrección, tendríamos la esperanza de encontrar un resquicio al que agarrarnos, un rincón en el que reposar y, tal vez, llegar a acuerdos. Me preocupa el lío interesado, me desborda. Me asustan los golpes a traición, las zancadillas y, en general, la ausencia de civilidad que se está enseñoreando del cotarro público, social. La bronca continua, faltona. El tono desabrido, con retintín, en cada ocasión que se preste a ello. La falta de humanidad que, con tanta hipocresía se critica, resulta ser lo único visible en el panorama circundante. Y eso se aprende, deja huella y se asienta donde menos se lo espera. Todo feo y mañana mucho más feo. ¿Derrotados? Por supuesto. Somos nosotros mismos los que estamos cayendo en una gran desgracia.

Entre contradicción y contradicción, nuestros verdaderos enemigos se frotan las manos, puesta la vista en el gran negocio que tienen ante sí.  El gran ejército, más semejante a un circo de pulgas de ínfima categoría, está dispuesto a saltar y picar y hacerlo gratis, ¡oh, sorpresa! A veces, un leve destello de realidad, permite comprender el engranaje en el que participamos. Solo un peón de negras, lo más chungo en ajedrez. Con tan limitados movimientos, no es extraño que estemos ya hasta el cuello dentro de algo que todavía cuesta percibir. No sé si denominarlo mecanismo de defensa, atención dispersa, o si se debe a una natural inclinación al realismo mágico como vía de escape. En cualquier caso, se verá. Lo veremos. Lo sufriremos en nuestras propias carnes pero, tranquilos, que ya tienen la solución en el bote, presta a distribuirla por doquier, a dispersarla por el mundo cual aerosol, a proclamar sus múltiples bondades, habida cuenta de que –torpes como somos, incapaces– nos lo tienen que dar todo masticado. En su intervención en la Asamblea General de la ONU, Guterres ha planteado un dilema sobre dos escenarios dicotómicos a los que, a su juicio, se enfrenta el escenario internacional. «¿En qué mundo queremos vivir? ¿Uno en el que cada uno vele por sus intereses o uno donde las naciones se conciertan?» ha cuestionado, además de recalcar que «ha llegado la hora de elegir» [1]. Y debo decir que está muy bien que los amos del negociado expongan las cosas con tantísima claridad. Un escenario internacional donde han obrado a placer, moviendo las fichas a su antojo, donde han atizado las brasas hasta hacer desaparecer el último vestigio de sus culpas. La mejor idea, sin duda, lanzar la pregunta y exigirnos la respuesta adecuada a sus fines. Estoy convencida de que seremos generosos y les daremos la correcta.

Recordando el artículo de Anne-Cécile RobertAmbigüedades del “orden basado en normas” [2], la implantación de un marco común que mitigue los conflictos existentes no es tarea fácil, dado que –como indica–, «un orden de este tipo podría incluir teóricamente reglas y normas a las que algunos Estados no han dado su consentimiento». Pero lo gordo lo dice un poco más adelante: «De nuevo aquí, el RBO revela su naturaleza intrínsecamente conflictiva. Washington establece un vínculo lógico entre esta noción y los valores de lo que durante la Guerra Fría fue el “mundo libre”, a saber, la economía de mercado, la democracia y los derechos humanos. El lugar central que esta retórica otorga a los valores occidentales está destinado a generar la reacción de quienes no los comparten»Queda claro que, sí o sí, este será el vehículo que, lejos de solucionar los conflictos, agregue sal a la herida.

Pero nosotros, como Pacífico Pérez, creemos estar a salvo de futuras contiendas de momento, porque confiamos en nuestra voluntad, en nuestra negativa a participar en acciones que conlleven derramamiento de sangre. Se nos ha instruido en un modelo individual que decline, incluso, la autodefensa; mientras otro modelo –el social–, impulsado por las élites, se aprovecha de lo contrario y agrede al ciudadano de a pie continuamente, convertido el Estado en monstruo y enemigo. Y desamparando al desvalido, o retorciendo a conveniencia las leyes con un descaro obsceno. El mundo velará por sus intereses, desde luego, porque no existe ningún otro mundo posible que no sea la imagen y semejanza de aquello que se han propuesto lograr. Y no hay voz ni voto, ni plataforma ciudadana de nuevo o viejo cuño, que ofrezca una vía de escape, una ilusión siquiera, al gran encierro proyectado, a la gran cárcel a cielo abierto en la que seremos reclusos con derecho a un pobre rancho, si tenemos suerte.

NOTAS_____

[1] Guterres advierte que los principios de la ONU «están bajo asedio» durante la apertura de la Asamblea General

[2] El artículo completo puede leerse aquí:

https://www.litoralpress.cl/SimbiuPDF/2024/12/04/5543510.pdf

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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