¿Mereció la pena el dolor, la muerte? Por Gusarapo

¿Mereció la pena el dolor, la muerte? Imagen, Daniel Vidal

“Ochocientos cincuenta asesinados para conseguir el autogobierno que ahora, sin disparar un solo tiro, están cerca de conseguir. ¿Mereció la pena el dolor, la muerte?”

Voy caminando por la calle, en sentido contrario a una ágil masa de jóvenes estudiantes que se dirigen a sus respectivos colegios, institutos y facultades, sorteándolos. Son decenas y caminan en la misma dirección. Chaquetas, cazadoras, jerséis. La mañana está fría.

Cruzo una avenida por un paso de peatones con semáforo. A un par de metros de la acera escucho una agradable melodía. La reconozco al instante y me sorprende, no es muy habitual escuchar hoy en día, en medio de una calle, la Serenata de Schubert.

Busco el origen de la música y un automóvil pasa junto a mi, rozándome. El semáforo ha cambiado de color y no he acabado de cruzar la calle. Consigo ubicar el punto emisor, un artefacto que sostiene un muchacho en una de sus manos. Va en mi mismo sentido. Aflojo el paso. Quiero escuchar, necesito escuchar.

Últimamente no veo músicos en la calle. Antes era muy frecuente, y muy agradable, encontrarte con un violinista, un guitarrista o un trio de artistas deambulantes que suponían un contrapunto a la frenética actividad de la urbe. No digo que no los haya, sólo digo que no me topo con ellos.

De todas formas teniendo en cuenta que al personal todo le da igual, no me extrañaría que los artistas callejeros se fuesen cansando. A la gente, a la masa, todo le “resbala”, le importa un higo. Bueno, todo no, el fútbol y la ideología sí que importan y mucho. Del resto…

Estos días se ha conmemorado el décimo aniversario de lo que muchos políticos y periodistas califican de rendición de los terroristas asesinos de ETA. Yo lo considero rendición del Estado.

Desde el mismo momento del anuncio del cese de la actividad armada, o sea, del cese de la colocación de bombas, extorsiones, secuestros y asesinatos, la mayoría por la espalda, estuve convencido de que había sido el resultado de una negociación a dos bandas. De un lado, los terroristas y quienes siempre les apoyaron y protegieron; de otro, un partido que había pasado de combatirlos legal e ilegalmente, a situarse en posición de connivencia.

Creí que los acuerdos adoptados entre ellos habían sido impuestos al Gobierno que sucedió al de su artífice. En ningún momento se me pasó por la imaginación que el máximo representante de ese Gobierno hubiera tenido conocimiento de las negociaciones desde antes de haberse celebrado las elecciones que le dieron la mayoría necesaria para encabezarlo.

La responsabilidad política y la acción de gobierno obligan en muchos casos, a una continuidad en la legislación y acuerdos adoptados por los predecesores. En muchos, no en todos, pero además se pueden hacer modificaciones que salvaguarden los intereses de la sociedad y del estado. Que no lo hicieran despertó mis recelos y sospechas, pero me negué a creer que estuvieran involucrados en la negociación. Sé que soy un inocente y un ignorante. Lo sé.

La constatación del conocimiento y por tanto, aprobación de las negociaciones me han causado desazón e ira. Según las opiniones de personas involucradas en la lucha contra ETA, la organización agonizaba y su fin estaba próximo. Ahora, la rama política e ideológica de dicha organización comparte y ejerce gobiernos.

He escuchado a algunos familiares de víctimas abogar por la reconciliación y eso me ha llevado a pensar sobre si quienes vemos mal el pacto y el blanqueamiento de ETA no estaremos equivocados, si no lo estaré yo.

Murieron y fueron heridos civiles, militares y policías. Unos por ser ciudadanos españoles y otros por ser defensores y representantes de la legalidad y el Estado español. Desde el Gobierno se admite que se les humille y deshonre. Pero la mayoría de la sociedad calla y consiente. Las ofensas no van con ellos. No fueron ellos quienes perdieron a su padre o a su hijo. Les trae sin cuidado. Y si además quien debería clamar por la justicia proclama el perdón y la reconciliación, qué mejor cosa que guardar silencio. ¿No?

Curioso país es este en el que las acciones inconstitucionales del Gobierno no conllevan ningún castigo. En el que el incumplimiento de las sentencias judiciales se ve como algo normal. En el que se brinda con asesinos y se castiga a quien murió vistiendo un uniforme que llevaba cosida la enseña nacional.

Ochocientos cincuenta asesinados para conseguir el autogobierno y la segregación de 7.234 km² de terreno que ahora, sin disparar un solo tiro, están cerca de conseguir. ¿Mereció la pena el dolor, la muerte?

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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