La Leyenda Negra. (Parte duodécima). Hispanófobos e hispanobobos. Por José Antonio Marín Ayala

La Leyenda Negra. (Parte duodécima). Hispanófobos e hispanobobos.

“Tenemos que revertir nuestro sino de ser ingenuos y no creernos las falsedades que han vertido contra nosotros los hispanófobos e hispanobobos”

«Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de que España ha sido un desastre. Un verdadero fenómeno paranormal —un misterio por resolver que se basa en datos falsos y sesgados—y para-anormales, ignorantes e ingenuos. Expresiones como “nunca me he sentido español”, “soy apátrida”, “a mí la bandera me la sopla”… no salen (solo) de la boca de separatistas vascos y catalanes, sino de significados exponentes mediáticos y de la llamada “cultura” española. Responde a la obsesión por ir de modernos o “guays”, y sobre todo de que nadie les pueda colgar la etiqueta de “carcundia”».

Este es un fragmento que el historiador español Alberto Gil Ibáñez recoge en su último libro: «La leyenda negra. Historia secreta del odio a España», una disertación que gira en torno a los «hispanófobos» (los que desde fuera alientan la campaña de propaganda de odio contra España) y los «hispanobobos», como acertadamente él los define (los españoles que desde dentro ingenuamente se la creen).

Roca Barea apunta su origen a las formaciones políticas de izquierda hispanas, y dice al respecto:

«Los vínculos de la izquierda española con la francesa son grandísimos. En realidad, la izquierda española viene de allí. El sistema usado por una y otra para conducir la opinión pública es casi idéntico. Consiste básicamente en apropiarse del mundo de la cultura por medio de subvenciones, premios, cargos y otras sinecuras, y controlar los principales medios de comunicación. Es un procedimiento diseñado por Lenin que Willi Münzenberg llevó a la perfección y resulta de una eficacia arrolladora. España es uno de los países más de izquierdas —moralmente— de Europa, porque ser de derechas es socialmente inadmisible».

El escritor español Jesús Laínz, en una ponencia que llevaba por título «El origen de la hispanofobia izquierdista», refería una anécdota que le aconteció en 2004. Se encontró un día en Madrid con que había organizada por la izquierda española una manifestación contra el gobierno. En esos momentos le acompañaba un amigo suyo, un concejal socialista italiano que había venido a visitarlo. Aunque había muchas banderas, solo una española cruzaba el torso, a modo de banda, sobre un muñeco que representaba al presidente Aznar, el cual fue quemado en efigie. Su amigo se sorprendió no solo de la profanación de un emblema nacional en nuestro propio país, sino también de que no hubiese allí más banderas nacionales; le dijo que en Italia son mayoritarias en cualquier manifestación, sea de lo que sea. Seguro que el pobre socialista italiano habría alucinado en colores si hubiera presenciado también los pitos de repulsa al himno nacional en un partido de fútbol, o los escraches a los reyes de España en algún acto social. Cuando Laínz le dijo que la izquierda española abominaba de su propio país su amigo no daba crédito a lo que oía.

Es precisamente la influencia de la Leyenda Negra Española, propiciada por los ilustrados franceses durante el siglo XIX, la que, como diría Julián Juderías, dividirá a la sociedad española en dos: los «contagiados» por ella, encarnados en los liberales; y sus «indignados», los tradicionalistas. Izquierda versus derecha, en definitiva.

El historiador francés Joseph Pérez, en su obra «La Leyenda Negra» afirma que este estigma es una difamación contra España, falsa y de mala fe:

«Al principio de todo está la reacción contra la superioridad española del siglo XVI, que es indudable. Hay una gran admiración por las cosas de España, por la lengua —se habla español en casi toda Europa—, por la literatura, las artes, las ideas religiosas, la moda… Se admira todo lo que viene de España; pero al mismo tiempo la gente, en Italia, Inglaterra, Francia, Países Bajos, Alemania… tiene miedo de lo que se cree, se supone, son las intenciones de España, que quiere dominar a toda Europa».

En una entrevista que le concedieron en 2009, Pérez confesaba que «hay un rechazo que yo comparo a lo que está ocurriendo actualmente en los Estados Unidos. El país que preside el señor Obama también ha provocado una especie de leyenda negra, de rechazo: se admiran las cosas de América —cine, literatura, los modos de vivir…— pero se les reprocha a los norteamericanos su buena conciencia, su arrogancia, su imperialismo, su voluntad o la pretensión que tienen de dominar todo el mundo. En un principio, de la Leyenda Negra está la reacción de rechazo, de temor a lo que se cree que es el imperialismo español. Se supone que España pretendía dominar a Europa y al mundo».

Resulta revelador lo que subyace en la retorcida mente de los gobernantes britanos. En una comunicación privada de Winston Churchill, fechada en 1936, dejaba por escrito lo siguiente:

«Durante cuatrocientos años la política exterior de Inglaterra ha consistido en oponerse a la potencia más fuerte, más agresiva, más dominante del continente y, en particular, evitar que los Países Bajos cayesen en manos de ella (…) Repárese en que la política de Inglaterra no tiene en cuenta qué nación es la que busca la dominación de Europa. La cuestión no reside en si se trata de España, de la Monarquía Francesa, del Imperio germánico o del régimen de Hitler. No tiene nada que ver con gobernantes o naciones; se ocupa únicamente de quién es el tirano potencialmente más fuerte y dominador».

Claro que si uno no supiera por los hechos recogidos en la Historia quiénes han sido durante siglos los verdaderos tiranos, podríamos otorgarles en justa correspondencia la condición de redentores de la humanidad, pero Inglaterra no puede presumir en absoluto de este atributo. Lo que es más razonable es suponer que esa actitud agresiva responde exclusivamente al miedo tan atroz que les infundía un Imperio Español integrador con vocación universal.

Canalejas, Prim, Cánovas del Castillo, Dato, e incluso Carrero Blanco, fueron presidentes españoles capaces que fueron asesinados por la intercesión de las potencias extranjeras, con la aprobación de políticos hispanos y ejecutados por chivos expiatorios de corte anarquista. El miedo perenne a que España vuelva a ser lo que fue en el pasado hace mover los resortes internacionales para impedirlo. Incluso en tiempos recientes se pudo constatar con el atentado contra Aznar por su alianza con Estados Unidos en la guerra de Irak.

Joseph Pérez explica que «España aparece como la nación que se ha resistido a la Reforma por antonomasia. Cuando España perdió la hegemonía en Europa, la acusación de imperialismo ya no podía funcionar. El relevo lo tomaron otras naciones —Inglaterra, Francia…— pero quedan contra España dos ideas que poco a poco van a permanecer hasta el siglo XX: primero, la del progreso, la civilización, las luces… todo ello es fruto de la Reforma; y como España, Italia y Portugal han rechazado la Reforma, estas naciones están por ello mismo condenadas al subdesarrollo, al oscurantismo, a la intolerancia…Y hay también en las naciones del norte, que son protestantes y anglosajonas, otra idea que surge y que va a tener mucho éxito: la superioridad de la raza anglosajona sobre la latina. Estos son los prejuicios que han alimentado la Leyenda Negra hasta bien entrado el siglo XX».

Mientras Francia transitaba en pleno siglo XIX sumando fracaso tras fracaso en su infructuosa búsqueda de un imperio, su acentuado orgullo nacional maquillaba estos desaguisados y todavía quedaba tiempo para echar mierda sobre el extinto imperio español, aun cuando no renunciara a sacar tajada a cuenta de él. Fueron ellos los que hábilmente, aduciendo nuestro origen común como provincias del Imperio Romano, sustituyeron en el lenguaje popular la palabra «Hispanoamérica» por otra en la que, sin tener una mierda que ver con esta agrupación creada por España, ellos, motu proprio, se incluían: «Latinoamérica».

Y es que hay una gran diferencia entre los galos y nosotros. Mientras ellos convierten los fracasos en victorias, nosotros hacemos todo lo contrario. No en vano, el término «chovinista» que caracteriza a la estirpe francesa nació del patriota francés Nicolas Chauvin, un personaje condecorado en las guerras napoleónicas. Este palabro también es conocido coloquialmente como «patrioterismo», la enfermiza creencia narcisista de que lo propio del país o región al que uno pertenece es mejor o superior en cualquier aspecto, denigrando al resto.

Durante el siglo XIX, mientras las potencias occidentales reforzaban sus imperios coloniales, España veía como perdía sus últimas posesiones imperiales. Esto llevó a nuestros intelectuales a justificar el desastroso presente (y el futuro) como consecuencia del infausto pasado que relataba la Leyenda Negra. Francia era también autocrítica, pero su chovinismo la protegía. Italia, Inglaterra y Rusia cosechaban por esta época también grandes fracasos militares, pero su estima nacional se imponía y miraban con optimismo hacia el futuro, a diferencia de España. Y es que lo que nos diferencia del resto de países es que este derrotismo nacional fue deliberante introducido en el debate social de la mano de los que son la fuente de todos nuestros problemas: los políticos. La polarización política española ha hecho que el votante de la izquierda se posicione en favor de la opinión que tenía Azaña de que el pasado de España fue un error. Sin embargo, este pesimista punto de vista del político de izquierdas español contrasta con el francés. Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès, más conocido simplemente como Jean Jaurès, político socialista francés que floreció en 1900, decía que la fuerza del presente francés se sustenta en su pasado, tanto glorioso como desafortunado: la historia de una nación es todo.

Cuando en plena decadencia española militar, cultural y científica del siglo XIX se pone de moda la España folclórica, la cañí, los separatistas catalanes y vascos se ponen de perfil y rechazan pertenecer a ese estado decadente; y la izquierda, tomando por progresista esa tendencia hispanófoba, se identifica con ellos añadiéndoles un martirologio infundado como pueblos oprimidos por España, todo ello en respuesta a las palabras de aliento del comunista ruso León Trotski, ensalzado el nacionalismo catalán y condenando el imperialismo español. (Que la diligencia no es precisamente una de las virtudes de las autoridades europeas lo refleja la «Resolución del Parlamento Europeo de 19 de septiembre de 2019 sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa», en la que casi 75 años más tarde los dirigentes europeos han puesto de relieve la toxicidad del comunismo por ser uno de los responsables, junto al nazismo, de la sangrienta Segunda Guerra Mundial).

A todos estos ingredientes del potaje nacional le quedaba por añadir el poder sazonador de los cominos, que en este caso fue nuestra Guerra Civil Española, a la que se llegó con un gobierno republicano aliado con las tesis rupturistas del nacionalismo catalán y vasco… y ya se sabe todo lo que vino después.

Decía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuando todavía conservaba intacta su cordura, que «la guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido», y eso explicaría muchas de las actitudes políticas y sociales que arrastramos y que vemos todavía en la actualidad.

La España franquista contribuyó si no a alimentar la Leyenda Negra sí a darles razones a los que la promovían. Joseph Pérez es taxativo:

«Sin quererlo, desde luego, y para reaccionar contra las acusaciones que venían del extranjero, Franco tuvo dos ideas: una, la excepcionalidad de España, España es diferente. Y dos, el régimen de Franco dio la impresión de identificarse con la España imperial, con el Reinado de los Reyes Católicos, con Carlos V, con Felipe II, es decir, con los aspectos más discutidos de la Leyenda Negra (… ) Durante el siglo XIX se escribe el relato de la historia de Europa que estudiamos todavía».

La hispanofobia izquierdista, como no podía ser de otra forma, se valió de este estado de cosas: a partir de entonces sentirse español era para ellos ser un franquista, o un facha, en los tiempos de hoy. Ninguna izquierda extranjera de nuestros días identifica a su nación con un régimen determinado de su longeva historia…salvo la española. Paralelamente a la construcción de la identidad nacionalista vasca y catalana, la izquierda se ha dedicado a destruir la nacionalidad española. Es, en palabras de Fernando Savater, «la izquierda lerda» quien le había dado al separatismo la coartada de autenticidad.

Esquerra Republicana viene manifestando su asco visceral a la Fiesta de la Hispanidad, en una singular simbiosis nacionalista con los indígenas americanos supuestamente oprimidos por el Imperio Español (pero por Dios, qué diablos tiene que ver una cosa con la otra).

El líder de Podemos, el español Pablo Iglesias Turrión, ex vicepresidente del Gobierno de España, soltó esta perlita que retrata debidamente al personaje: «Como Franco ganó la guerra, yo no puedo decir España».

Antonio Gala, nuestro escritor español (de izquierdas), se indignaba de que en una votación popular los españoles hubieran incluido a Isabel la Católica entre los diez españoles más relevantes de la historia de España (pensándolo bien, hasta es posible que se disgustara porque no figurara su nombre en ese listado de honor). Consideraba que la reina representaba la unidad religiosa y política de España, la Inquisición y el descubrimiento de América, fuente (según él) de todos los problemas que denuncian los populistas de nuestros días. La autodenigración nacional, a lo que parece, proporciona un inmenso placer al votante de izquierdas.

Se cuenta que Henry Kamen, prestigioso historiador británico poco o nada dado a echar flores a España, se encontraba dando un curso a los imberbes estudiantes del 98 en El Escorial sobre el IV Centenario de la muerte de Felipe II. En un momento de su disertación contempló atónito y con estupor como vertían sobre la figura del «Rey Prudente» las típicas difamaciones emanadas de la Leyenda Negra. Entonces, con una firmeza que le honra, les dijo:

«Es inaudito. Los únicos que se creen todavía a pie juntillas la Leyenda Negra son ustedes, los universitarios españoles. Me abochornan ustedes».

El historiador Joseph Pérez cuenta que mientras ese año del centenario de Felipe II se rendía honor a su figura en el Parlamento inglés, pues no en vano había sido rey de Inglaterra cuando se casó con María Tudor, en España, los intelectuales de izquierdas censuraban el libro «Felipe II: La biografía definitiva», una obra escrita por el historiador británico Geoffrey Parker, uno de los más destacados de su generación y de los mayores conocedores de la España de los siglos XVI y XVII. Parker pinta un retrato exacto e íntimo del individuo que tuvo un papel primordial en la formación del mundo moderno.

Ahora resulta que cuando un afroamericano muere a manos de un agente de policía allá en ultramar (fenómeno por lo demás frecuente que viene sucediendo desde que se creó aquel país), los manipuladores de allí ponen sus resortes racistas en marcha y nos echan la culpa a nosotros valiéndose de la Leyenda Negra Española. Y a renglón seguido, aquí, un oportunista como Pablo Iglesias, que no deja pasar una, decide contribuir al clima de crispación manifestando su contrariedad por las estatuas erigidas en memoria del descubridor Cristóbal Colón diseminadas por el mundo. Un ex diputado estatal de California, con bastante más seso que este tipo, el republicano Roger Niello dijo: «Parece ser que a partir de ahora, si no nos gusta nuestra historia, simplemente la borramos».

El complejo de inferioridad y la ingenuidad van de la mano en el español y queda reflejado en cosas tan surrealistas como la pleitesía y el arrobo que dedicamos a una niña adolescente con síndrome de Asperger, la tal «Greta Tumbos». La izquierda española hizo todo lo posible para que pudiera estar a toda costa junto a científicos venidos de todo el orbe en la Cumbre del Cambio Climático para así iluminar con sus pueriles razonamientos nórdicos nuestras obtusas mentes del sur.

Otro que no deja de tocar la pandereta es el mono rechoncho que mal dirige Venezuela, que desde que nuestro Rey Emérito cortara en seco a su admirado antecesor con la acertada reprobación de «¿por qué no te callas?», no ha hecho más que dar por el saco al gobierno de España (bueno, al de derechas, con el de izquierda parece que hace muy buenas migas), sacando cada dos por tres versículos de la Leyenda Negra Española, que es la moneda de cambio preferida que ofrece a sus seguidores. Hace recientes fechas hemos sabido que este narcocomunista financió a la formación política Movimiento 5 Estrellas de Grecia. En España son ya de sobra conocidas sus raíces con el galapagariense dirigente comunista español. Como diría mi abuela: ¡Qué bonico está eso, nene, gastándote los dineros en echar mierda al mundo, y los tuyos muriéndose de hambre! Y además, todo apunta a que saca la pasta a espuertas del país en provecho propio en forma de lingotes de oro en tandas de cuarenta maletas, aprovechando la cuarentena, claro, hacia Turquía con escala, para estirar las piernas, y entrevista al más alto nivel hispano en Barajas.

Otro de los tópicos de la Leyenda Negra, que con tanta gracia abandera la izquierda y que tantos disgustos nos está dando con esta pandemia, es el machismo español (ya sabe eso tan progre de que el machismo mata más que el coronavirus). Dice Ibáñez que, en efecto, no puede negarse que España haya sido machista, pero sí que lo haya sido más que otros, como defiende el relato hispanófobo:

«Todo empieza con una ópera, “Carmen”, de un compositor, cómo no…, francés, Bizet [Fue tal el fracaso en el estreno que el galo no lo pudo soportar y la palmó], curiosamente la ópera francesa más famosa y más representada de la historia, con lo que la imagen de España que allí aparece ha sido “apreciada” por cientos de miles de personas “influyentes” desde que se estrenó en 1875 (…) Y sin embargo, pocos recuerdan que la mujer más poderosa de la Historia ha sido española (Isabel I); o que Beatriz Galindo enseñaba latín a la reina; o que Lucía de Medrano enseñaba clásicos en Salamanca; o que Francisca de Lebrija desempeñaba la cátedra de retórica en la Universidad de Alcalá; o que una monja de provincias llamada Teresa, doctora de la Iglesia, se convertía en la primera (y única) mujer de la historia que creaba ¡una orden de hombres, y además en pleno siglo XVI, la de los carmelitas descalzos! [Por poner solo un ejemplo más baste mencionar a Isabel Barreto de Castro, una navegante española que floreció en el siglo XVI considerada la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en la historia de la navegación] Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar ejemplos semejantes en otras naciones, con imagen pretendidamente más moderna de Europa.

Y en España la mujer no ha perdido nunca su apellido cuando se casa (incluso durante el franquismo), cosa que sigue sucediendo hoy sin ir más lejos en las muy modernas Francia, Gran Bretaña, Islandia, Estados Unidos o Alemania. En estos países las mujeres se ven forzadas a cambiar su dirección de correo electrónico cuando contraen matrimonio, lo que causa gran trastorno en algunas empresas multinacionales. E incluso durante el comunismo, Rusia no eliminó la tradición de que se formara el apellido familiar a partir del nombre del padre. Pero nada, que los más machistas somos nosotros».

Preguntado por cuál podría ser ese proyecto de éxito colectivo que podría volver a unirnos como nación en un mundo en llamas por el auge del populismo, Ibáñez nos da sus recetas:

«Intentaré resumir algunos elementos: debe prestarse mayor atención a la buena selección de los dirigentes, huyendo de los halagadores, malos asesores y validos sin sentido de Estado (Godoy) o corruptos (el duque de Lerma fue el primer corrupto de España); deben funcionar los principios de “mérito y capacidad” en todos los niveles, consiguiendo que triunfen los mejores, y no los más mediocres o los más jetas; la educación debe recoger los ejemplos de nuestros grandes hombres y mujeres, nuestros héroes y heroínas (las “vidas ejemplares”), los referentes de lo mejor de nuestro pasado y presente, y aprender de ellos. Y una última lección, tal vez la más importante: cuando estamos divididos y peleamos entre nosotros, otros se aprovechan de nuestra debilidad y salimos perdiendo todos: la batalla de Guadalete, en el 711, la ganaron los árabes, además de por la traición de algunos nobles, porque don Rodrigo estaba en el norte ocupado sofocando una rebelión de los vascones; cuando Cataluña se rebela en 1640 contra España el resultado final es que perdimos (y perdió Cataluña) el Rosellón y la Cerdaña a manos de los franceses.

Por el contrario, cuando al esfuerzo y mérito individual unimos el trabajo colectivo en equipo hemos demostrado que podemos ser una vez más imparables, no solo en el deporte. Para redondear esta ecuación nos falta añadir un elemento: un nuevo patriotismo sano, transversal, cívico e integrador donde con toda naturalidad un hombre o una mujer, un ateo, homosexual, comunista o federalista pueda sentirse tan patriota español como un católico, padre/madre de familia numerosa, de derechas o centralista. ¿Por qué? Porque es lo que nos hace más fuertes, lo que garantiza nuestra cohesión social y el progreso económico, y lo que sucede en todos los demás países. Por algo será. Seamos ingeniosos en lugar de ingenuos».

El Caballero de la Triste Figura no era en realidad ingenioso, en todo caso lo era Sancho Panza, que era el cuerdo de los dos. Don Quijote, que es a fin de cuentas quien mejor representa el espíritu español, era un ingenuo por creer que los molinos de viento eran gigantes y un rebaño de ovejas un ejército. Tenemos que revertir nuestro sino de ser ingenuos y no creernos las falsedades que han vertido contra nosotros nuestros enemigos, los verdaderos «curiosos impertinentes» de la novela de Cervantes.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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