La política, la economía y la cultura de otra forma. Por Amando de Miguel

La política, la economía y la cultura de otra forma.

La política de otra forma

La mayor parte de los españoles estamos muy descontentos con el funcionamiento de nuestro sistema político. Se impone una serie de reformas necesarias para alcanzar la situación de una democracia plena, recortando las veleidades autoritarias que, ahora, nos dominan. No se trata de plantear sueños utópicos, sino cambios de sentido común que puedan ser aceptados por distintas ideologías. No se trata de propuestas de la izquierda o de la derecha, sino de posibilidades que podrían ser asumidas por el conjunto de los contribuyentes. Puede, incluso, que tuvieran que ser llevadas a cabo por una especie de Gobierno de emergencia nacional, en el supuesto de que siguiera aumentando el descontento de la población.

En principio, no haría falta alterar el texto constitucional de 1978, por mucho que arrastre herencias no deseadas. Empero, si hubiera que refrendar una nueva Constitución, manos a la obra.

No somos una democracia bipartidista (como el Reino Unido o los Estados Unidos de América), ni nunca lo seremos. Por tanto, habrá que desechar esa imitación inútil de hablar del “principal partido de la oposición” o del “líder de la oposición”. Esto es así, más que nada, porque el Gobierno bien puede resultar de una alianza de varios partidos. El número de escaños en el Parlamento determina qué partido debe gobernar. Todos los demás constituyen la oposición sin primacías.

Urge cambiar el sistema de representación política. Deberán ser partidos legales, solo, los que se propongan representar al conjunto de la nación española. Los de índole regional o local pasarán a constituir, lo que son, realmente: grupos políticos de interés. Desde luego, todos los partidos y otros grupos políticos o sindicales deberán vivir, exclusivamente, de las cuotas y donaciones de su afiliados o simpatizantes. Por tanto, se deben suprimir las subvenciones públicas a esos entes y se aconseja una drástica limitación de los gastos electorales o similares (vehículos oficiales, sedes, propaganda, etc.).

No estaría mal un Parlamento con una sola Cámara, el Congreso de los Diputados. Además, sería bueno reducir el número de parlamentarios, por ejemplo, a unos doscientos. Ya, de paso, parece conveniente que las elecciones generales se celebren cada cuatro años, en una fecha determinada. No estaría mal que el Gobierno lo fuera para un máximo de dos legislaturas.

Más que los anteriores detalles organizativos, interesa que la dirección de la política adopte ciertos usos de espíritu democrático. Por ejemplo, debe condenarse cualquier desviación del poder hacia el engaño sistemático y el consiguiente abuso de la propaganda. No digamos la vergüenza de esa constante de los casos de corrupción en todos los Gobiernos de la Transición democrática. Los nuevos gobernantes estarán prestos a reconocer sus posibles errores para disponerse a su corrección. Ser impone, pues, un nuevo estilo de gobernar.

En el plano de la organización política general, habría que empezar por una notable reducción en el número de municipios. Actualmente, hay algo más de ocho mil, casi los mismos que hace un siglo. Bastaría con que se diseñaran unos 500. El municipio, junto a la provincia, debería ser la unidad administrativa básica. Sería el sustituto del actual sistema autonómico, que ha resultado un derroche y un fracaso, empezando por ser el lugar más frecuente para la corrupción.

El Estado debería desprenderse del control directo de los medios de comunicación: RTVE, televisiones regionales, Agencia Efe. Habría que añadir la acción de minorar el control indirecto sobre los medios privados de mayor capital. Son herencias nefastas del régimen anterior. Otra lamentable tradición es la supervivencia de los agentes sociales en su función sustitutiva del Parlamento, con subvenciones y privilegios, que hoy resultan improcedentes. No dejan de ser un curioso mimetismo de los “sindicatos verticales” del fraqnuismo. Hay algunas leyes ominosas que deberían ser derogadas; por ejemplo, la de memoria democrática por mal nombre.

Sería conveniente que, como símbolo, se redujeran a un mínimo los vehículos oficiales. No parece conveniente que el presidente del Gobierno resida en el palacio de la Moncloa. Es más propio que siga viviendo en su domicilio particular.

Lo más difícil y urgente es acabar con el tono autoritario del ejercicio de la política. Un ejemplo mínimo: son insoportables las conferencias de prensa en las que los periodistas no pueden preguntar y repreguntar. En esto como en todo, vale más el autocontrol de los partidos políticos, su dimensión ética, que los reglamentos. Lo pertinente es la calidad del personal político al frente del Gobierno, actualmente, bastante detestable.

 

La economía de otra forma

 

Comprendo que no me considero competente para precisar las posibles reformas que requiere el adelanto de nuestra economía, la de los españoles. Son cuestiones técnicas, pero, antes, deben contar con un planteamiento de ideas generales. Me fijo en los aspectos económicos de la política nacional, a salvo de la determinación que puedan dar, después, las empresas y los consumidores.

Por primera vez en nuestra historia, disponemos los españoles de un presidente del Gobierno doctor en Economía. La verdad, no se nota mucho tal calificación. Antes bien, la orientación económica de este Gobierno es bastante errática o, simplemente, mimética de lo que nos viene dado de la Unión Europea. Por cierto, los famosos “fondos europeos”, que nos llegan, ahora, como una especie de regalo, son, realmente, un medio para favorecer a las empresas foráneas que operan en nuestro territorio. Precisamente, es esa dependencia del exterior el fallo más ostensible de nuestra estructura económica. No se corresponde con el peso del producto económico español en el convierto de la Unión Europea. El hecho es que el made in Spain significa poca cosa.

Se impone la progresiva reducción de la centralidad de la industria turística como la clave del arco económico español. Hay muchos países en el mundo con mayores facilidades para atraer turistas extranjeros. Es más, ha llegado un punto en el que la población española pasará a importar turismo (españoles como turistas en otros países). En lugar del turismo exterior, la economía española debe descansar en la producción de muchos otros servicios, por ejemplo, el comercio internacional. Sin ir más lejos, Algeciras debería llegar a ser un gran puerto europeo. La reforma turística tendría que completarse con el fomento del turismo interior y la ampliación y mejora de la red de parques nacionales.

Es la hora de superar la dependencia la fabril. Significa la producción de vehículos y otros medios de capital con marcas extranjeras, que es lo que ahora domina. Naturalmente, el cambio de modelo pasa por un enorme incremento en la inversión educativa y científica.

No todo es innovar. Basta, pongo por caso, con reivindicar el viejo Ministerio de Fomento para acometer nuevas obras públicas. Se requiere la instalación de unas docenas de centrales nucleares de última generación y el desarrollo de la energía del hidrógeno.

Aunque parezca una contradicción, los renovados objetivos económicos pasan por una tajante reducción de la burocracia pública poco efectiva y la consiguiente bajada de los impuestos. Se deben incrementar, solo, los que gravan las loterías, apuestas, tabaco y alcohol; auténticos bienes de lujo. Habría que copiar el modelo irlandés de menos impuestos a las empresas y más a los individuos, excepto en el caso de las herencias y donaciones familiares. Sería de desear el fin de los privilegios fiscales de Navarra y el País Vasco.

En el capítulo de la vivienda y el transporte individual, convendría pasar a una reducción de los sistemas de propiedad para alentar el alquiler.

En todos los aspectos de la política económica habría que primar la cooperación estrecha con Portugal y con los países iberoamericanos.

Un capítulo esencial es el impulso de la inmigración extranjera organizada, singularmente, la procedente de los países hispanoamericanos. Debe sustituir a la actual recepción masiva de los inmigrantes ilegales, un hecho que es un verdadero dislate.

El secreto de las medidas económicas está en la buena organización del sistema educativo, ahora, tan lamentable. Lo cual requiere un tratamiento más pausado.

 

La cultura de otra forma

 

Las reformas culturales son muy sencillas: basta desarrollar lo que han dejado de hacer los últimos Gobiernos españoles. Para empezar, habría que empezar, subsumiendo en uno los dispersos departamentos ministeriales de Educación, Universidades, Ciencia y Cultura. Debe haber una dirección nacional de todas esas materias. Ni qué decir tiene, que, al frente del nuevo ministerio, se agradece la presencia de personas, realmente, capacitadas y con prestigio.

Una base imprescindible es que la enseñanza obligatoria se imparta en castellano en toda España. Lo cual es compatible con la existencia de centros privados en otras lenguas; fundamentalmente, las otras europeas, chino, árabe y las lenguas regionales españolas. Debe alentarse el funcionamiento de centros de excelencia en el grado de la enseñanza obligatoria, con exámenes de ingreso más exigentes para profesores y alumnos.

El número de universidades en España parece excesivo. Alrededor de media docena de ellas deben dotarse de medios para que puedan compararse con las mejores universidades extranjeras. Por ejemplo, deben contar con institutos de investigación y cursos de postgrado. En ellos, se puede exigir el inglés como lengua usual de trabajo. Se impone la necesidad de fortalecer las distintas áreas lingüísticas de conocimiento avanzado, abarcando varias materias. La nueva organización universitaria tendría que superar, como modelo, la estructura del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que, a veces, parece como si no fuera ninguna de las cuatro cosas.

Sea cual fuere la organización de los centros de enseñanza, la condición común es una mayor exigencia de esfuerzo y dedicación por parte de profesores, investigadores y alumnos.

Una buena política cultural sería la que se impusiera el objetivo de cooperar, mucho más que en el pasado, con los centros educativos y las instituciones culturales de Iberoamérica. El modelo podría ser el de la relación de la Real Academia Española y las correspondientes instituciones lingüísticas de los países de habla española. En ese concepto, se debe incluir el conjunto de los hispanos de los Estados Unidos de América.

Aunque la organización de la enseñanza y la cultura sea de alcance nacional, sería conveniente descansar en la acción de las responsabilidades municipales. (No se olvide que me refiero a grandes municipios reconstituidos). Por ejemplo, deben instalarse museos de la ciencia, al menos, en un centenar de localidades. Tales instalaciones deben funcionar en estrecha colaboración con los centros de enseñanza obligatoria.

La organización de los cometidos expuestos se propone fomentar, mucho más que en el pasado, la estadía de los estudiantes en las grandes universidades extranjeras y centros de investigación adyacentes. Al tiempo, deben contratarse numerosos profesores e investigadores extranjeros, que puedan dar cursos o equivalentes en inglés.

La promoción de la cultura debe fomentar, por todos los medios, la producción audiovisual, el estímulo a todas las formas de expresión artística de calidad.

Se requiere una acción más decidida para conectar las actividades educativas y científicas con el grueso de la economía. Debe quedar claro el objetivo nacional de exportar cultura en su más amplio sentido. La condición es que hay que producirla, más o menos, como cualquier otro rubro empresarial. No se piense, solo, en el aspecto particular de la tecnología. Las etiquetas de ciencia o cultura incluyen las humanidades, las ciencias sociales y las materias artísticas.

La libertad es la condición inexcusable en cualquier actividad profesional, pero, no está de más que se insista, especialmente, en el espacio de la cultura. Su organización pública, aunque compatible con los centros privados, debe ser ajena a cualquier tipo de censura política, por desgracia, tan común en nuestras tradiciones.

 

© Amando de Miguel para Libertad Digital, 7 de febrero, 2022.

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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