Sí hubo precedente. Por Antonio De la Torre

Sí hubo precedente. Ilustración de Tuno

«Sí hubo precedente. Entre Junio y Octubre de 2016, hubo otro enorme batacazo y la casi desintegración de un partido político, en este caso del PSOE»

 

Entre lo mucho que se ha venido diciendo por no pocos medios de “manipulación masiva”, apelativo que se ganaron sobradamente, ha sido que “lo ocurrido en estos días en el Partido Popular, no ha tenido precedente en la política española”. Pero ahora veremos que, sin remontarnos demasiado en el tiempo, sí que ha habido precedentes, aunque, como es lógico, los matices y sus circunstancias puedan diferir. Ya saben mis lectores que no es la primera vez que digo, y no dejan de “acreditarse” para repetirlo, que “si hay una profesión en la que la mediocridad alcanza un nivel supino, además de la política, es el periodismo”, ese que amerita en su mayoría tildarse hoy como “periolismo”, dada su mayoritaria “inclinación” a esa ideología proteccionista. Y a ella –y a alguna otra, representada por otros medios menores, no menos manipuladores– le interesa precisamente que el PP sea el peor de los peores, en buena parte por sus propios deméritos. Y tras lo ocurrido la semana pasada, pudimos comprobar que, tras cuatro generaciones, se bastan ellos solos para despeñarse. A ver si “no hay quinto malo”, como reza el refrán del mundo taurino.

Pero vamos al grano de lo que indicaba en el título, y por partes, aunque sin entrar en detalles. Los que ya tenemos una edad y vivimos la famosa Transición, recordaremos la desintegración de aquella Unión de Centro Democrático (UCD) que la lideró, entre 1977 y 1979, desde la amalgama de ideologías y partidos, difícilmente miscibles, como se vio en poco tiempo. De hecho, los 168 escaños que tuvo en 1979, pasaron a 13 en 1982, 11 de la todavía UCD y 2 del Centro Democrático Social (CDS) escindido del primero por Adolfo Suárez, después de dimitir como Presidente del Gobierno el 29 de Enero de 1981 –cuyo discurso de despedida rescataba para su editorial de ayer Carlos Herrera–, semanas antes del golpe de Estado del 23 de Febrero, del que ayer se conmemoraba el cuadragésimo primer aniversario –el 41º para víctimas de la LOGSE y posteriores–. Difícil de olvidar aquel grito del Tte. Coronel Antonio Tejero: “Al suelo todo el mundo”, seguido de disparos al techo, por los que lo escuchamos en directo por la radio. Lo de la UCD sí fue una desintegración, en la que se dio la circunstancia de que el propio Presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, cuya investidura se decidía cuando la Guardia Civil irrumpió en el hemiciclo –entonces no había empezado todavía su degeneración al ‘hemicirco’ actual–, ni siquiera revalidó su escaño y pasó del Palacio de la Moncloa a su casa. El actual, tal vez debería tener una etapa intermedia en ese trayecto, el banquillo.

Sin irnos tan lejos en el tiempo, como decía al principio, entre Junio y Octubre de 2016, hubo otro enorme batacazo y la casi desintegración de un partido político, en este caso del PSOE. Recordaremos que la impostura del ya aventajado clon de José Luis Rodríguez, un tal Pedro Sánchez, obligó a la creación de una gestora tras su expulsión de la secretaría general. Por dos veces, Diciembre de 2015 y Junio siguiente, rompió el que parecía imbatible –por abajo– suelo electoral socialista, que el “joven” Alfredo Pérez Rubalcaba había situado en 110 escaños –más los 11 del PSC– en Noviembre de 2011, para dejarlo en 90 y 85, respectivamente. Parece que, con esto del PP, esos medios en su mayoría socialistas, padecieran una especie de “Alzheimer informativo” y hubieran perdido la memoria a corto plazo cuando tildan de sin precedentes lo que ahora nos ofrecen desde Génova 13. Hago un pequeño inciso para recordar los dos grandes errores que se produjeron entonces y que sin duda traen causa en la situación actual. En el PP y en España como consecuencia de las dos. Primero, el de Mariano Rajoy, que no se atrevió a llamar una tercera vez a las urnas –alguno se lo pedimos– y que dada su tendencia creciente, seguramente habría conseguido un incremento suficiente para una cierta estabilidad. Había pasado del batacazo de 123 a unos esperanzadores 137 escaños, mientras el PSOE seguía cayendo y Ciudadanos también, ya que pasó de 40 a 32, y VOX seguía hundiéndose, con sus escasos 47.000 votos en toda España, bajando un 20% en seis meses, desde los 57.000 anteriores y un 80% en dos años, desde los históricos 245.000 de las europeas de Mayo de 2014, en el desierto al que lo llevó Santiago Abascal.

En segundo lugar, el de la gestora del PSOE, que después de haber cogido al que poco después sería el doctor Plagio cum Fraude haciendo trampas en la trastienda para perpetuarse, se limitó a cesarlo. Primero, aquella gestora provisional de la “media Verónica Pérez” andaluza –media por su tamaño y porque se quedó en amago–, que dio paso a la que presidió el asturiano Javier Fernández, que no aguantó lo suficiente y no remataron la faena. En lugar de echar del partido al trilero Sánchez, se limitaron a echarlo de la secretaría general, lo que le permitió volver y, sorprendentemente, hacerse de nuevo con las riendas, en Julio de 2017. A partir de eso, un año después, llegó la moción de censura sustentada en una “morcilla” jurídica, que abrió la rampa del desastre que ya conocemos.

Huelga decir que de no haberse producido el primero, el PSOE, descabezado dos meses antes y sin tiempo para reaccionar, sabe Dios hasta dónde hubiera caído. Y, de no haber ocurrido el segundo, después de la gestora, los de Ferraz habrían tardado bastante más en remontar o, con “la sultana andaluza” Susana Díaz, habrían llegado a poco y, de rebote, no se habría producido la metamorfosis en bolso y las primarias que elevaron al primer plano político a Pablo Casado. Ya sé que se me dirá que llorar sobre la leche derramada no conduce a nada, salvo a la melancolía, pero puede ayudar a recapacitar sobre el pasado para no volver a las andadas. Lo cierto es que todo lo dicho y tres años largos de despropósitos, ambiciones personales de unos y otros, falta de sentido de Estado, de todos, oportunismo de algunos, traiciones al electorado de otros, etc., etc., nos han traído al escenario actual un auténtico esperpento que ya veremos cómo acaba.

Y, querido Pablo Casado, para llegar al destino al que llegaste ayer por la mañana, refrendado por tus 17 barones por la tarde –hasta el murciano parece que al final se resignó a dejar de ser el palmero de su paisano–, no hacían falta unas alforjas llenas de escándalos durante una semana. Esto ha agrandado el daño que ya arrastra tu partido desde 2014 que, con altibajos, no ha dado una a derechas –nunca mejor dicho ante la ausencia de la batalla de las ideas que seguimos esperando– y que, pese a todo, el desastre del socialcomunismo que padecemos ha permitido que se mantuviera como una posible alternativa. Como decía también al principio, desde Don Manuel Fraga –tal vez haya sido otro error que no liderara él la Transición–, que con su Alianza Popular comenzó el despegue más o menos unificado del centro derecha, pero que en su etapa final despertó la vena nacionalista gallega, hoy demasiado crecida, cada etapa del PP fue dejando más decepciones que alegrías. Siguió José Mª Aznar que, desde su “catalán en la intimidad” y Herodes por un día en aquellos Pactos del Majestic, sacrificó la cabeza de Alejo Vidal-Quadras por un puñado de votos, con lo que empezó la caída en Cataluña y no abordó las reformas que España necesitaba después de la larga etapa de Felipe González, lo que permitió a Zapatero continuar por dónde aquel lo dejó. Llegó Mariano Rajoy, más por deméritos del anterior que por méritos propios, con una mayoría holgada y la desaprovechó lastimosamente por seguir creyendo que la política era sólo la economía y las relaciones exteriores, propiciando lo que antes he dicho y que el clon zapaterino continuara, cada vez más deprisa, lo que su antecesor socialista no había completado. Continuó, por las razones antes dichas, Pablo Casado, que demostró una vez más el infalible Principio de Peter: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”, fundamento de lo que su autor, el Dr. Laurence J. Peter, definió como la nueva ciencia de la Jerarquiología. Y no otra cosa que jerarquías son los partidos políticos y, aún más si cabe, sus organizaciones “juveniles”, como es el caso de las Nuevas Generaciones del PP, semillero de jóvenes y no tan jóvenes que no han hecho otra cosa en su vida que circular por el camino que los lleva, más pronto que tarde a su nivel de incompetencia. Y si el más listo de la serie, en lugar de reflexionar sobre la posibilidad de que haya llegado a ese nivel e intentar paliarlo rodeándose de los mejores, se rodea de otros pipiolos que han llegado a sus niveles de incompetencia, inferiores, tenemos el pleno de Peter y lo que hemos visto desde el jueves con, estos sí, hechos sin precedentes, concentraciones desde ese día de grupos cada vez más numerosos ante la sede principal del partido, pidiendo la dimisión de los responsables del desaguisado político. Y así hasta la que se produjo el domingo, en la que no menos de 10.000 personas, pedían lo mismo a voz en grito, al tiempo que vitoreaban a la que, por su denuncia del juego sucio, presuntamente dirigido por alguien de esa ejecutiva, se quería defenestrar.

El resultado ya se conoce, dimisiones y bajas del partido y un “sálvese quien pueda” ante lo que pueda venir, a la vez que una numantina –por lo pertinaz, no por lo ética- resistencia a dejar los cargos y la agónica y lastimosa petición de una “salida digna”. Ya veremos con qué se nos sorprende al respecto, cuando lo único digno era haber tomado alguna decisión el mismo jueves y la de irse inmediatamente después de las indignas afirmaciones vertidas en la COPE en la mañana del viernes, prueba irrefutable de haber alcanzado el citado Principio de Peter y de algo más que prefiero omitir.

En resumen, se abre una nueva etapa, la quinta, en principio de carácter provisional hasta la celebración del Congreso Extraordinario dentro de un mes, aproximadamente, que parece que va a dirigir por aclamación el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, con dos cuestiones que ya veremos de qué manera influyen. La primera, la no menos aclamación por las bases de Madrid y de no poca parte de españoles a Isabel Díaz Ayuso, que en una encuesta que hacía el martes El Cascabel de TRECE TV sobre el candidato deseado del PP en unas próximas elecciones generales, obtenía un 59% de seguimiento, frente al 34% para el gallego. La segunda, la “promesa” ayer, en el Congreso, del “presimiente” Pinocho Sánchez: “Les aseguro que no habrá un adelanto electoral”, razón suficiente para dudar de que no sea ese el objetivo si consigue mejorar un poco su imagen, que puede coger con el pie cambiado a la comisión organizadora del citado Congreso Extraordinario. De convocarse, podría forzar a que la única que pueda doblarle el puso a Mr. Falconeti sea la que ya se lo viene doblando desde hace casi dos años. Seguiremos atentos a los acontecimientos.

Antonio de la Torre

Aficionado a la política, decepcionado con mi corta experiencia en ese mundo, y preocupado con la situación de "España, S. A.". Modesto tertuliano y articulista de opinión. Comparto inquietudes y propuestas, tratando de ayudar a crear opinión para mejorar el pervertido sistema político que nos ningunea.

Artículos recomendados

Deja un comentario