
«Ante las malas circunstacias que hoy asolan nuestra existencia, puede que nos sobre indignación y nos falte algo de coraje»
Como un “mantra” deambula sin frenos el lamento y la contrariedad por las malas circunstancias que hoy asolan nuestra existencia. Algunas de ellas son crueles y de singular injusticia, como lo es la invasión y devastación de Ucrania a manos de un sátrapa. Un país de nuestra propia casa, aunque con identidad, historia y tradición distintas.
Donde hay exceso de retórica, hay, puede, un déficit de práctica. No por insistir en la queja de las consecuencias que nos acosan, su origen camina más rápido hacia la extinción, ni siquiera en su tratamiento. Puede que, aunque sea razonable, nos sobre indignación y nos falte algo de coraje.
Porque quienes constituyen el cúmulo de administrados, la gente común, no tiene más herramienta que su indelegable decisión en las urnas, su voto. Pero quienes, además, en su responsabilidad libremente aceptada, manejan los resortes de las decisiones que afectan al interés general, no pueden ni deben hacer uso frenético de esa indignación si no va a acompañada de la acción que le facultan sus prerrogativas de poder. Sea de gobierno, sea de oposición.
Siempre se supo que el ejercicio de la política cuando no hay realmente sentido de estado real en los momentos de mayor precariedad, es complejo. En el mejor de los casos, se ajustan algunos acuerdos generales, no sin cierto arrojo y valentía, pero por lo general, la fuerza de la necesaria unanimidad se pierde por intereses parciales, egoístas, perentorios y a corto plazo.
La causa de ello, puede, estar en la demasiada dependencia de las urnas para tantos políticos de profesión, que no de vocación. Una vez llegados al cargo (ni mucho menos todos por eso que generalizar es injusto), cuenta más el mantenimiento o el avance en la posición, que en paliar la situación que afecta a quienes deben servir, no a sí mismos.
Mientras, por un lado, la injusta y terrible invasión en Ucrania y por otro (aunque ya unidos ambos espectros), la muerte, destrucción y desarraigo cunden; los precios suben en lo básico, las oportunidades de la juventud se ensombrecen y la pobreza aumenta.
Decía San Agustín que “La esperanza tienen dos hermosos hijos: la indignación y el coraje. La indignación por la realidad de las cosas y el coraje de cambiarlas”. Pues eso. Es solo una opinión.
