Inflación, sobre todo, política. Por Antonio Ramírez

Inflación, sobre todo, política.

«En la inflación económica el dinero va perdiendo su valor, en la inflación política aumenta el descreimiento hacia los valores del servicio público»

Traído y llevado el término inflación por lo que supone, singularmente, el asalto a los bolsillos de quienes viven justos, sin poder distinguir el horizonte de “fin de mes”, esta, la inflación es, sobre todo, política.

Inflación porque padecemos un incremento excesivo de mentes huecas que, alojadas en cabezas de dislocado derrotero, no persiguen más que el bien primario, perentorio y particular de sostener sus propias prerrogativas o alcanzarlas en su caso. Y, además, es esta una especie que sorprendentemente se aclimata y reproduce en todo hábitat, sea local, autonómico o estatal. Es una especie invasora de tal poder, que no tiene competencia.

Soportamos un rampante desequilibrio entre la producción y la oferta. La producción de políticos huecos en demasía y la oferta de otros, y de gran valor, moral, actitud y aptitud, que no siendo pequeña, queda solapada por una tendencia de mal proceder. Y es curioso, porque no son pocos quienes contemplan y actúan en consecuencia en el ejercicio de la política noble. Pero, como los periquitos (esas aves que todo lo arrasan) el ruido y las decisiones vienen de la mano de los otros, quienes construyen desde la destrucción.

Pudiendo ser así, si en la inflación económica el dinero va perdiendo su valor para adquirir lo necesario y vivir así dignamente, en la inflación política, aumenta el descreimiento hacia los valores que dan cuerpo al servicio público; el atender a los demás, hasta el día de hoy se piensa que es la verdadera razón de ser de él, de ese servicio.

Servirse a sí mismo nunca ha tenido tanta afluencia. Disfrazar la proclama del bien general jamás tuvo tantas posibilidades de vestimenta. Hoy, más que nunca, se pueden cambiar principios, valores e ideas, de un día para otro, según lleve la marea del interés puntual. Tanto podría ser así que más allá del miedo inducido e interesado, en muchos casos, hacia las opciones políticas de los extremos, una buena parte del posible electorado ha perdido el miedo hacia ellas y, incluso, las apoyan. Si algo ha conseguido tanto transformismo político es en acentuar la inteligencia de la mayoría de los votantes, a quienes las milongas de ocasión y su reverso, según el día, ya no condicionan.

Siempre habrá en España, en todo hábitat, gente de bien, que priorice, a la hora de pretender participar, la vocación a la profesión en la lid política, siempre, pero hay algo, y sumamente importante, deteriorado: la responsabilidad y la capacidad de alcanzar acuerdos pensando en la gente, por encima del reparto de tronos.

Se quiere achacar, en grado alto, lo que ocurre a la fragmentación del arco partidario, pero es realmente esa inflación política la que lleva a un estado, nada pequeño, de tumefacción. Cuesta trabajo pensar que todo lo malo que nos ocurre venga de intangibles externos y no, al menos en parte, de esa comedia bufa que señorea en tantos momentos por la vida pública patria.

Antonio Ramirez Velez

Indígena melillense con varias decenas de años a mis espaldas. Periodista de profesión y dedicación institucional desde hace muchos años en lla Ciudad Autónoma de Melilla, anterior Ayuntamiento, con una paso también en la Administración del Estado, Delegación del Gobierno. Responsable en diversas legislaturas de gabinetes de prensa y relaciones institucionales, comencé a entender, hace tiempo ya, que el poder es un mar de ambiciones y conjuras permanentes y por ello la verdad, cuando sobrevive, vale su precio en oro. Mi paso por medios de comunicación, tanto públicos, como privados, me enseñó de la gran asignatura pendiente que tienen, aún, generaciones de periodistas sobre la consideración de su profesión y la dignificación de la misma.

Lector aplicado, que intento ser, concibo a los libros como uno de los últimos reductos de la libertad de pensamiento, generadores de opinión y salvaguarda, por ello, de la voluntad. Lo único que no nos puede ser arrebatado (Víktor Frankl).

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