(II) La cochina envidia. Por Amando de Miguel

La cochina envidia. En imagen el escritor Fernando Díaz Plaja

“La envidia se destaca más en ciertos ambientes profesionales muy competitivos: artistas, escritores, profesores, deportistas, políticos, etc.”

Los pecados capitales clásicos se basan en una pasión, un deseo placentero, por mucho que, también, pueda acarrear daños. Empero, uno de esos pecados, la envidia, no tiene nada de eso; solo, provoca desazón, malestar, reconcomio. Suele caracterizarse por el resentimiento, el típico “quiero y no puedo”. No obstante, estamos ante una de las pasiones más comunes en la vida de muchas personas. Lo malo es que no suelen reconocerla. No se explica bien la resistencia general a ocultar el resentimiento, cuando y tan humano parece.

La envidia se desprende de una intensa relación entre dos personas próximas. El arquetipo clásico es la de los hermanos Caín y Abel. Se trata de una estudiada reciprocidad: (A) El envidioso, que anhela ser como la otra persona, la envidiada. (B) El envidiado, que disfruta dando envidia a A. En el primer supuesto, el más aparente, se traduce en que el envidioso se niega a reconocer los méritos del otro individuo. Dice Fernando Díaz Plaja en El español y los siete pecados capitales: “una de las cosas más difíciles es elogiar al otro”. Tanto es, así, que reforzamos tales elogios a la muerte del individuo en cuestión. Precisamente, el abuso de las expresiones afectivas en el trato cotidiano (“querido amigo”, “estimado cliente”, “muy señor mío”, etc.) sirven para disimular la resistencia al elogio verdadero.

La unidad mínima de reconocimiento de los méritos de la otra persona (la envidiada) es resistirse a la comparación con ella. Nótese que, en castellano, la acción de comparar suele estar mal vista. Lo dicen algunas frases hechas: “las comparaciones son odiosas”, “no tiene ni punto de comparación” (para expresar que es algo óptimo), “perdone el comparando”.

Aunque, analíticamente, se distinga el envidioso del envidiado, lo más notable es que ambos papeles pueden darse, simultáneamente, en el mismo individuo, según sean las circunstancias. Es decir, algunas personas pretenden dar envidia, cuando ellas mismas son envidiosas de otras personas. Digamos que se trata de un factor de personalidad, íntimo y profundo.

Aunque, nos encontramos ante un “pecado” general, la envidia se destaca más en ciertos ambientes profesionales muy competitivos: artistas, escritores, profesores, deportistas, políticos, etc.

Insisto en que las relaciones de envidia, en los dos sentidos expuestos, normalmente, se dan entre individuos que se hallan próximos por distintas circunstancias. No es envidia la admiración extrema que se siente por una personalidad lejana, conocida, solo, por su singularidad en la televisión o en otros medios.

Hay muchas estrategias para manifestar la envidia y, al tiempo, disimularla. Una muy simple es la de la persona que da envidia al proclamar que todo lo hace bien, que tiene suerte, incluso, buena salud. La parte correspondiente del envidioso es ocultar el sentido profundo o latente de tratar de ser como el envidiado, pero, sin que se le note mucho. Eso es, precisamente, lo que se llama resentimiento. Miguel de Unamuno expone, magistralmente, esa doble operación en su novela Abel Sánchez, un monumento de penetración psicológica. No cabe duda de que el vasco de Salamanca tuvo que representar grandes arrebatos de envidia en los dos sentidos dichos. De esa forma, se explica su inmensa capacidad creativa.

Dado que nos encontramos ante una relación de ocultamiento recíproco, se debe anotar que estos procesos explican una gran paradoja: la sociedad española es propensa a todo tipo de envidias, resentimientos y disimulos. Por eso mismo, se muestra tan extravertida, simpática y cordial. Valga lo uno por lo otro.

Amando de Miguel para Libertad Digital

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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