Dimitir no es un nombre ruso. Por Francisco Gómez Valencia

Dimitir no es un nombre ruso

«Entre las cualidades que valoran nuestros políticos, me da que dimitir, ni entra en sus planes, ni por supuesto, es un nombre ruso»

El otro día, cuando patearon el trasero a la Montero en el Congreso, leía que dimitir no es un nombre ruso por lo de Dimitri y eso, y pensé… ¡anda mira, de aquí a la eternidad…!

Todos imaginamos que los umbrales de la desvergüenza van ligados a eso tan banal que tiene que ver con la decencia. En esta ocasión ya no predomina el asuntillo de los principios y los valores, pues quedan aparcados ya que obviamente, cada cual tiene los suyos. Y esta realidad empírica lo es hasta tal extremo que incluso se venden agrupados o se nos presentan por ideologías, de tal manera que cada cual defiende los suyos con absoluto convencimiento.

Todo esto viene, efectivamente por el bochornoso espectáculo de esta semana en el Congreso, donde algunas señorías otra vez lo han vuelto a hacer. Da lo mismo lo que hagan, se dediquen o perjudiquen, el caso es que no sueltan el cargo o el puesto ni queriendo. Llegado el caso hay que preguntarse, si lo que ganan mientras los ocupan les renta de tal manera, como para superar el descrédito público y; efectivamente en la mayoría de los casos, es que sí.

Sabemos que algunas pocas señorías antes de estar al servicio del pueblo, ganaban más que viviendo de la sopa boba. Y también conocemos que lo hacen, no por amor al arte sino como una inversión para cuando los echen, puesto que, solo (más o menos), el 30% vive del cuento eternamente.

Y si de algo con la pandemia nos hemos coscado, es de que la manipulación de la opinión pública, tiene mucho que ver, pues la percepción de los umbrales anteriormente citados, no tienen porque coincidir a título personal, a nivel de partido o colectivamente. La tergiversación de todo, lo que ha conseguido es trasladar hacia los extremos esos umbrales, tensionando a la sociedad de manera que los escándalos, ya lo son menos en todos los sentidos y por ejemplo, robar de las arcas públicas ya nos lo tomamos a cachondeo debido a que cada dos por tres, aparecen casos.

En cuanto a los abusos de menores y demás disciplinas asquerosas de ese estilo, parece que también son aceptadas con mayor facilidad. La Iglesia y la clase política expertos en estos asuntos tanto o más que el resto, son un fiel reflejo de la sociedad podrida. Sacarlos a la palestra en los medios a modo de escarnio, sin embargo no ocasionan caídas de cargos insignes, y todo queda en excepciones o manzanas podridas.

En este tema tan peliagudo igual que en la malversación y la prevaricación, los cargos superiores se salvan groseramente en casi todas las ocasiones, es más; hasta salen del paso tratando de encumbrar al dimitido, colocándolo ante la opinión pública como victimas del sistema. La realidad por algún motivo se ha dado la vuelta como un calcetín, y eso; es corrupción en sí misma.

La corrupción política socialmente es aceptada porque es el resultado del arduo trabajo de quienes nos moldean la mente, a base de repetirnos las mismas cosas, o mostrarnos su versión de la realidad en los telediarios.

¿Cuándo aceptaremos por ejemplo, el canibalismo entre “los hunos y los hotros” como diría Unamuno? ¿Será correcto? Nosotros no lo veremos pero ¿por qué no? Ya nos están diciendo que comer insectos porque lo hacen otras civilizaciones es bueno y sostenible. Curioso que sean las mismas que no comen carne de las mismas especies que nosotros, por costumbre, economía, o religión.

¿Acaso son mejores opciones? No lo sabemos, simplemente; son diferentes y eso, es lo que nos hace únicos y mejores. Sin embargo, cada vez son más los que defienden que aceptar doctrinas ajenas y a sus excedentes poblacionales de dudosa calidad, nos enriquece.

Defienden su progreso y tratan de denigrarnos estigmatizándonos por no comulgar con sus falacias, mientras ellos hacen lo normal, es decir; comer carne, contaminar a destajo, llevar a sus hijos a colegios privados a ser posible religiosos, y vivir a cuerpo de reyes mientras tratan de convencernos que eso mismo, es negativo.

Algo huele mal en Dinamarca” cuando en estos últimos cinco años con la que ha caído en España los cargos políticos de renombre que han dimitido, se cuentan casi con los dedos de una mano aunque, ¿Cuántos más quedan aún en activo en el Congreso que no deberían estar?

¿Alguno de estos dimitiría llegado el caso? ¿Alguno de estos ganapanes, no meterá la mano en el cajón si tiene ocasión? ¿Alguno de estos gañanes les importa su localidad, su pueblo, su ciudad o su país? ¿Alguno de ellos,
no es de por sí, gentuza?

El escandalo de la legislatura, con casi 1.000 agresores sexuales beneficiados y, más de 100 excarcelados de momento en ambos casos por sacar una Ley fallida intencionadamente, debería ser delito. El Consejo de Ministros en pleno con el Presidente del Gobierno a la cabeza, deberían estar en la cárcel sólo por eso ¿pero? ¿Será que como los delitos sexuales, las violaciones en grupo y demás retahíla también comienzan a aburrirnos, es necesario darlos notoriedad?

Desde luego este umbral parece que todavía resiste, aunque el objeto de leyes como la de Irene Montero y Pedro Sánchez, parece a tenor de lo visto, que lo que busca es fomentar el miedo colectivo, para que tengan sentido los chiringuitos actuales, los ingentes medios destinados y la descabellada legislación, para que toda esa carnaza mediática oculte la verdadera corrupción política, es decir; llevárselo calentito a mansalva ahora, durante y después, cuando ya no estén en primera línea, como hacen tantos y tantos que siguen mariposeando alrededor de los partidos,
y que afloran como capullitos de alhelí, cuando están gobernando.

Recuerden lo que dijo Marlaska cuando el reciente escándalo de la exdirectora de la Guardia Civil, María Gámez. “Ha sido la mejor directora de La Guardia Civil en sus 178 años de Historia”. O lo que opinó de ella María Jesús Montero: “la decisión de dimitir de María Gámez, ha sido ejemplar”.

Preguntarse donde quedan los umbrales ante tal desvergüenza, quizás ya no es apropiado y lo necesario sea cuestionarse, si tal vez es que ya no existe ni la decencia, al haberse sobrepasado casi todos los diques de contención. Visto lo visto, quizás es que la responsabilidad política en España ya no existe. ¿Aun así; porqué seguir hablando y pensando en política las 24 horas del día y los 365 días del año? Porque estamos en plena campaña del IRPF, el Barça es una institución presuntamente corrupta, este año en la final de la Copa del Rey gracias a Dios, el ”lo, lo,
lo”, es decir, el himno de España sonará bien fuerte y si nos acompaña la suerte, el Madrid, quizás sea otra vez campeón de Europa pese al nacionalismo deportivo y político.

 

Aún así, no todo va a ser bueno ya que a José Antonio Primo de Rivera, coincidiendo con el 120 aniversario de su nacimiento, gracias a otra Ley infecta, lo van a sacar del Valle de los Caídos. Si, lo van a desenterrar y a volver a enterrar por quinta vez, está vez para incinerar sus restos y dejarlos descansar (esperemos que para siempre), en el cementerio de San Isidro de Madrid, y aunque por mucho “hideputa” que ahora lo ordene y mande, riéndose a mandíbula batiente, su pensamiento siempre estará vivo y presente en nuestra memoria.

¿Pero, hay más cosas? Claro: las fiestas del pueblo de cada uno, el sexo, comer rico, ir regularmente al váter por uno mismo, la lectura, el estudio, la vida sana, la familia, los amigos, la cerveza, el vino o la Cocacola (o mezclados), el cachondeo en general o la vida de recogimiento, la seguridad de los nuestros, la memoria, la Historia y que no nos falte de na’, etc, etc…

Cada cual que valore las suyas, ahora bien, entre las que valoran nuestros políticos, me da que dimitir, ni entra en sus planes, ni por supuesto, es un nombre ruso.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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