Los días de Quintana. Por Diego Pardos

Los días de Quintana

«Fui feliz un día allí, a la vera de la boca de metro de Quintana, cuando con unos amigos trasegamos unas cañas y comimos patatas»

“¡Atontado!”, grita Adelaida; “¡Socialista!”, insiste con doble exclamación increpando a su marido, al que previamente ya había calificado de “idiota”. Es decir: Idiota, atontado y socialista. 

 

No piense nadie que la entrada de esta columna quiere denigrar tal o cual ideología o pretende descalificar al destinatario de tales extremos, que ya les digo que se llamaba Ernesto y era banquero, rico y de derechas (y presumo que encima era apuesto). Quiere quien esto escribe nutrir su artículo con los trabajos vacacionales de nuestros políticos. Pero resulta que, al tiempo, me encuentro entre las manos una obra de teatro editada por Escelicer (Comandante Azcárraga, Madrid, 1969) y que sospecho que (la colección entera, desde luego) sería financiada por el Colegio correspondiente de Oculistas y Ópticos del franquismo). Su autor es Víctor Ruiz Iriarte, célebre escritor entonces pero que, me parece, no se destacó por ser progresivo ni progresista, como sí lo fueron Buero Vallejo, Alonso de Santos o Alfonso Sastre, y no logró así los laureles del reconocimiento intelectual. Historia de un adulterio se titula la obrita estrenada en el teatro Valle-Inclán -ese carlistón– la noche del 27 de febrero del citado año. 

 

No creo que haya sido una causalidad -todo lo más casualidad- esa coincidencia entre política y adulterio. (Seamos sensatos, seamos buenos ciudadanos.) Pero sí, mi intención era hablar de esas vacaciones, sin duda merecidas, que nuestros diputados disfrutan al llegar el estío o infierno climático (antes llamado verano). Y mi esperanza era alargar este escrito con rodeos y manzanas -igualico que sus señorías- para no abordar el interesante asunto que tanto nos quita el sueño. 

 

Me entero por su twitter -ahora X- de que Sherpa (el famoso músico de la banda Barón Rojo) es oriundo del triángulo obrero que encierran los vértices de Ventas, la Almudena (cementerio) y Quintana. Fui feliz un día allí, a la vera de la boca de metro de Quintana, cuando con unos amigos trasegamos unas cañas y comimos patatas en una taberna castiza -por popular- de un barrio que presume -se me antoja- de verse corriendo la calle de Alcalá que allí se estrecha y se adelgaza para perderse. De poder hacerlo hubiéramos invitado a la presidente, cuyo sitio de vacaciones sería esa cervecería nacional. (No yerro, y si así es, dígalo doña Isabel Natividad.) 

 

Recuerda uno también a doña Ángela Rodríguez (Pam), secretaria de Estado (ex), leyendo en el ABC del pasado veinticuatro cómo Ángel Antonio Herrera la echa de menos (mencionando su prescripción de ayuno copular) preñando su ponderada columna con el germen nostálgico de quien tanto mandó en el ministerio de doña Irene. ¿Tendrá sus vacaciones en Times Square? ¿La verán ustedes en las playas de Benidorm o de Torrevieja? 

 

El pueblo español suele ser indulgente con nuestros políticos. Yo lo soy -lenguaje inclusivo manda- con nuestras políticas, y por ello no insistiré en los días de Quintana de doña Isabel. No voy a indagar, con Ángel Antonio Herrera, en las “jugueterías de verbena” de doña Ángela, que dicho sea de paso, nunca la quise mal (fuera lo que fuere tal cosa). Me pasa lo mismo con Cuca Gamarra, con quien uno podría beberse una copa de vino en una cripta de Laguardia, siendo ella riojana. ¿Dónde pasará su verano azul doña Concepción? 

 

Por tanto, esta columna -ya sé- no ha logrado su objetivo. ¿Podrá ayudarnos, podrá ilustrarnos la portavoz de Vox en el Congreso acerca de este problema estival? Egabrense como es, ¿permanece los días de asueto en Cabra? ¿Acaso en Calahorra? ¿Le atrae, por fortuna, Calatayud? Es doña Josefina (Rodríguez de) Millán la seriedad hecha carne; es el ejemplo y el paladín de la formalidad parlamentaria. Lugares romanos he propuesto. Ella conoce su Derecho; tiene, como Aquilino Duque, “aire de Roma andaluza”. Y no la veo en Quintana, no la adivino en Nueva York. Cada cual tiene su sitio. Si un sevillano como Antonio Machado se hizo piedra en Soria; si un castellano como Ridruejo amó Cataluña, quizá doña Pepa Millán me entregue algún día una interviú -como pomposamente se decía en la llamada “transición”- y pueda admitir que veranea donde lo hacen -hoy, ahora mismo- cualquiera de los lectores de La Paseata. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario