
«Bajé a ayudarle con la maleta con la vista larga, por si se acercaba alguno de estos que no comen jamón con aviesas intenciones»
Ya llevamos en la playa casi una semana. Cuando llegas, la perspectiva de tres semanas que tenemos este año te parece un espacio temporal amplio, en el que podrás desarrollar numerosas actividades que idealizas a lo largo del año. No obstante, cuando aun te sientes recién llegado y te planteas que ya has consumido casi una semana, te das cuenta de que este breve espacio de tiempo va a volar. Y ello te plantea la dicotomía de para qué has venido aquí. De un lado, sería razonable pensar que vienes a descansar, a no tener prisa y no agobiarte con el reloj, pero la realidad es que si quieres aprovechar el tiempo, te ves obligado a someterte a la tiranía de los horarios, más aun si compartes vacaciones con cercanos que, lógicamente, también tienen sus propios planes, en los que, extrañamente, se empeñan en incluirte.
Como decía mi amiga Soledad, “vive, que esto vuela”. Parece una ironía trágica que una persona con esta filosofía de vida haya fallecido a los cincuenta y pocos años, demostrando que, a veces, hay que otorgar categoría de pontificado a según que tipo de eslóganes. Soledad se nos ha ido este año, tras dos años de lucha enconada con un cáncer metastásico que no vio venir; ninguno lo vimos, hasta que lo tuvimos encima. Quede su forma de asumir su destino, apurando cada minuto de los dos años de prórroga que le concedió la vida, como ejemplo y testimonio de que la vida es demasiado bella para dejarla pasar. A ver si nos enteramos.
Pues ayer, después de un episodio con los jilgueros, que ya les contaré y me dejó maravillado para el resto del día, nos fuimos a Murcia, a recoger a mi hijo mediano que venía de Almería, en autobús. Cabría pensar que Almería-Murcia es un paseo, pero no. El viajecito de autocar se prolongó por cuatro horas. Como no me gusta llegar tarde a los sitios, de modo enfermizo, salí con tiempo de sobra. En este viaje, porque es un viaje, me acompañaban mi hijo pequeño y mi mujer. Extrañamente, a pesar de esto último, o sea, de mi mujer, llegamos a Murcia con cuarenta y cinco minutos de adelanto con respecto a la hora de llegada prevista del autocar. Pasear, a los cuarenta y dos grados que hacía en Murcia a las 11:45 no era una opción, por lo que a mi mujer se le ocurrió que podíamos acercarnos a un Carrefour, que por otro lado tenemos uno a trescientos metros de casa, para comprar una serie de cosas que extrañamente solo podíamos encontrar allí, en la sartén de España.
Como no podía ser de otra manera, le dije que sí, concretamente “si, cariño”, si bien sabía que el trasfondo del asunto era que finalmente nos retrasáramos en recoger al mediano, pues en los genes de mi mujer, si esto es posible, se encuentra intrínseco llegar con la lengua fuera, y no íbamos a manchar su curriculum de impuntualidades con un error semejante. Así que le dije a Mercedes “Mercedes, quiero ir a un Carrefour”. Esto de tener un coche inteligente es una pasada, aunque la mayoría de las veces no me haga ni puto caso. Si fuera un Volvo, que suena a tío, me mandaría a donde le he pedido, pero siendo mujer, no puedo aspirar a que me entienda. No obstante, tras seguir las confusas indicaciones del GPS llegamos al Carrefour equivocándome solo tres o cuatro veces.
La verdad es que íbamos a comprar una sombrilla y un carro de la compra, pero por algún extraño motivo salimos de allí con aceite, limones, atún en aceite, café, pan y una botella de ron. No obstante, logré comprar la sombrilla, aunque nos fuimos sin conseguir un carro de la compra, pese a contar el supermercado con una sección específica de carros de la compra. Total, casi ochenta euros. Pero mereció la pena porque, como es sabido, todos estos productos solo pueden adquirirse en Murcia capital. Además, pese a que el autocar de mi hijo se retrasó quince minutos, logramos llegar tarde a la estación, por lo que estaba esperándonos en la calle, rodeado de varios muyahidines que le miraban raro.
Es curioso, pero llegué a pensar, entre el calor reinante y la caterva de moros, que Mercedes me la había jugado y me había mandado a Ceuta, pero no. Según se confirmó posteriormente, seguíamos en Murcia. No obstante, bajé a ayudarle con la maleta con la vista larga, por si se acercaba alguno de estos que no comen jamón con aviesas intenciones.
Después de eso, salimos para nuestro destino y lugar de origen. Dicen que no hay mejor destino que regresar. Ayer, desde luego, fue así, sin lugar a dudas. Aquí, si te encuentras un moro, va en un Bugatti. No obstante, no te los encuentras. Podría decir que no tengo nada contra los moros, pero ya saben. La consola preferida de estos muchachos es la Nintendo “de ese”.
Llámenme lo que quieran, menos por teléfono.

