
«Echo en falta, eso sí, a otro político (además de dramaturgo) como es el señor Boadella, don Albert, presidente a la sazón de la región de Tabarnia en el exilio»
El verano, el mes de agosto más concretamente es un periodo que en este país parece sinónimo de holganza, desinterés, apatía, incluso descanso. En él se encuentra el ciudadano medio, si hemos de pensar (cosa cada día más difícil) en el sufrido trabajador y cotizante de impuestos, como sumido en un sueño vacacional, pero en una realidad donde el calor de nuestra querida Españita nos agota, exhaustos también nuestros bolsillos que algún día se vieron llenos con la feliz paga del 18 de julio.
Como veo que esta columna tiene visos de ser una insufrible homilía pesimista y nada quisiera menos que amargar el sábado a los lectores de La Paseata, he pensado alegrarles el café de la mañana o el vermú del mediodía recordando que muy pronto tendremos de vuelta a nuestros más ejemplares servidores públicos, a los muy sacrificados padres de la patria, deseosos de cumplir con sus obligaciones parlamentarias tan escasamente pagadas con nuestros tributos.
Es cosa bien cierta que uno goza de una cierta calma y tranquilidad ignorando el paradero estival de tal o cual ministro, de tal o cual concejal o incluso del mismísimo presidente del Gobierno. Pero a la par siente como una desazón interior, como una angustia pensando en ellos. Tiene cada cual sus preferidos y casi son ya de la familia; de modo que es hasta inevitable echarlos de menos.
Una columna sin políticos es como un día sin pan, como una cocacola sin azúcar; es un tintorro sin gaseosa, es como una tarde de toros sin minifaldas. El escritor de periódicos ya no puede hacer su comentario sobre el sujetador de la Belarra -pongamos por caso- y ha de acometer la desastrosa cuestión de la recogida de basuras municipales; no tiene noticias de la cervecería frecuentada por la señora Ayuso y tiene que glosar en cambio la voladura casi clandestina del último pantano franquista o las prevenciones ante el acuciante rayo solar en la piel.
Qué días de gloria aquellos en los que la libertad de expresión amparaba la glosa del top lencero de doña Macarena; admiraba la ausencia de sostén en doña Juana; ponderaba la esbeltez de don Óscar en bañador o la alegría de doña Pilar. El cronista parlamentario sufre lo mismo que el periodista deportivo que ansía el comienzo de la liga de fútbol. Piensa en Yolanda Díaz mientras camina por las playas de Lugo; recuerda al señor Puente al ver pasar el tren de su pueblo; sufre al recordar a la señora Olona con su verbo encendido en las sesiones de las Cortes y llora desconsolado por no escuchar la frágil voz llena de mesura de doña Irene Montero. Así que mal mes este de agosto para leer periódicos y peor para escribir columnas. Menos mal que ha salido al rescate la señora Cuca Gamarra (siempre elegante y que a mí, sabido es, me cae fenomenal) a propósito del “asunto Puigdemont”, compareciendo en público y supongo que interrumpiendo sus vacaciones. Porque esa es otra: es también casualidad que cuando más concentrado está uno en tratar de analizar estas ausencias veraniegas de nuestros políticos, anuncia el Molt Honorable don Carles su presencia en Barcelona y se redondea el sainete con su postrera segunda fuga. Tengo que decir que ni el expresidente de la Generalidad de Cataluña es tan elegante como la portavoz del Partido Popular, ni me cae tan bien como ella.
Echo en falta, eso sí, a otro político (además de dramaturgo) como es el señor Boadella, don Albert, presidente a la sazón de la región de Tabarnia en el exilio. Y no puedo concebir que ante esta situación no haga (no voy a pedir una comedia, no seamos exigentes) al menos unas declaraciones valorando este paréntesis en la vida pública que el sufrido pueblo español sigue con gran interés. Y no me lo nieguen: Tenemos, además, y de propina (propina gorda, eso sí) ya investido al señor Illa en calidad de president, ocasión que aprovecho para felicitarle. Quien no se consuela es porque no quiere… ¿no les parece?

