(VI) Cronografías. Drones veraniegos. Por Diego Pardos

Drones veraniegos. Ilustración de El Gitano

«Atareado con su lectura y su habano y entregada Angélica al placer solar, apareció de nuevo el dron poniendo fuera de sí a Marcelino»

Marcelino era un hombre de natural tranquilo. Raramente se despertaba su cólera y lo hacía en pleno verano, precisamente en mitad de su disfrute vacacional. Había heredado la casa de los abuelos y allí gozaba de momentos apacibles, fumando un cigarro cubano en el corral y leyendo novelas de vaqueros y el Heraldo de Aragón, que traía noticias como esta:

MADRID. Dos cazas españoles F-18 participaron ayer en el derribo de un dron de combate que había penetrado en el espacio aéreo de Rumanía desde Moldavia. Todo hace pensar que el dron pudo ser fabricado cerca de Moscú…

Decía que Marcelino era hombre tranquilo. Ahora bien, sólo perdía los nervios en su pueblo cuando el alguacil tocaba diana al amanecer poniendo en marcha su soplador de hojas y, algunas noches que los chavales hacían una ronda arrastrando un potente altavoz por las calles. Entonces surgía en él un instinto asesino que terminaría por estallar fatalmente.

Una tarde estaba terminando ‘Para ti no habrá mañana’ mientras su esposa, Angélica Lupe Valdez, tomaba el sol en toples. De pronto se puso encima un aparato zumbador y enseguida recordó Marcelino el episodio del dron ruso. Escamado, mandó cubrir los pechos de su mujer, ampliamente filmados y fotografiados.

Esa noche no pudo dormir por el reguetón ambulante; bien de mañana fue despertado por el soplador de marras y tras una siesta reparadora, atareado con su lectura y su habano y entregada Angélica al placer solar, apareció de nuevo el dron poniendo fuera de sí a Marcelino.

No había tiempo para llamar al Ejército del Aire y del Espacio. Subió al viejo granero, abrió el arcón de madera, sacó de él una Sarasqueta de cañones paralelos y la alimentó con dos cartuchos para el conejo. Cuando bajó al corral su mujer estaba en pelotas (con perdón) y el mirón volador permanecía suspendido en torno a ella.

Marcelino apuntó a conciencia: el primer disparo movió el aparato, el segundo lo rompió haciendo que cayera en el tejado del gallinero. Marcelino sintiose John Wayne. Arrojó la escopeta a un lado y atrajo con pasión a la Valdez, como bien había aprendido de los héroes de Marcial Lafuente Estefanía.

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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