
“Mañana cuando despiertes, estaré lejos y, en fin, no creo que pase nada. De otras peores salí”.(“Agárrate a mí, María”. Los Secretos).
Ahora, que la alucinación de las vacaciones se ha derretido como un helado al sol de agosto, poniéndonos nuevamente ante un espejo que, durante un tiempo, hemos logrado esquivar; ahora que nuestras alas se han cerrado de nuevo, para dejarnos en tierra y evidenciar la irrealidad de nuestro vuelo; ahora que nos damos cuenta de que lo que hace unos días nos parecía obvio que había que cambiar, en realidad es una cadena de la que no podemos evadirnos, ahora, mal que nos pese, es el momento de hacer balance de lo que el año nos ha ido trayendo, de las pruebas que hemos tenido que afrontar, y de reconocernos a nosotros mismos aquello en lo que hemos salido victoriosos y, por el contrario, aquello en lo que hemos fracasado.
Afrontar lo que el espejo te devuelve, sin filtros, puede ser fácil o puede resultar una tarea titánica. Si uno es capaz de recordar cuales eran sus expectativas hace un año, puede valorar el ejercicio que ahora termina. Lo difícil, en realidad, es hacerlo de una manera aséptica, como auditor de los errores y las faltas cometidas. Nadie es buen juez de sí mismo, ya que normalmente juzgamos con mayor magnanimidad nuestros errores que los errores de los que tenemos al lado. Puede que sea, entre otras cosas, porque en lo personal somos conscientes del desarrollo de los acontecimientos que nos han llevado al error, acontecimientos y decisiones a veces tan privados que no solo seríamos incapaces de reconocerle a otro, sino que, además, no nos atrevemos a reconocernos a nosotros mismos. Toda acción tiene una consecuencia, y raro es cuando las cosas ocurren por azar. La tragedia, hermana bastarda del éxito, es siempre consecuencial.
Es cierto que una gran cantidad de avatares, que suceden a diario en el momento menos pensado, pueden influir e influyen en tu devenir vital, pero hay que tener muy claro que la vida es una constante resolución de problemas, problemas que te salen al paso y que, si bien están influenciados por la posición socio económica, también es cierto que atacan a todos los estratos sociales. No todos los problemas son de dinero, de subsistencia, y en este caso la democratización de las circunstancias adversas muchas veces contribuye a equiparar a gente que se encuentra en todos los lugares del escalafón social. Y muchas veces, a pesar de todo, el resultado no se sustenta en la envergadura del problema, sino en la capacidad resolutiva de quien lo sufre.
Y esta capacidad, en la mayoría de los casos, corresponde más a la actitud que a la aptitud, por más que a estas dos palabras solo las diferencie una letra, a la forma que tenemos de recibir la bofetada, poniendo la otra mejilla o levantando el brazo para parar la segunda. A si eres consciente de tus errores o culpas a otros de tus males, como un Xavi Hernández cualquiera, como Ana Peleteiro culpó a la lluvia de su fracaso olímpico. Solo llovía para ella, ese día.
Personalizando un poco, aunque siempre digo que es algo que no me gusta hacer, este ha sido un año difícil. Los que me conocen saben de qué hablo. No han sido marejadas las que he tenido que abarloar, sino auténticos tifones de fuerza cinco, que han puesto en peligro la embarcación en la que me muevo. Acontecimientos personales que han caído a plomo, como rayos en la tormenta.
Miren ustedes, hace un año yo no podía imaginar las vueltas que iba a dar mi vida en este curso 2023-2024. Un curso que ha venido cuajado de obstáculos, pero sembrado de providencias, de desgracias transmutadas en milagro y de abandonos, de cierres de puertas, que han abierto ventanas luminosas. Y creo que he sobrevivido a todo esto, si mi experiencia les puede servir de algo, porque del mismo modo que las victorias no me producen euforia alguna, las derrotas las asumo con normalidad, sin aspavientos; mirándome los pies y la tierra yerma que los rodea para deducir por qué camino debo continuar avanzando. Consciente, en cierto modo, de la volatilidad de la victoria y la derrota, de la temporalidad de los acontecimientos y situaciones.
Así pues, sea cual sea el balance del pasado ejercicio, sean conscientes de que todo tiene un principio y un final, aunque a veces el final no sea el deseado. No se sientan a salvo en su torre de marfil, pero tampoco piensen nunca que se hallan en un pozo sin salida. Como decía mi padre, todo tiene solución, menos la muerte.
Que me lo digan a mí.
“Torres más altas cayeron, barcos más grandes se hundieron, guerras más largas, crueles, llegaron a algún punto muerto. Ríos más grandes cruzamos, puentes más fuertes quemamos, manos más frías rozaron tu cuerpo en algún momento”. (“Punto Muerto”. Miss Caffeina).
