Lugares de Madrid: La calle de Valderrodrigo. Por Diego Pardos 

La calle de Valderrodrigo. Foto cortesía del departamento de Relaciones Externas de Dia.

 

«De ir a vivir a Madrid, sería feliz en esas casas sencillas de ladrillo de cara vista de la serpenteante y casi laberíntica calle de Valderrodrigo»

Quizá fuera en un viaje posterior al del atracón de chirimoyas que me tuvo sin salir de casa la tarde en que mis tíos y mis padres fueron a visitar el Palacio Real. En cualquier caso yo era bastante pequeño y aun así recuerdo perfectamente que acompañé a mi tía Vicenta al “Dia”. Que no sabía uno qué sería aquello y resultó una tienda de ultramarinos como la del pueblo, acaso más grande, que también llegó a ser un autoservicio, y que no sé si ya en aquella época se les llamaba “supermercado” (correrían mediados los años 80, calculo). Como mayéutica (perdón por el cultismo) para mi memoria ha servido dichosamente un reportaje de María José Fuenteálamo publicado en el ABC el pasado lunes. En él se cuenta que esa primera tienda se abrió en 1979 en el número 3 de la calle de Valderrodrigo, en el barrio de Valdezarza. Poco importa que durante años yo lo creyera inserto en el distrito de Tetuán, cuando resulta que pertenece al de Moncloa-Aravaca, si he de fiarme de los modernos planos urbanos del Ayuntamiento. 

Reportaje de María José Fuenteálamo en ABC

Muchas veces he pensado que, de ir a vivir a Madrid, sería feliz en esas casas sencillas de ladrillo de cara vista de la serpenteante y casi laberíntica calle de Valderrodrigo. Mi tío Leonardo, que tenía todo el porte de un ministro tecnócrata del franquismo era taxista y criador de canarios. Los cuidaba en una terracita soleada que daba a una plazoleta tranquila enmarcada por los soportales y que servía de patio de juegos. Eran calles residenciales, y había que salir a la cercana de Antonio Machado buscando el comercio, las anchuras o el autobús. Y la boca de metro. A mí todo me parecía fascinante y me sigue pareciendo cosa de cine que el tren subterráneo nos llevara en poco tiempo a la Puerta del Sol o al Retiro. El taxi, que no sabría decir si era un Renault 12 o un modelo más antiguo de la Seat, negro con esas franjas rojas reglamentarias, nos sirvió para hacer turismo sin apearnos. Supongo que enfilábamos la Carrera de San Jerónimo, porque pasamos por el famoso hotel Palace y en la puerta había un portero negro con levita y chistera. ¿Sería por los días del empacho de chirimoyas? ¿También el día de campo en la Dehesa de la Villa? 

 

En mi embarullada cabeza mezclo situaciones y años. Por eso no podría asegurar si mi descubrimiento del Día se produjo ya cuando mis tíos vivían solos. De las cuatro hijas, que han sido todas muy listas y estudiosas (dicho sea en serio y sin ironía), sólo la pequeña había vivido en la casa de Valderrodrigo. Mi prima Charo me parecía muy mayor y muy guapa (y guapa sigue siendo aunque no me parece ya tan mayor). En esos días, o estaría recién casada o en puertas de hacerlo. Fui con ella de tournée: En unos almacenes de los Cuatro Caminos (o eso creo) me compré unos libros y tebeos y unos juguetes en El Corte Inglés (que ya estaban al límite de mi edad y que mi madre me hizo notar cuando regresé a casa). Mi prima Charo me invitó a un refresco a la americana, es decir de esos que salían en las películas servidos en un vaso de cartón con una pajita y así lo fuimos bebiendo por la calle. Me acuerdo perfectamente que lo dejé a medias porque no me gustó y que seguramente sería lo único que a mí no me gustaría del Madrid de mi infancia, al que fui muy pocas veces. 

 

No he querido indagar los detalles más exactos de lo anterior. Creo que hay un encanto en la nostalgia que vive en lo vaporoso de los recuerdos, en una melancólica evocación del ideal. Cierto es, sin embargo, que la muerte de mi tío Leonardo me sorprendió y no supe más que acudir al cementerio de La Almudena. Cosa que no hice, años más tarde, con mi tía Vicenta. La visité en Valderrodrigo hace unos años y tomando café con ella intuí que era la última vez. Fue así y no me parece ese acabamiento una mala despedida para ambos. 

 

Echar al buzón de una revista estas cabezonerías mías en forma de columna puede que sea tarea de alguien con ínfulas. Un novelista importante, un médico célebre, un escultor titánico quiere hacer memoria con la certeza de que va a interesar al público. Yo escribo esto, que es poca cosa, porque me parece bonito el hacerlo y aunque a nadie le importe mucho. No sé si se puede pedir más. Y porque me emocionó leer la noticia del primer autoservicio Día en un barrio humilde del noroeste de Madrid y descubrir que estuve allí, de muy pequeño, siendo tan grande la Villa y Corte. Y porque también, quién sabe, puede que fuera para escribir otro capítulo de mi serie Lugares de Madrid, esta vez alejado de esa connotación jocosa que suelo darles. Me parece que la entrada musical de Jesús Gluck para la película de Garci Solos en la madrugada lleva sonando in crescendo un buen rato… Creo que la calle de Valderrodrigo y aquellos lejanos años no se enfadarán conmigo y espero (queridas Pili, Marisa, Mari Carmen y Charo) que vosotras tampoco. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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