
«Estoy aburrido por las inacabables y machacantes rutinas cotidianas de políticos y sinvergüenzas, perdón, tal vez debería decir de políticos sinvergüenzas»
No me interesa ya para nada todo lo que no sea provechoso para el alma. Bueno, para el alma y el cuerpo. Recuerdo una canción que hice para cuando mis hijos eran muy pequeños, casi salidos de la época de bebés. Se la cantaba cuando eran insoportables en sus demandas de caprichos particulares. “Esto es mío, yo lo quiero, todo para mí” y repetido y repetido.
Estoy aburrido por las inacabables y machacantes rutinas cotidianas de políticos y sinvergüenzas, perdón, tal vez debería decir de políticos sinvergüenzas, porque parece que la mayoría de ellos van ligados a la palabra. Si no supiera a ciencia cierta que ya son adultos al parecer, los creería aún niños caprichosos. Además, entre ellos mismos, no hacen más que hostigarse oralmente de manera violenta, dando así un ejemplo nauseabundo de egoísmo al por mayor, a sus gobernados. Pero esto parece no ser malo, es algo así como, «lo votaste, ¿no?, pues ahora te aguantas, la próxima vez piensa un poquito, no mucho, solo lo suficiente para no meter las pata». Ahora a posteriori solo podemos aguantarnos con algunos desafueros.
Lo realmente malo es que parezca que todo político es nefasto desde el punto de vista de la ética y la moral. Nadie parece darse cuenta de que lanzar improperios a diestra y siniestra es la labor más absurda que nadie pueda realizar. ¿Son los políticos, seres humanos? Sí, lo son… Entonces ¿para qué poner en tela de juicio que puedan cometer actos no del todo aceptables? Es absurdo. Como seres humanos los cometerán. Lo absurdo es que sus partidarios los sigan votando cuando son pillados infraganti. Es ilógico, pero no hay duda de que volverán a salir votados y aclamados por sus propios militantes de partido.
Poca gente cambia su voto, somos un país de erre que erre. Si los míos lo hacen bien, los voto, si los míos lo hacen mal, también los voto. De hecho iré a votar, lo hagan bien o mal los míos o los otros. Parece que es un credo que hay rezar, cada vez que se te pide. ¡Es por la democracia! Dirán. Vota sí, la democracia parece llenar de bondades infinitas e insuperables. Pero ¿Qué me cuenta usted desnortado pajarillo? ¿Cree usted aún en las maravillas de la preciosa transición política, ahora subyugada y vejada día y noche por individuos indeseables? Esos que valiéndose de sus posiciones sociales roban a los demás, haciendo parecer que no hay un mañana para postergar alguna de sus fechorías.
Da igual que a posteriori, algunos se exilien, otros acaben en la cárcel u otros disfruten de lo que hayan podido sacar. Nosotros a lo que vamos, a celebrar que vivimos en un increíble mundo del siglo XXI en el que por fin, en menos de diez años tendremos coches voladores, ordenadores cuánticos y no se cuantas más maravillas y zarandajas. Ahora la pregunta, ¿para qué? Pues probablemente para que nos siga dando igual que el precio de las cosas siga subiendo, que haya gente que tenga que recurrir a la caridad para comer.
Hay muchos jóvenes que no pueden emanciparse porque no pueden pagar una casa, no en compra, ni siquiera en alquiler, porque hay gente que cree que tener una casa da derecho a exprimir al que vive de alquiler. Pero qué mierda de país ha surgido en pocos años, de avaros, egoístas y sin vergüenzas que puestos a robar se quedan solos.
Por todo esto es por lo que sí, que la democracia está muy bien, pero si falta la decencia es como no tener nada de nada. Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que no me interesa ya para nada todo lo que no sea provechoso para el alma. Bueno, para el alma y el cuerpo. Recuerdo una canción que hice para cuando mis hijos eran muy pequeños casi salidos de la época de bebés. Se la cantaba cuando eran insoportables en sus demandas de caprichos particulares. “Esto es mío, yo lo quiero, todo para mi” y repetido y repetido, pónganlo en boca de político, les quedará precioso. A estas alturas del texto, sigo aburrido por las inacabables y machacantes rutinas cotidianas de políticos y sinvergüenzas, perdón, tal vez debería decir de políticos sinvergüenzas, porque parece que la mayoría de ellos van ligados a la palabra. Si no supiera a ciencia cierta que ya son adultos al parecer, los creería aún niños caprichosos. Egoísmo, egoísmo y egoísmo, viva el egoísmo, vistámonos de egoísmo, tal vez algún día llegaremos a algo tan nauseabundo que solo podamos vomitar.
