
“Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir”. (Henri-Frédéric Amiel).
Ahora, que estoy en esa edad en la que todo debería ser más fácil, en la que ya no tengo hipoteca, en la que no tengo que examinarme; esa época en la que aprendo cada día, pero no estudio. Esa edad en la que no me importa lo que otros piensen de mí; Ahora, que miran las bocas, que tocan los ojos, que gritan los dedos, no puedo entender a aquellos que reniegan de su madurez, que tratan de ocultar que ya han pasado por caminos embarrados, en lugar de mostrar con orgullo el barro en sus botas. Que ocultan sus cicatrices, trofeos brillantes, resultado de la lucha que nos ha traído hasta aquí.
Es cierto que, cada día que vamos descontando en el calendario, nos acerca más al final. Puede que sea el miedo a ese final el que nos hace renegar del paso del tiempo, el que nos provoca nostalgia de tiempos pasados, de la juventud perdida, sin ser conscientes de que la madurez, sin lugar a dudas, aporta muchas más ventajas que inconvenientes, en el aspecto personal e intelectual de tal madurez.
“Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. (Ingmar Bergman).
Puede que esta reflexión tenga que ver con que ayer tuve la oportunidad de ver “La sustancia”. Vista desde el punto de vista del espectador no experto, tengo que decir que me resultó desazonante. Bien es verdad que yo concibo el cine como entretenimiento y esta película, si bien atrae la atención, es más una penitencia que una diversión. Probablemente, los entendidos en cine, entre los cuales no me encuentro, evaluarán la película desde la complejidad de su realización, que resulta evidente, y no carente de mérito, pero tanto lo que narra como la forma de hacerlo, en mi modesta opinión, puede calificarse de desagradable.
No obstante, después de varios sueños extraños, por denominarlos de algún modo, motivados por la película, tengo que decir que es una fábula con moraleja, como las de Esopo, una metáfora de lo que la lucha estéril contra el paso del tiempo puede acarrear. La consecuencia de involucrase en una lucha imposible de ganar.
Además de esto, también refleja una realidad cada vez más palpable, más evidente; la cancelación de los mayores, de los ancianos si cabe, a favor de los jóvenes, de lo nuevo, que pretende dejar fuera de este maldito siglo XXI a todos aquellos que han puesto los cimientos para que las nuevas generaciones tengan oportunidades, desde el punto de vista tecnológico y social, que ellos tuvieron que construir desde la base. Esa sensación de que el mundo en el que vives te es cada día más ajeno, de que estás siendo un lastre para las generaciones jóvenes, que somos hijos de un Dios menor, olvidando que si ellos están donde están, es gracias a sus mayores.
“Envejecer es pasar de la pasión a la compasión”. (Albert Camus).
Lejos de mi intención tratar de evangelizar, huyo del consejo propio y del ajeno como de la peste negra, pero analíticamente hay una verdad universal en la sabiduría popular: Sabe más el lobo viejo por viejo que por lobo. Piénsenlo, muchos estamos en esa edad en la que no ves las letras de cerca, pero ves a los gilipollas de lejos. No renunciemos, no permitamos que quieran apartarnos de lo que nosotros hemos edificado, no dejemos que olviden que, aquello de lo que disfrutan, se lo hemos dado nosotros.
Un respeto, por favor.
“Ahora es el momento de volver a empezar, que empiece el carnaval, la orgía en el palacio de invierno”. (“Ahora”. Ismael Serrano).
Hoy es siempre, todavía.

