
«Entre amigos y amigas de toda la vida, sobre todo si el contacto es habitual, se produce un efecto de estancamiento: el tiempo parece detenido»
Creo que se puede afirmar que la idea de hacerse viejo no parece gustar a nadie. Es curioso, pero entre amigos y amigas de toda la vida, sobre todo si el contacto es habitual, parece que se produce un efecto de estancamiento: el tiempo parece detenido. Ves al otro y te imaginas a ti mismo veinte o treinta años atrás. Crees que él o ella también te perciben así y, aunque notes en ellos signos de envejecimiento, no eres plenamente consciente del paso del tiempo. Por lo que dicen, creen y hacen, te parece que siguen siendo las mismas personas de antaño. Es como si un muro invisible estableciera una barrera infranqueable a las arrugas y desperfectos de la edad, algo que oculta tu propio presente, sea este como sea.
Parece que en la amistad solo existe un presente continuo: no hubo pasado ni habrá futuro; siempre tendrás la imagen de un tiempo presente estático. Además, los cambios en la personalidad de los amigos, salvo que hayan experimentado grandes impactos psicológicos, apenas se perciben. Estos cambios solo se hacen patentes en conocidos con los que no se tiene un trato frecuente. Con tus amigos de toda la vida, de encuentros habituales, no consigues ser consciente de esos cambios; son más espirituales que corporales, dado que ves en el otro su espíritu joven. Este puede haber madurado, pero si conociste a esa persona en la juventud, no la notarás avejentada. Es como cuando nos miramos al espejo: estamos tan habituados a la imagen de pequeños cambios continuos que no solo no los apreciamos, sino que ni siquiera los hacemos conscientes. Todo esto hace que tampoco seas consciente de que el cuerpo de tus amigos ha envejecido. Quizás esto tenga que ver con el refrán español: «Genio y figura hasta la sepultura«. Es bonito que puedas conservar tus y sus características psicológicas y fenotípicas a lo largo de toda la vida, porque estas te hacen y los hacen ser quienes son. Los amigos te aprecian y te identifican por lo que eres, no por lo que puedas intentar aparentar.
Por eso, es curioso que uno no pueda engañar acerca de sí mismo a quienes conoce desde hace muchos años, especialmente desde la adolescencia y primera juventud. Difícilmente puedes engañar, y menos espiritualmente, a quien te conoce desde entonces. Es como si una impronta indeleble se nos hubiera grabado a modo de etiqueta en la oreja, cual si fuéramos animales de bellota, y a mucha honra. A veces, nosotros mismos nos valoramos y apreciamos mucho menos de lo que ven y piensan de nosotros amigos y conocidos. Creo que esto se debe a que no pueden leernos por dentro como nosotros mismos lo hacemos. Siempre la visión de los sentimientos e imágenes interiores propias será más crítica hacia nosotros mismos, porque esas caras interiores son las que ellos no pueden ver. A veces, uno mismo puede llegar a asustarse de sí mismo por cosas que los pensamientos descontrolados pueden hacer florecer. Es por esto que incluso los enfermos psicópatas no se perciben como enfermos; para ellos, la absoluta normalidad es la que poseen. ¡Qué difícil es mantener una imagen real de ti y de tus familiares y amigos!

