
«Ese tren continúa su marcha imparable con destino a una estación anónima, en la que algún día serás tu quien se baje»
Con frecuencia siento nostalgia de esa juventud ya tan olvidada.
Es sorprendente cuando se es joven tener como única aspiración la de ser mayor sin dar importancia a tu edad, ni a la de los que te rodean. Empiezo a sentir el peso de los años, muchos ya. Como consecuencia de ello, he visto marcharse a gente muy querida. Personas que van quedándose en el camino y que jamás desearías que se fueran.
La naturaleza tiene ese punto de perversidad. Sientes el cariño más profundo hacia personas que son irreemplazables, que forman parte de tu vida, y en el momento más inesperado la implacable guadaña los arranca de tu lado.
Al final, con ese vacío que nos dejan, nos vamos sintiendo cada vez más solos.
Envejecer es eso, asomarse a la ventana de ese convoy y ver las estaciones donde los demás se van quedando, mientras tú intentas en vano auparlos para izarlos a bordo.
Pero ese tren continúa su marcha imparable con destino a una estación anónima, en la que algún día serás tu quien se baje.
(© 2024 Manuel Sanz Real)
