
«De las amenazas teatrales a los colores de guerra: el sainete presidencial que algunos aún aplauden»
Por el momento, el gran Yoyó usa el tutú. Lo usa como arma arrojadiza contra la pobre gente que se cree lo malísima que es la derecha y lo mal que lo pasarán con esta. No se crean que la tela de un tutú es blandita, no: para quedarse en su postura redondeada en la cintura, debe de ser recia.
Por eso el gran Yoyó amaga con algún tutú de esos bien planchados y, con múltiples mentiras, respalda nuevamente su conato de irse y dejar, de su magnánima mano, al descreído pueblo que en su día le votó. “Si me queréis, irse”, decía otra persona hace años, pero para su suerte no era presidenta.
Lo que yo no llego a entender es el hecho de que haya gente tan inocente como para creerse las mentiras sobre la bondad de los grupos socialistas, y menos aún las de este personaje del que no sabemos qué tipo de política practica: si está asentada en la democracia o en una política presidencialista.
Para ello, el presidente de España —vergüenza debería darnos sacarlo a representar a los españoles por el mundo— salió a los medios a dar explicaciones. Pero no sé si es que se ha vuelto majara o que algún consejero le dijo que se pintara los colores de guerra de los sioux. Con cara preparada para un combate sin par, con los colores de guerra, se presentó ante las cámaras de televisión casi como un cordero degollado, para decir que las elecciones no se adelantan, que se celebrarán en el momento y año que corresponda. O sea, en el año veintisiete de este siglo veintiuno.
¿Qué pesada losa nos ha caído a los españoles? ¡Cuán largo me lo fiais! ¿Qué mentiras políticas —y de todo tipo— tendremos que aguantar, como quien cría un pulpo como animal de compañía, hasta que sus votantes se caigan del guindo?
Y es que hay una parte del pueblo que vota no por su país, sino por su ideología. Y esto, que en privado puede estar muy bien, destroza las naciones y el buen nombre de estas en el mundo libre en que vivimos. Que ya sé que decir «libre» en este mundo globalizado es una estupidez, pero una estupidez es bastante mejor que una mentira descarada… no digamos si son varias y seguidas.
Estas son las cosas que me hacen “vomitar” —perdón: desconfiar— de este pueblo absurdo que no sabe dónde va. ¡Aleluya, aleluya, aleluyaaaa! ¿De dónde sacamos este paisanaje? ¿Será algún reducto que quedó del “¡ay, gilí, ay, gilí!”?
Parece que en mi patria la huelga sigue siendo solo paro, la libertad un sueño inacabado, pero uno en el que puedes hablar de lo impensable con tal de no mentar al intocable. Porque entonces caerá sobre ti la diosa tele, lanzando falsedades mugrientas y hasta legales.
Las colas de los que piden algo para comer son, o parecen, cada día más largas, y los precios en los mercados de víveres no dejan de aumentar. De hecho, los cincuenta euros de hace dos años se han transformado en casi cien. Y cada vez que un pobre tonto como yo va a la compra con su mujer, se queda con los ojos como platos… o sea, ojiplático.
Pobrecito el gran Yoyó, con las buenas intenciones que traía, y lo sociales y buenas que eran las posibles acciones a realizar —que no lo niego—, pero del dicho al hecho hay un buen trecho, al que habría que añadir lo que dice el refrán: “Fíate de la Virgen y no corras”.
El presidente, muy Virgen no es, pero sí que se hace el santo Job, que aguanta todo tipo de falsedades e improperios contra su persona… que, en realidad, no se sabe muy bien cuál es: si la de por la mañana, la de la tarde o la de la noche.
Lo que está claro es que llegó hasta aquí montado en un coche —que no en un caballo blanco— y, después de haber arrancado de una piedra la espada Excalibur, se instaló. Pero lo que no se sabe de verdad es si llegó solo o en compañía de otros… que le han salido algo respondones.
Y es por todo esto por lo que empezaba este texto diciendo que, por el momento, el gran Yoyó usa el tutú. Lo usa como arma arrojadiza contra la pobre gente que se cree lo malísima que es la derecha y lo mal que lo pasarán con esta. No se crean que la tela de un tutú es blandita, no: para quedarse en su postura redondeada en la cintura, debe de ser recia.
Por eso el gran Yoyó amaga con algún tutú de esos bien planchados y, con múltiples mentiras, respalda nuevamente su conato de irse y dejar, de su magnánima mano, al descreído pueblo que en su día le votó. “Si me queréis, irse”, decía otra persona hace años, pero para su suerte no era presidenta.
Lo que yo no llego a entender es el hecho de que haya gente tan inocente como para creerse las mentiras sobre la bondad de los grupos socialistas, y menos aún de este personaje del que no sabemos qué tipo de política usa.
No me canso, pero estoy en pausa. No sé realmente cuál es la causa. Pero si consigo superarlo, haré algo… aunque siga siendo calvo. No Sotelo, sino calvo a secas, calvorota. Quizá así pueda volver a jugar con la pelota. Calva aquí, calva allá, maquíllala, maquíllala en un espejo irreal y mírate y pártete…
Casi lo mismo que Pedro… ¿Seré menos?

