
«La pregunta ya no es si hay una pugna por el control institucional, sino si aún queda margen para resistirla desde dentro del propio sistema»
España vive, desde hace años, una transformación silenciosa pero sostenida que afecta al corazón mismo del Estado democrático, su neutralidad institucional. El debate ya no gira únicamente en torno a políticas públicas o alternancias electorales, sino sobre la progresiva captura de las estructuras del Estado por mecanismos de poder partidista, la erosión del principio de separación de poderes y la fragilización del mérito como criterio rector de acceso a las funciones clave del aparato público.
La reforma de los procesos de acceso a la judicatura, a los altos cuerpos de la administración o a determinadas agencias de control no se ha presentado como una ofensiva directa contra la meritocracia, sino como una adaptación a “nuevas realidades sociales”. La sustitución parcial o total de pruebas objetivas por entrevistas personales, evaluaciones por “competencias transversales” o cuotas de carácter político o ideológico no deja de ser, sin embargo, una alteración radical del modelo tradicional de selección. La entrada en vigor de ciertos cambios legislativos o reglamentarios, que introducen criterios más laxos o discrecionales en el acceso a puestos que antes requerían una sólida preparación técnica, genera una triple preocupación, la del debilitamiento de la independencia profesional, la del fortalecimiento de redes clientelares y la del desdén hacia los sectores más capacitados y comprometidos con la función pública como servicio a la ciudadanía, no a una causa.
El Poder Judicial, cuya independencia constituye uno de los pilares esenciales del Estado de Derecho, se ha visto especialmente afectado. La politización del órgano de gobierno de los jueces y el intento de modificar su composición y funcionamiento sin consensos amplios han tensionado la legitimidad del sistema. El resultado es una justicia percibida por amplios sectores como sujeta a presiones externas, lo cual se ve agravado por la estrategia de descrédito constante hacia decisiones judiciales que incomodan al poder. La judicialización de la política, y su reverso, la politización de la justicia, ha dado paso a una tercera vía aún más preocupante, la instrumentalización de los órganos jurisdiccionales y fiscalizadores para proteger a los afines y castigar a los adversarios, lo que mina no solo la imparcialidad sino la propia confianza pública en el sistema.
El cuerpo directivo de la administración pública, tradicionalmente caracterizado por su profesionalidad y estabilidad, está siendo sometido a una creciente presión para alinearse con objetivos políticos coyunturales. Las designaciones discrecionales en órganos directivos, la proliferación de figuras de “confianza” en ámbitos que deberían regirse por criterios técnicos, y la asunción de funciones por personal no funcionario en ámbitos clave constituyen una deriva que disuelve la línea entre el Estado y el gobierno de turno. La consecuencia es doble, por un lado, se facilita la ejecución de políticas sin cortapisas jurídicas ni controles reales y de otro, se genera un “efecto desánimo” entre quienes aún conciben la función pública como vocación al servicio del interés general.
El auge de los casos de corrupción, estructural, sistémica, no episódica, en la contratación pública, la adjudicación de subvenciones o la gestión de fondos europeos, lejos de provocar reformas contundentes, ha derivado en una peligrosa naturalización. La corrupción ya no escandaliza como antes, no porque se haya reducido, sino porque el umbral de tolerancia se ha desplazado. La opacidad en el uso de los fondos, la confusión entre Estado y partido, la sustitución de la transparencia por la propaganda, y el uso arbitrario de los órganos fiscalizadores, son síntomas de una degradación institucional que afecta a todas las capas del Estado. Los ciudadanos, cansados de escándalos sin consecuencias reales, perciben un sistema cada vez más alejado de la rendición de cuentas.
No se trata de un golpe en el sentido clásico, sino de una colonización progresiva de las instituciones. No hay tanques en las calles, pero sí decretos, nombramientos y reformas diseñadas para vaciar de contenido el orden constitucional sin tocar su apariencia. Este fenómeno ha sido descrito por politólogos como Levitsky y Ziblatt. Los sistemas democráticos ya no suelen colapsar por revoluciones violentas, sino por procesos legales aparentemente legítimos que socavan paulatinamente los equilibrios de poder. España, con su sistema parlamentario fuerte y escasos contrapesos federales o institucionales al poder ejecutivo, es especialmente vulnerable a este tipo de deriva. La ocupación del espacio institucional se convierte así en una estrategia de supervivencia política, en la que toda resistencia técnica, jurídica o profesional es desactivada mediante presión normativa, desprestigio público o marginación.
No se trata de una batalla entre partidos, sino entre modelos de Estado. El primero, basado en la profesionalidad, la neutralidad y la legalidad, reconoce que el poder debe estar limitado, sujeto a control y fundado en principios. El segundo, más oportunista, ve al Estado como un botín, una herramienta para la transformación cultural o la consolidación del poder a largo plazo. La pregunta ya no es si hay una pugna por el control institucional, sino si aún queda margen para resistirla desde dentro del propio sistema. ¿Hasta dónde puede ceder un orden constitucional sin colapsar? ¿Dónde está el punto de no retorno?
La ficción política se ha hecho indistinguible de la realidad. Lo que ayer parecía argumento de serie distópica hoy se presenta en forma de boletín oficial. El “asalto a todas las instancias del Estado” ya no es solo una metáfora, es una dinámica observable y documentable. Frente a ella, la respuesta no puede ser el cinismo o la resignación. La defensa de un Estado al servicio de todos, y no de unos pocos, exige una ciudadanía informada, instituciones resilientes y una élite técnica y judicial que recupere su orgullo de ser garantes, no cómplices. Si el miedo a perder algo acaba por imponerse, no me cabe la menor duda, al final de este camino no quedará nada que conservar.

