
«Menos impuestos e inventos como la ‘huella de carbono’ y más salir a limpiar ríos y dejar a los ganaderos y agricultores limpiar los campos y bosques»
España arde por los cuatro costados y tenemos a los bufones del déspota echando leña al fuego, el uno, el del ‘puto amo’, vociferando y vomitando bilis, mientras el otro, ministro de in-justicia, nos da la matraca con el cambio climático y defensa frente a lo que llama negacionismo para acusar de oscurantismo y superstición a los que no siguen el relato oficial.
Vivimos el retorno a lo peor de Roma cuando Suetonio tras el incendio de la capital imperial y la consiguiente persecución a los cristianos los describía como «hombres que siguen una nueva y maléfica superstición».
Ahora nos hablan de incendios de ‘sexta generación’ como consecuencia de inventar términos en la línea de la mentira, el miedo y la manipulación… ya saben las 3M, herramientas de la porquera política.
Deshielo de los polos, capa de ozono, calor en verano, plásticos, consumo del petróleo, huella de carbono, los pedos de las vacas, el consumo de carne, la ganadería extensiva, la agricultura, frío en invierno, lluvias torrenciales, inundaciones y un culpable: la especie humana. En definitiva un suicidio alimentado por los tahúres del globalismo que nos dan como solución frente al capitalismo el nuevo socialismo, la receta que cambia de cara frente a su sempiterno fracaso.

Es decir, crear un problema y luego dar la solución tras establecer un culpable. Recordemos cómo el historiador Tácito relata que cuando la población de Roma comenzaba a buscar un chivo expiatorio para desatar su ira por el incendio provocado, y ante los persistentes rumores que indicaban que Nerón era el único responsable, el emperador acusó públicamente a los cristianos de provocar el siniestro, desatando la primera persecución romana de la historia. Durante esta cruel persecución, en la cual serían asesinados los apóstoles Pedro y Pablo, miles de cristianos fueron arrojados a las fieras mientras que otros fueron quemados vivos y crucificados.
Tácito escribe en sus Anales: «Para librarse de la acusación, [de haber quemado Roma], Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. Cristo, de quien toman el nombre, tuvo su origen, sufrió la pena capital durante el principado de Tiberio de la mano de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y esta dañina superstición, de tal modo sofocada por el momento, estalló de nuevo no únicamente en Judea, fuente primigenia del mal, sino también en Roma, donde todos los vicios y los males del mundo hallan su centro y se popularizan. Así pues, se empezó por detener a los que confesaban su fe; luego por las indicaciones que estos dieron, toda una ingente muchedumbre quedaron convictos, no tanto del crimen de incendio, cuanto de odio al género humano. Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces eran quemados al caer el día a guisa de luminarias nocturnas. Para este espectáculo, Nerón había cedido sus propios jardines y celebró unos juegos en el circo, mezclado en atuendo de auriga entre la plebe o guiando él mismo su carro. De ahí que, aun castigando a culpables y merecedores de los últimos suplicios, se les tenía lástima, pues se tenía la impresión de que no se los eliminaba por motivo de pública utilidad, sino para satisfacer la crueldad de uno solo».
En esta neo-religión existen actualmente cómplices dentro de la jerarquía cristiana, como el señor Cobo, que defienden las celebraciones de la ‘religión del amor’, con probada vocación de dictadura global frente a la propia religión del perdón, callando de forma cobarde desde el atentado sobre la Basílica de El Escorial, aceptando las políticas globalistas, llegando al silencio y ocultación de la persecución a los cristianos en Nigeria, Mali, Congo o en Oriente Medio y Asia en general.
Asistimos desde hace muchísimo a la prostitución del lenguaje y a la destrucción de los valores que sustentan a toda sociedad.

No se trata de un parte meteorológico, es una puesta en escena, una «performance», al servicio del relato globalista. Cambiar el diseño a colores calientes, exagerar los gráficos añadiendo dramatismo en el tono es prueba de padecer la clásica manipulación propagandista con la finalidad de preparar psicológicamente a la población para aceptar las anteojeras para aceptarlas políticas de control, restricciones energéticas, digitalización forzada y pérdida de libertades tal como exige la Agenda 2030.
Mientras nos asustan con el mapa, ellos diseñan un marco para el nuevo orden social basado en el miedo climático haciéndonos sentir culpables por respirar y agradecidos por renunciar a nuestros derechos y restringir nuestra libertad.
Debemos ser firmes en nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.
Leamos de nuevo el mapa y veamos que las temperaturas del mapa verde del 2017 son más altas que las del mapa del 2022.
En esto del clima hemos de recordar ejercitando un poco nuestra memoria que mucho antes de la matraca del ‘cambio climático’ se hablaba del deshielo de los polos y de los cientos de archipiélagos y zonas costeras que desaparecerían en un colapso global que jamás se produjo, a pesar de las decenas reportajes, presentados como científicos, y de películas catastrofistas como la de «El día de mañana» con aquella ola que iba a arrasar medio mundo y que nos presentaba Nueva York comida por el océano y luego bajo el hielo, cosa que no digo que no vaya a ocurrir, pero que quizás venga de fuera como el pedrusco de hace 66 millones de años que acabó con los dinosaurios o con la explosión de un mega volcán como el de Yellowstone, cosas en las que el hombre no tiene ni voz ni voto posible.
Luego vino lo que ya he citado del agujero en la capa de ozono con el que se nos asustó y dejamos de usar el desodorante en espray, pero cuando todos esos fatales eventos que se nos iban vaticinando se constataba que no sucedían entonces llegó la gallina de los huevos de oro del cambio climático que sale de la boca de Sánchez y Bolaños un día sí y otro también, un fenómeno al cual se le carga la responsabilidad antropogénica de todo evento terrible contingente que puede suceder o no suceder… calor en invierno ¡cambio climático!… frío en invierno ¡cambio climático!… frío en verano ¡cambio climático!… calor en verano ¡cambio climático!
Pero lo terrible no es que el cambio climático mate o no mate es que son las políticas creadas al efecto por los creyentes de esa patraña, origen de millonarios interesen en todos los ámbitos, las que destruyen y matan, comenzando al prohibir que se limpien los bosques o los cauces fluviales, o cuando se impide las construcción de frenos y canalizaciones en barrancos cuyo régimen se conoce secularmente, todo ello acompañado de una destrucción sistemática de la infraestructura necesaria que habría evitado la tragedia como la última vivida en el Antiguo Reino de Valencia.
En esa invención de términos de la neo lengua surgió el término DANA, Depresión Aislada en Niveles Altos fenómeno meteorológico caracterizado por una masa de aire frío que se separa de la circulación atmosférica general y se desplaza de forma independiente, a menudo generando fuertes lluvias y tormentas, vamos lo que se ha llamado de toda la vida ‘gota fría’.
‘DANA’ se unió a lo del terrorífico ‘cambio climático’, aderezado con ‘emergencia climática’, pero los que pasamos el bachillerato que nos enorgullece recordamos las cuatro glaciaciones principales del Pleistoceno, también conocido como Cuaternario, Günz, Mindel, Riss y Würm, nombradas de esa manera por afluentes del Danubio en los Alpes, donde se identificaron por primera vez sus depósitos. Sabemos que estas glaciaciones fueron períodos de frío intenso con extensas capas de hielo, alternados con períodos interglaciares más cálidos y desde luego que el hombre nada tuvo que ver en ellas y más cambio climático que esos cuatro resulta difícil de imaginar.

Tanto que se nos habla y mete miedo con los ‘gases de efecto invernadero’, si no fuera por el efecto de esos gases la Tierra estaría permanentemente a 17 grados bajo cero en las escala Celsius, 1.4 en Fahrenheit, con lo cual es evidente que la vida humana sería bastante dificultosa en la Tierra, más que nada porque no crecería materia vegetal alguna al no existir un ciclo anual con necesarias primaveras, aunque los superhéroes habitantes siberianos de Yakutsk y del pueblecito de Oymyakon soporten estacionalmente -50 grados y -71.2 grados Celsius respectivamente.
Del CO2 que es el alimento de nuestros bosques, sabemos que el 97,1 % de todo ese gas generado es de origen natural en cifras correspondientes al año 2001, y el resto, el 2,9 es de origen humano, es decir menos del 3 %, frente al 97 %, que es la proporción emitida por el ser humano es el responsable del cataclismo del que se culpa a la especie humana y concretamente a la europea a la que se saquea y roba fiscalmente en aras al sacrificio en ese altar mesiánico de la salvación globalista… decir cambio climático y no decir nada es lo mismo por mucho que Sánchez y Bolaños sigan tarareando la misma aburrida e insolente canción.
El dióxido de carbono (CO2) es esencial para la vida de los bosques, ya que es un componente clave en el proceso del fenómeno de la fotosíntesis, mediante el cual las plantas producen su alimento. Los árboles absorben CO2 de la atmósfera y, junto con el agua, lo utilizan para crear los azúcares que les sirven de alimento, liberando así el oxígeno como producto de desecho, nuestro alimento vital. Además, los bosques actúan como sumideros de carbono, almacenando grandes cantidades de este gas en su biomasa, lo que ayuda a mitigar las variaciones climatológicas.
Sigo yendo a la sierra o al río como cuando era un niño y veo tanta basura, tanta mierda como antaño, o las dichosas manchas negras de chicles pegados en el suelo, que podemos contemplar por decenas o cientos en paradas de autobús, a la entrada de colegios o centros comerciales e incluso lamentablemente dentro de iglesias.
Así que menos impuestos e inventos como la ‘huella de carbono’ y más salir a limpiar ríos y márgenes de carreteras, reciclar papel, telas, cristal y plástico, plantar árboles, dejar a los ganaderos y agricultores limpiar los campos y bosques como llevan haciendo cientos de años, seguir controlando y canalizando el agua como motor de vida, y no abandonar grandes sedales, redes a la deriva y plásticos en el océano, desde que en la década de 1950-60 irrumpió en nuestras vidas con dos millones de toneladas anuales hasta alcanzar las 381 millones de toneladas generadas en 2015.

