
«Convertir a los maulets en libertadores de una nación catalana secularmente oprimida es una falsedad histórica»
Durante años, se ha idealizado a los maulets como héroes de la libertad catalana. Se les presenta como un ejército popular que se levantó contra la opresión borbónica, como símbolos de resistencia nacional frente al centralismo castellano. La realidad, sin embargo, es mucho menos romántica, y conviene recordarla con precisión, porque la historia no debe utilizarse como herramienta de manipulación emocional.
Los maulets fueron, en realidad, las milicias austriacistas del Reino de Valencia durante la Guerra de Sucesión Española (1701-1714). Su nombre procede de una expresión despectiva que aludía a los campesinos y clases bajas que apoyaban al archiduque Carlos de Austria en contra de Felipe de Borbón. En Cataluña, el término no era habitual, aunque posteriormente se extendió simbólicamente a los resistentes austracistas en general. No eran nacionalistas catalanes, ni luchaban por una república, ni por la independencia. Eran monárquicos austracistas, defensores de un modelo pactista, foral y descentralizado frente al absolutismo borbónico.
Lo que defendían no era un Estado catalán independiente, sino la pervivencia del sistema de fueros y privilegios que existía bajo los Austrias. Su lucha era, si acaso, por preservar el marco institucional propio de la Corona de Aragón dentro de una monarquía hispánica compartida, no contra España. Y sus banderas no eran esteladas, sino enseñas de fidelidad al archiduque Carlos, aspirante a rey de España y futuro emperador del Sacro Imperio.
Lamento que hoy el nacionalismo haya apropiado la figura de los maulets para convertirlos en mártires de una causa que nunca existió en esos términos. Se fundan asociaciones juveniles con ese nombre, se celebran actos conmemorativos que reescriben la historia y se crea una épica de la resistencia que mezcla hechos reales con mitos interesadamente distorsionados. Es, una vez más, una operación de ingeniería simbólica destinada a construir una narrativa de opresión y de lucha por la libertad que no se corresponde con los hechos.
No tengo problema en reconocer la dureza de la represión borbónica, la abolición de fueros, o la centralización impuesta tras 1714. Pero convertir a los maulets en libertadores de una nación catalana secularmente oprimida es una falsedad histórica. Ni existía tal nación en sentido moderno, ni luchaban por su independencia. Lo que había era un conflicto entre dos modelos de monarquía, dentro de un mismo espacio político llamado España.
Hay que decirlo sin miedo, el nacionalismo necesita héroes, y cuando no los tiene, los inventa. Los maulets reales fueron víctimas de un conflicto dinástico, como tantos otros. Pero los maulets del independentismo son una creación ideológica, una figura romántica adaptada a una causa que necesita legitimarse retroactivamente. Yo no comparto esa forma de entender la historia, ni como ciudadano ni como educador. La historia debe servir para comprender, no para manipular.
Si queremos construir un futuro compartido, debemos empezar por dejar de falsificar el pasado. Y si algo debemos aprender de los maulets es que la división interna, el fanatismo ideológico y la manipulación de las causas ajenas solo traen ruina. La verdadera libertad no se construye sobre mitos, sino sobre verdad, memoria crítica y convivencia. Por eso, cada vez que oigo en boca del nacionalismo el grito de “Visca els maulets!”, me permito responder con serenidad: “visca la història, però sense mentides”. La mentira siempre es injusta con los hechos.
