
«Este era el ambiente con el que convivía todos los días y donde nadie era consciente de sus silenciosas lágrimas»
La inquietud por salir se reflejaba en el movimiento convulsivo de sus brazos, aunque una vez en la calle percibía esa placidez que mostraba su rostro.
Sumido en una profunda meditación observaba con voraz curiosidad todo cuanto le rodeaba. La marabunta de viandantes, los semáforos parpadeantes, los árboles derramando su pelusa blanca sobre las aceras y los niños jugando.
Vagar por la ciudad le ofrecía un grado de felicidad que le hacía esbozar una sonrisa constante.
La bocanada a fritura de algún cercano bar, le obligaba a entrar y saborear alguna cerveza al compás bullicioso de ininteligibles conversaciones.
Ya de nuevo en el bulevar se dejaba acariciar por la suave brisa; hasta que la tarde, poco a poco iba deshaciéndose, indicándole que la hora de su regreso estaba próxima.
El sonido a chicharra del portero automático le abrió con brusquedad la puerta. Entre tanto, echó una mirada furtiva unos piadosos brazos que empujando su silla de ruedas le introdujeron en el interior de la residencia. Estremecido, recorrió el largo pasillo viendo como cada tarde a Lucía, siempre con la cabeza caída sobre su pecho; a Gonzalo, arremetiendo contra todos con sus insultos; a Juan, deambulando a duras penas ayudado por su andador.
En definitiva, este era el ambiente con el que convivía todos los días y donde nadie era consciente de sus silenciosas lágrimas.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

