El tesoro. Por Teresita Ávila

–No te lo tomes al pie de la letra, oye. Pero puestos a buscar paralelos, tampoco Pila quería tener hijos. Solo pensarlo, la asustaba. Era demasiado frágil, estrecha de pelvis, qué sé yo cuántas cosas… Y ahí la tienes, tú. Tres hijos en cinco años. La maternidad es un instinto y como tal funciona.

Miguel Delibes, El tesoro
El tesoro. En la imagen fotograma de la película «Hijos de los hombres»

«Decir, como han dicho las responsables de sanidad e igualdad, que “el aborto es un derecho”, no merece la callada por respuesta»

Una de las manifestaciones más evidentes de la decadencia es la pérdida del instinto de conservación. No abogo, por supuesto, por reaccionar de manera desproporcionada a la menor oportunidad que se presente. El espíritu crítico que decimos poseer invita a reflexionar y a observar con lucidez los ángulos del prisma antes de lanzarnos a la aventura de un juicio prematuro. Cierto es que los tiempos conducen a lo contrario. Que lo que funciona y de lo que se obtienen pingües réditos económicos son los excesos. La calma no vende. La mesura pasó de moda. Y el grito descontrolado se adueñó del cotarro televisivo, donde han hecho carrera medianías inservibles para cualquier oficio que requiera alguna habilidad. Tales cesiones han derivado en que la ausencia de raciocinio haya tomado posesión de otros ámbitos en donde jamás debiera haberse permitido, por decencia, el asalto a la inteligencia y el criterio. Pero, como vamos tarde ya, toca ejercer el turno de réplica aunque sea con muy poquita voz, con los escasos recursos con los que se cuente, y a pesar de que no lo conozca a uno ni el Tato. A veces está bien, incluso, pararle los pies a esos que se estiman en mucho. Convertirse –ahora que se lleva tanto poder ser otra cosa– en una especie de “sastrecillo valiente justiciero” y declarar como él: maté a siete de un golpe. Decir, como han dicho las responsables de sanidad e igualdad, que “el aborto es un derecho”, y que desean incluirlo en la Constitución como tal, a la manera de Francia [1], no merece la callada por respuesta. Somos muy de protestar con la boca pequeña. Muy de armar ruido y cosechar pocas nueces, y a otra cosa, que –dada la premura y sucesión de hechos superinteresantes que nos reclaman– no conviene desgastarse.

Las causas justas son exigentes e incómodas. A veces no se las dedica toda la atención por culpa de nuestra falta de tiempo, por estar inmersos en nuestras propias ocupaciones –los dichosos asuntos cotidianos–, en todo lo que la inmediatez pone ante nuestra vista y conviene atender. No le recrimino a nadie que esté en lo suyo, pues todos nos debemos a lo que nos concierne como primera obligación. Pero hiere que exista una falta de convocatoria, de comunidad, en aquello que supone el sacrificio de una parte esencial de la trascendencia. Y no sé hasta qué punto somos conscientes de ello. Empeñarnos en desaparecer de esa plaza, de esa arena incómoda, sí es un signo –si no de cobardía– de dejadez. Como si nos absolviéramos de un pecado leve. La voz, la particular de cada uno, bien podría animar a otras, a muchas otras más –posiblemente–, a resonar. Nos escudamos en nuestra pequeñez, en nuestra insignificancia, para escamotear batallas que causarán las lágrimas y la derrota de otros. Dejaremos heridos y muertos. Huérfanos de palabras sensatas que alienten a otros a escuchar su voz interior. Los derechos no pueden surgir de una clara desproporción de las partes. Si tan sensibles nos mostramos ante ciertos dolores, si suscitan posicionamientos y reivindicaciones tan vitoreadas, no entiendo esa ausencia de delicadeza cuando atañe a los más vulnerables de todos, a los que dejamos cosificar como si fueran un conjunto amorfo [2].

La extrema desprotección de la vida no atañe a lo individual, a la moral particular de cada uno. Esa manera de desligarse no evita la peor de las soluciones, al contrario, fomenta y recrudece esa indefensión por la omisión de socorro. Y eso es grave. Cuidar la vida como un tesoro desde su mismo origen, poner el acento en su preservación, se alinea precisamente con los tan cacareados principios de biodiversidad, de sostenibilidad y de futuro. No se entiende en este caso por qué se admite el privar de un bien en proyecto. Por qué no puede apostarse, empeñarse, en la causa de mayor ambición posible, que consiste en infundir el valor necesario –y los medios que se requieran– para que alguien sea, se geste, exista, al igual que estamos convencidos de la excelente rentabilidad de una inversión. Si permitimos ese expolio esencial, nada podrá detener otras tantas quitas de consecuencias funestas.

El vacío semántico quiere ocupar el espacio de los úteros que deberían llenarse de humanidad. Como siempre, dispensan el remedio –irónicamente hablando– a las que, supuestamente, pretenden proteger –tristes cobayas de su banco de pruebas–. Y como dije al comienzo, la falta de instinto también nos asesina y nos condena a todos, culpables en definitiva. Y si no queremos verlo así, les recordaré, además, el panorama implacable, feo como pocos, gris, que se dibujaba en una de las distopías más interesantes que viene al caso, la película Hijos de los hombres, donde un mundo condenado a la extinción clamaba por un milagro, el que se obra tan solo con el vagido de un pequeño recién nacido.

NOTAS_______

[1] Francia es el único país que tiene blindado el derecho al aborto en su Constitución

 

¿Cómo llegó Francia a incluir el derecho al aborto en su Constitución?

 

[2] Bibiana Aído dice que un feto de 13 semanas es «un ser vivo» pero «no humano«

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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