(I) Lugares de Madrid: El Museo Naval. Por Diego Pardos

El Museo Naval.

«Entre beso y trago, los jóvenes se fueron enterando de toda la conversación: había un plan en marcha para atacar el Museo Naval. Paula y Lorenzo eran agentes del CNI»

La ministro de Defensa, Margarita Robles, mantenía un semblante serio sentada en el sillón de su despacho del paseo de la Castellana. Se acercaba el día de la Hispanidad y los preparativos del desfile militar la traían de cabeza. Se debatía entre mantener las buenas relaciones con la Casa Real y conservar su cargo complaciendo las exigencias de Presidencia del Gobierno. Los tres marinos que la acompañaban, a duras penas contenían su nerviosismo. A través de la pantalla del teléfono portátil marcó el número del ministro del Interior. 

 

-Fernando, soy Marga -aclaró inútilmente-. 

-Dime, Margarita -respondió Grande-. 

-Tengo conmigo a Teodoro, al almirante Piñeiro y al capitán de Navío Escrigas -soltó de carrerilla como si nos hubiera invadido la flota inglesa-. 

-Ah, por fin se ha decidido García Egea a pasarse al PSOE -se alegró Marlasca-. 

-A ver, se trata del almirante Teodoro López, jefe del Estado Mayor de la Defensa -aclaró-. 

-Pues tú dirás, querida… 

-Necesitamos tu ayuda. Un equipo de hombres dispuestos a todo; dispuestos a servir y proteger. 

-Pues echa mano de los infantes de Marina -sugirió con recochineo-. 

-No estamos para bromas, magistrado. 

-Siendo así creo que tengo la agencia adecuada, descuida. Su última operación fue un éxito en la lucha contra el tráfico de hachís a nivel internacional. La UCO a su lado es una aficionada. 

-Tampoco te pases, Fernando. Yo había pensado que bastará con algún grupo modesto de la Policía o la Guardia Civil. 

-Nada, que los tengo ocupados de vigilancia en Galapagar -zanjó el ministro-. 

 

Dos días antes de esta conversación, una pareja de novios había quedado para hacerse carantoñas y beber cerveza. Paula y Lorenzo no se decidían por el lugar. Habían pensado ir al bar del chino Chen en Usera, pero finalmente, por hallarse en el centro se decidieron por acudir a la taberna Garibaldi. Allí, dentro de un ambiente selecto (a juzgar por el precio de las cañas) coincidieron con dos mujeres, Vicky y Luna parecían llamarse, recién salidas del salón de belleza (pues el airoso peinado que lucían no pasaba desapercibido). Merendaban un emparedado de lechuga vasca (Eusko Label) y tomate rosa de Barbastro, productos procedentes del establecimiento vallecano La Garbancita Ecológica, tienda donde compra la diputada podemita Jone Belarra. 

 

Entre beso y trago, los jóvenes se fueron enterando de toda la conversación: había un plan en marcha para atacar el Museo Naval. Paula y Lorenzo eran agentes del CNI. Y ese era su día libre, afortunadamente. Porque sabido es que los buenos servicios se hacen siempre en los ratos libres. 

 

El Museo Naval queda a mano izquierda si uno baja por el Palacio de Telecomunicaciones después de asistir al pleno del Ayuntamiento (donde la señora Toscano es insultada por la señora Maestre, según costumbre) y a mano derecha si abandonamos el hotel Ritz (donde habremos terminado nuestro turno de trabajo) y subimos por el paseo del Prado. Este museo tiene una historia agitada, como azotada por los temporales de la mar océana que lo han llevado de una a otra calle de Madrid (Mayor, Bailén) hasta su actual ubicación que data de los tiempos de la II República. Yo creo que poner este museo en la capital de España es una muestra más del rancio centralismo mesetario. Por ello es raro que ninguna de las nacionalidades históricas con puerto de mar hayan reivindicado y pedido para sí su traslado. Es una idea que proporciono sin coste a los presidentes autonómicos de Euzkadi, Galiza o Catalunya, si no les molesta que la gloriosa historia de nuestra Armada se conozca en Guetaria, Vigo y Port-Bou. La visita del Museo Naval es obligada, pero no me extenderé en loas pues urge avanzar en las vicisitudes y manejos de la Vicky y la Luna y los espías libadores del Centro Nacional de Inteligencia. 

 

Llegó, por fin, el día doce de octubre, fiesta nacional, día de la Hispanidad, mal llamada en tiempos de Franco “Día de la Raza”. Margarita Robles, centrada en los fastos de la plaza de Neptuno, no reparaba en lo que a pocos metros iba a suceder. Grande Marlasca ya había contratado a los especialistas encargados de vigilar y evitar el atentado contra el Museo Naval. Estaba, pues, tranquilo y sereno, sólo preocupado por los pitos y gritos que la ultraderecha sin duda perpetraría esa misma mañana contra las más altas instituciones del Estado. Menos mal que Televisión Española, haciendo gala de servicio público, realizaría una retransmisión a la altura de las circunstancias. Tenía el señor ministro, sobre la mesa y antes de comenzar los actos, un informe completo (elaborado urgentemente por el equipo de Lorenzo y Paula y proporcionado por Defensa) de Futuro Vegetal, la organización vegana que ya en 2022 había llamado la atención en el Museo del Prado pintando sus paredes y cuyas activistas de entonces pegaron sus manos a los marcos de las Majas de Goya. Lo realizaron, eso sí, sin necesidad de desnudarse como hacen las desvergonzadas de FEMEN, respetando al menos la moral y las buenas costumbres que imperan en nuestra más eminente pinacoteca. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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