
«Al mirarme en el espejo, un pánico insuperable se apodera de mi al ver en él una cara monstruosa que no es la mía»
Tras levantarme como cada mañana, con la misma rutina, me dirijo al cuarto de baño. Al mirarme en el espejo, un pánico insuperable se apodera de mi al ver en él una cara monstruosa que no es la mía. Me miro una y otra vez en otros espejos de la casa y todos confirman la transformación de mi rostro. Intento calmarme pensando que lo que estoy viviendo no es real.
Salgo de casa hacia la oficina con el vehemente deseo de que mis compañeros me verán con mi auténtico rostro, y convencerme así, de que todo habrá sido una ilusión óptica. En la puerta del trabajo, el personal de seguridad me niega el paso. Me dirijo a ellos con familiaridad, llamándoles por sus nombres, hasta que su intransigencia me hace desistir.
De manera errática vago por las calles intentando entender lo que está pasando. Acudo al bar donde desayuno todos los días desde hace años, y al hablar con los camareros, con la confianza de siempre, veo en sus caras la extraña frialdad de estar con un cliente que no conocen.
Pasados unos meses recibo una carta de despido por faltas continuadas. Como consecuencia de ello las deudas empiezan a oprimirme, lo que me obliga a abandonar mi casa.
La oscura noche me devora. Termino sentándome en un solitario banco intentando mantenerme en un estado de vigilia, ya que siento miedo, pero el cansancio me derrota. Acaricio mi cara y noto la aspereza de mi barba de varios días, quizá de semanas, puesto que ya he perdido la noción del tiempo.
El frio del amanecer me destempla y me obliga a refugiarme en una estación de metro. Allí un voz me susurra al oído como un canto hipnótico. Me dejo llevar por ella y haciéndole caso, noto sin dolor, como el tren va mutilando mi cuerpo, esparciendo los restos a lo largo del andén.
(© 2025 Manuel Sanz Real)
