Esas voces. Por Julio Moreno 

Esas voces.

 Anoche mientras dormía, sentí una culpa que no era mía”. (Pablo Alborán). 

Mediada ya la cincuentena, en ese momento vital en el que ya eres consciente de que la cosa puede acabar en cualquier momento, de que ya has recorrido gran parte del camino y de que hay cosas que si no has logrado ya, nunca lograrás, creo que llega el momento de afrontar aquello que te ha llevado hasta el lugar en el que estás; de ponerte ante el espejo y ser capaz de confesarte aquello que nunca confesarás a otros. Todo aquello que, de algún modo emponzoña tu alma y tus noches en vela. 

 

Es un ejercicio duro, difícil de llevar a cabo, pero no por ello menos necesario, menos sanador. Una limpieza del alma que pueda llevarte al perdón, no de los otros, sino de ti mismo. Un juicio postrero para los que no pensamos que tras la muerte exista el juicio final, por convencimiento o por cobardía, y preferimos la nada a una eternidad que comienza sometiendo a veredicto una vida llena de errores, de decisiones equivocadas y de ruptura de principios, que es la vida de todos los que no nos hemos acercado a la virtud ni desde lejos. 

 

Tengo la fortuna, inmerecida a todas luces, de tener una imagen pública aceptable, de ser apreciado, mayoritariamente, en mi círculo cercano. Siempre he sido consciente de esto, de que despierto simpatías. Por eso, entre otros motivos, siempre he llevado a la espalda el síndrome del impostor. Puede que sea porque, aunque aparento una laxitud total a la hora de juzgarme, aunque siempre presumo de que no me importa en absoluto lo que otros piensen de mí, a la hora de la verdad soy muy consciente de mis muchos defectos, de mis escasas virtudes. Esto, en cierto modo, propicia que nunca juzgue con severidad los errores ajenos. Sin embargo, los propios me atormentan cada vez más, a medida que me acerco a la meta final. 

 

Son esas voces, esas presencias inesperadas que te asaltan en la cama, sin venir a cuento, como cadenas de datos perdidos en tu cerebro que de pronto se entrelazan y te sacan de tu sueño. Esos sucesos, esos hechos, que has intentado condenar al olvido, pero que vuelven de manera inopinada cuando menos te lo esperas, para recordarte que la mierda flota; que en su recorrido errático en el embalse de tu memoria pueden impactarte en cualquier momento. 

 

Soy consciente, sin embargo, de que es la suma de mis muchos errores y de mis escasos aciertos la que me ha traído hasta aquí. Y, asombrosamente, estoy donde quiero estar, pero eso no es óbice para que el remordimiento apriete su soga, por lo hecho y por lo ignorado, por lo hablado y lo callado, porque muchas veces no hace falta mentir para no decir la verdad. Porque un silencio puede hacer mucho más daño que una palabra mal dicha. 

 

Ahora, que me faltan tantos, que ya no puedo decir aquello que no dije en su momento, que no puedo callar lo que no debí decir. Ahora que no puedo pedir perdón, que no puedo suplicarlo , que no puedo dar el abrazo que no di, no encuentro consuelo en recordar los muchos momentos en los que acerté, en los que estuve allí, cuando en medio de la noche me asalta la certeza de las veces que fallé. 

 

Son esas voces, aunque en forma de silencio, las que me acompañarán hasta el final de mis días. 

 “ Qué he hecho, cuantas mentiras he dicho. He jugado con aquellos que rescataron mi alma. He llegado al punto en el que estoy perdiendo el agarre, o ¿todavía hay tiempo de volver al ritmo de las cosas?”. (“The swing of things”. Aha). 

 

 

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Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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