
«No sé si estoy envejeciendo, o simplemente es la sensación gris que produce en mí este tiempo bastante inaguantable e insoportable»
Estuve esta mañana, recién levantado de la cama, aún con las legañas puestas sentado en mi sofá, con mi desayuno, que había colocado sobre una mesita, viendo y casi escuchando, la televisión. En concreto Antena tres, que dentro de lo que hay en la “caja tonta”, parece de lo más potable. El resto de las opciones, pueden estar mejor o peor, pero lo que está claro es que no hay color. No sé si estoy envejeciendo, o simplemente es la sensación gris que produce en mí este tiempo bastante inaguantable e insoportable.
Recuerdo, unas Navidades de hace ahora unos veintiocho años, en que estaba colocando los adornos del árbol de Navidad con mi hijo que entonces tendría unos cuatro años. Estábamos los dos manos a mano, con las bolas de colores, cuando por la ventana vi que empezaba a nevar. Como sabía que mi hijo no había visto aún la nieve, lo cogí en brazos y lo acerqué a la cristalera del salón, para que viera caer los copos que en ese momento ya eran grandes y muy abundantes.
Recordé que esto mismo lo había hecho mi madre conmigo, cuando vivíamos en Francia, en El Havre, una noche, en la que igual que aquel día estábamos poniendo el árbol de Navidad. Ese recuerdo de mi madre que me había cogido en brazos y llevado hasta la ventana de uno de los cuartos que daban a la calle, arropado con una manta, es uno de los más tiernos que recuerdo de aquella época de los siete u ocho años.
Creo que había tenido una pesadilla, me había despertado angustiado y sudando, después de haber leído una aventura de Tintín en la que él, subido con su perro Milú en un globo, eran arrastrados por el viento. Estuvo conmigo sentada en la cocina, con la ventana abierta, para que el aire frío, me liberara de la angustia. Así fue, pasaron solo diez minutos, cuando pregunté: «Mamá ¿están quitando las plumas a una gallina?».
Mi madre sin poder evitar una sonrisa me dijo: “No hijo, lo que pasa es que está nevando”. Yo saqué la mano al exterior y traté de coger algún copo, que por supuesto se derritieron en el momento de entrar en contacto con mi calor. Estuve extasiado durante unos minutos y por supuesto me olvidé de la pesadilla. Son esas cosas qué recordadas, hacen que tu niñez sea el periodo más impactante de tu vida.
Pero entonces siempre había respuestas a las preguntas. Hoy en día hay respuestas sin preguntas y preguntas sin respuesta, porque el mundo es un absoluto caos, en el que casi nadie está dispuesto a poner orden.
Y por esto es por lo que empezaba con algo tranquilizador como que: Estuve esta mañana, recién levantado de la cama, aún con las legañas puestas, sentado en mi sofá, con mi desayuno, que había colocado sobre una mesita, viendo y casi escuchando la televisión. En concreto Antena tres, que dentro de lo que hay en la “caja tonta”, parece de lo más potable. El resto de las opciones, pueden estar mejor o peor, pero lo que está claro es que no hay color. Nada como el blanco puro de los copos de nieve. No sé si estoy envejeciendo, o simplemente es la sensación gris que produce en mí este tiempo bastante inaguantable e insoportable.
