
“La identidad nacional es el alma de un pueblo, forjada en la memoria de su historia, en la esencia de su cultura y en el arraigo de sus tradiciones; una herencia que debe preservarse con orgullo”

Lo que se conoce como la Crisis del Siglo III en Occidente, periodo comprendido entre los años 235 y 285 d. C., es considerada como el verdadero declive en cuanto a las estructuras establecidas en el Imperio Romano. En el aspecto político, con una inestabilidad hasta entonces no conocida y la corrupción del ejército que llevaría a la proclamación de veinte emperadores en este periodo, provocó gran inseguridad y un profundo debilitamiento del poder central.
Aunque confluyeron diversos factores que llevaron a la desintegración del Imperio, la invasión de los bárbaros, se convertiría en un acelerador definitivo para que se produjera esa descomposición, aprovechando la gran debilidad política y la crisis económica y social que atravesaba Roma.

Ya en el siglo III, concretamente en el año 286, el emperador Diocleciano (244-311) realizó una primera división administrativa en el Imperio debido a la gran extensión que éste abarcaba, pero sería en el año 395 cuando por expreso deseo del emperador Teodosio I (347-395), que consolidó el cristianismo cono religión oficial del Estado, cuando se produjo la división del Imperio, quedando repartido tras su muerte entre sus dos hijos, Honorio (384-423), a quien le otorgó la parte occidental con capital en Roma y Arcadio (378-408) que asumiría el poder del imperio de Oriente con capital en Constantinopla, actual Estambul, originariamente conocida como Bizancio.

El Imperio oriental sobreviviría hasta 1453 al estar mejor defendido y no sufrir los desequilibrios en las fronteras, la corrupción desmedida, los abusos externos y sostener una política mejor organizada; en Occidente, sin embargo, el declive era cada vez más evidente.
En realidad, se trata de la finalización de un largo proceso que abarcaría siglos y finalizará con el periodo de la Antigüedad Clásica para dar paso a la Edad Media.
En cuanto al aspecto económico, el Imperio sufría una importante crisis financiera con una fuerte inflación, la moneda devaluada y una considerable subida de impuestos que provocaría una tensa situación social con grandes dificultades para la población rural que comenzaría a trabajar en extensas tierras comenzando así el proceso de feudalización; a esto hay que añadir el inmenso gasto que suponía mantener el ejército que debía controlar una inmensa frontera.
En este contexto, se adoptarían medidas que en un principio parecían prácticas pero que acarrearían grandes riesgos; en los siglos IV y V se decidió incorporar guerreros bárbaros al ejército romano, en un principio llegados con el pretexto de huir de los hunos.

Estos soldados procedentes de las tribus germánicas, francos, godos o vándalos entre otros, tenían una gran preparación y tradición guerrera y eran conocidos como foederati, llamados así por el tratado que firmaban llamado foedus. Proporcionándoles tierras a cambio de pertenecer al ejército, dinero, manutención y el derecho a asentarse en provincias cercanas al limes, se convertirían en aliados de los romanos para apoyar a Roma cuando se les necesitara.
Sin embargo, lo que inicialmente se pensó como una colaboración que podría ser beneficioso para el propio Imperio, con el tiempo se convirtió en una “barbarización” del mundo romano, más concretamente del ejército, parte fundamental en esta sociedad.

El factor más decisivo para que se produjeran los acontecimientos posteriores y lo que se denomina la Caída del Imperio Romano de Occidente fue por tanto la invasión de los pueblos bárbaros que no solo actuarían desde fuera de las fronteras, sino que también se habían asentado paulatinamente dentro de los limes del Imperio.
La falta de integración, la corrupción y la violencia provocaron el caos, situación que aprovechó esta nueva población para desafiar a los generales del ejército romano, permitiéndole alcanzar cargos relevantes ocupando posiciones estratégicas en importantes regiones del Imperio.
Los bárbaros, manejaban a los emperadores a su antojo, llegando a fragmentar el poder imperial en Occidente. De este modo, sin efectividad en la defensa de las fronteras, con grandes contingentes que no defendían a Roma con lealtad, a veces descontentos por el incumplimiento de pactos, unido a las revueltas y enfrentamientos, se fueron instaurando las bases para los reinos que sucederían al Imperio Romano de Occidente.
Cronológicamente se pueden apuntar varios episodios determinantes para que se produjera finalmente la destrucción de las fronteras de Roma.

La Batalla de Adrianópolis (actual Edirne, en Tuquía) en el año 378, con la muerte del emperador Valente (328-378) macaría el inicio del declive militar romano. El caudillo Alarico I (c.375-410), ya había intentado varias invasiones en el territorio itálico y llevado a cabo tratos con generales romanos y con el Senado, cuando consiguió llegar a Roma con la ayuda de los foederati, que lo apoyaron como represalia por la decisión del emperador Honorio de asesinar a los familiares de quienes habían traicionado al Imperio y apoyado a Alarico, logró su objetivo.

El Saqueo de Roma del año 410 supuso un duro golpe para el Imperio, aunque los territorios romanos tendrían que afrontar aún nuevas invasiones, algunas de ellas tremendamente crueles como las protagonizadas por el vándalo Genserico (c.389-477) que atacó la gran Urbe en 455. Finalmente, en 476 Odoacro (c. 433-493), un antiguo servidor de Roma, tras destituir al jovencísimo emperador Rómulo Augústulo (c.461-c.511) que se retiró al Castello dell´Ovo en Nápoles, se proclamó Rex sin asumir el título de emperador.

Sin embargo, aunque la masiva incorporación de tribus bárbaras al ejército romano aceleró la caída del imperio, este hecho no supuso el ocaso e la esencia de Roma. Pueblos como los francos en la Galia, los visigodos en Hispania o los ostrogodos en la península itálica no destruyeron la cultura romana; la adoptaron y se adaptaron a ella. De esta poderosa simbiosis entre lo romano y lo germánico, una fusión de instituciones, derecho, lengua y costumbres cuya trascendencia es, sin duda, grandiosa.
Los bárbaros se infiltraron progresiva y casi imperceptiblemente en un principio por los limes del Imperio; su llegada fue consentida por las autoridades romanas que permitieron que esto ocurriera. Se asentaron, se organizaron para rebelarse y finalmente gobernaron cuando un imperio decadente ya no podía imponer sus normas.
Hoy en día, nuestra querida Europa afronta un fenómeno que presenta sorprendentes paralelismos con aquella situación en la Roma del siglo V. Nuestras fronteras han de enfrentar una presión sin precedentes, no solo por el deseo de personas que huyen de una situación de pobreza, persecución o conflicto bélico, se trata de movimientos orquestados por intereses políticos, ideologías, tramas ocultas entre gobiernos y mafias o redes criminales organizadas que, detrás de esa fachada “humanitaria” intentan que esa pobre gente se instale en Europa, no con la idea de integrarse, sino con la clara intención de desestabilizar y ocupar el territorio hasta transformar radicalmente la cultura e identidad de Occidente.

Mientras tanto, los gobernantes de la élite europea permanecen dormidos, los ciudadanos día tras día nos levantamos perplejos y nos preguntamos… ¿despertarán antes de que el amanecer ya no sea nuestro? La verdadera amenaza no procede de fuera, sino de la indiferencia y el silencio frente a nuestro propio destino, lo que los hace cómplices.
Y es que en la vida, alguna vez hay que pegar un puñetazo en la mesa y decir ¡C..JONES, HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO! Pero para eso hay que ser valiente.
Málaga, 2026

