
“Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir”. (José Martí).
Cuando en los comicios del 14 de marzo de 2004 el PSOE liderado por José Luis Rodríguez Zapatero se erigió como el partido más votado, no podíamos intuir que nos acercábamos a una de las etapas más oscuras de nuestra casi adolescente democracia.
La legitimidad de tales comicios, tan solo tres días después de los atentados del 11 de marzo, que se habían cobrado la vida de 193 personas en la ciudad de Madrid fue, y sigue siendo hoy en día, muy cuestionable. En una España conmocionada por estos sucesos terribles, fue, únicamente, el oportunismo de la izquierda, liderada por el PSOE y Zapatero, la que impidió el aplazamiento que, en cualquier democracia sólida del planeta, hubiese sido lógico y necesario.
No es de extrañar, no obstante, en un político que, semanas antes, había manifestado en un plató de televisión que le convenía que hubiera tensión, cuando pensaba que los micrófonos estaban cerrados.
A partir de entonces, y hasta hoy en día, a través de su pupilo aventajado Pedro Sánchez, el partido socialista ha tenido muy clara la conveniencia de sembrar la discordia, objetivo que, desgraciadamente, ha logrado, valiéndose del medio más rastrero y sucio que tenía a su alcance; reabrir las heridas de la guerra civil para hacer renacer las dos Españas; para que todos tuviéramos claro que la transición fue un espejismo, un paréntesis en la historia de este país, España, en el que todos tenemos que tener claro quién es el enemigo.
Zapatero y sus huestes, y ahora Pedro Sánchez, valiéndose del falso concepto de la memoria histórica han trasmitido a los suyos que ellos son los agraviados, que en la guerra civil hubo buenos y malos, y que, por supuesto, los buenos son ellos y los malos los de enfrente, por el mero hecho de que ganaron la guerra. Guerra de la que, por otra parte, fue principal detonante la victoria en las urnas del Frente Popular y su posterior gestión caótica, como continuidad de la Segunda República, y que desembocó en el desorden en las calles y el asesinato de opositores como Calvo Sotelo.
La ley de Memoria Histórica, infausta norma que olvida a los damnificados de un bando para beneficiar a los del otro, que se ha encargado de borrar del callejero a todos los que tuvieron algo que ver con la derecha histórica, pero mantiene en él a asesinos condenados de la izquierda; la exhumación de los restos del General Franco del Valle de los Caídos, presentada como victoria histórica de los que nos gobiernan con el complejo del perdedor. El slogan, la pancarta, el puño en alto, la internacional. Alimento para una masa enfervorecida e inculta, incapacitada para desarrollar un sistema democrático sólido y real.
Aún así, todo esto podría darse por normal, aunque no por bueno, en un país de envidiosos y rastreros como España. Un país compuesto, en un alto porcentaje, por gentes que se alegran más del mal ajeno que de su propio bien, como combustible electoral en pro de conseguir el poder, siempre que este poder fuera ejercido como legítimamente corresponde. Sin embargo, como el tiempo es inexorable y la ley es lenta, pero es ley, ahora, por fin, está saliendo a la luz la verdad de los manejos de esta pandilla de sinvergüenzas que componen el Partido Socialista, encabezados por el lobo con piel de cordero José Luis Rodríguez Zapatero. Un personaje que, a mi modo de ver, nunca ha ocultado su fondo oscuro, a pesar de que hay quien opina que era el presidente del talante.
Bajo su falsa apariencia de intermediario diplomático, Zapatero, presuntamente, habría urdido una trama, con el apoyo del corrupto gobierno venezolano, para establecer una red de corrupción internacional con el simple pero claro fin de hacerse rico, a costa de las causas que supuestamente defendía. Casos como el Delcygate, con la introducción en España, presuntamente, de más de cuarenta maletas de contenido desconocido, con el papel, además imprescindible, de José Luis Ábalos; el rescate de Plus Ultra, la acumulación de joyas de origen desconocido, así como su relación con la empresa Análisis Relevante y Whathefav, administrada por sus hijas, para, presuntamente, facturar servicios dudosos de comunicación y marketing y dar cobertura a movimientos financieros que están siendo investigados, son la cabeza visible del probable Iceberg que subyace bajo el agua.
Todo esto, con la colaboración necesaria de miembros del partido, en una intricada telaraña que los jueces están desenmarañando muy a pesar suyo, y que, con toda seguridad, nos va a llevar hasta la cabeza de todo esto, el Uno, el One, el puto amo que, presuntamente, se apellida Sánchez.
Porque, para hacer honor a la verdad, con Sánchez solo hay dos opciones, y quede claro que esto no es una acusación formal, sino una deducción lógica. O lo sabía todo, o es el presidente más imbécil que ha tenido España. Y ambas opciones son escalofriantes. Aunque en mi opinión, y esto es solo una opinión, Sánchez no es imbécil. Es malo, pero no imbécil.
Así pues, y esto solo es una opinión, que es lo mío, espero sinceramente que el que la ha hecho la pague y que quien tenga que acabar en la cárcel, que son muchos, acabe. Para que esta pandilla de presuntos delincuentes no vuelva a tocar poder y, a ser posible, no puedan volver a pisar una calle de este país, España, sin que alguien les saque los colores con dos verdades.
Y pedirle a la justicia, que no se demore, para que podamos olvidar, cuanto antes, la palabra presuntamente.
Director de Opinión de Diplomatic World Magazine.

Los atentados yihadistas cometidos el 11 marzo 2004, tres días antes de las Elecciones Generales, desataron en España un terremoto político cuyas consecuencias aún perduran. Marcaron la historia de España.
Los cuatro o cinco principios básicos, que sustentaban el espíritu de concordia desde que se inició la “transición” en los años 70, desaparecieron a partir de estos atentados. PSOE y PP utilizaron los atentados según sus intereses, con el consiguiente advenimiento de nefasto Zapatero, quién abrió la brecha del resentimiento con la ley de “Memoria Histórica”.
Nunca debió de darse esta situación. Los TEDAX, dos horas después de las explosiones, 10:00 horas del mismo día 11, antes de neutralizar dos bombas que no explosionaron (Atocha y El Pozo), observaron que la sustancia explosiva era de color blanco. No de color rojo como la dinamita Titadyn utilizaba ETA. Datos comunicados inmediatamente a las autoridades policiales, como se refleja en una nota incorporada inmediatamente al sumario.
Así consta en página 30 y en documento oficial nº 5 del anexo del libro «Las Bombas del 11-M. Relato de los hechos en primera persona». (Amazon 2014) del que fuera jefe de los TEDAX, comisario Juan Jesús Sánchez Manzano. Acceso gratuito portal bibliográfico universitario Dialnet.
Aznar se precipitó con un telegrama a embajadas y organismos internacionales el mismo día 11, a las 17:30 hrs., acusando a la banda criminal ETA como autora de los atentados. Este fue el origen y causa (justificación) de la manipulación mediática que vino después.
Pedro J Ramírez, Casimiro García Abadillo y Federico Jiménez Losantos, con mentiras y medias verdades, acusaron a policías, jueces y fiscales de conspirar para encubrir a terroristas (por ejemplo, «Informe ácido bórico», 2006). Con sus “teorías de la conspiración del 11 M”, ignoraron y despreciaron las sentencias de Audiencia Nacional (2007) y Tribunal Supremo (2008).
Con su mala praxis periodística dividieron a las victimas y causaron la crispación social y política cuyas secuelas aún están presentes. Ayudaron a Zapatero a ganar su segunda legislatura en 2008, con las preguntas parlamentarias de Zaplana dictadas por Pedró J Ramírez. Las cuales aprovechó muy bien Rubalcaba para seguir tensionando el ambiente político hasta las elecciones de 2008.
Aún, en junio de 2009, estos periodistas seguían insistiendo en la autoría de la banda criminal ETA con la promoción del libro «Titadyn» (dinamita utilizada por ETA). Casimiro García Abadillo lo prologó con una extensa recopilación de las “teorías” y las especulaciones que ellos habían inventado y difundido.