Del salón en el ángulo oscuro: Sin miedo a nada. Por Teresita Ávila

 «Si no se tomara la vida como una misión, dejaría de ser vida para convertirse en infierno».

León Tolstói.
Sin miedo a nada.

«Acaso ya adivinen que permanecer como espectadores impasibles ante la creciente impunidad de unos poderosos sin miedo a nada no es la solución»

¿Cómo alimentar la esperanza y hacer que algo tan sencillo en apariencia —la responsabilidad individual— anide de verdad en cada ser? ¿Acaso no hemos declinado gustosamente nuestra misión, la que invoca el escritor, cediendo la soberanía que nos pertenece a unos actores que incumplen sistemáticamente sus promesas? Apelar a la esencia del papel que la vida nos ha otorgado, por el mero hecho de vivirla, no es solo un deber moral. No es admisible la dejadez, el «laissez faire, laissez passer», bajo la que ocultar la propia ineptitud hasta que el tiempo escampe; hasta que el siguiente suceso entierre en el olvido el anterior. Esta España desfondada y desplumada es ya un infierno político, administrativo y social perfectamente visible, donde los que deberían servirla y —servirnos— se preocupan en exclusiva de utilizarla como palanca de su propio interés, como venimos denunciando desde hace tiempo distintos analistas y articulistas de esta casa, entre ellos Francisco G. ValenciaAntonio Ibarra y Antonio E.

La figura de Pedro Sánchez se ha despersonalizado y ha adquirido un significado simbólico que trasciende a la persona concreta, convertido en un contraejemplo del poder moral en la actualidad, no en un modelo digno. Tal vez lo encuentren aceptable quienes tengan aspiraciones totalitarias, aupadas por una democracia que ha demostrado ser, por desgracia, una palabra completamente vacía. Sánchez sigue adelante, implacable, sin miedo a nada, émulo tal vez de aquellos protagonistas que esquivaban el peligro en los wésterns. Ni la degradación institucional ni otros escándalos logran derribarlo [1]. La acumulación de evidencias en su contra causa un lógico estupor entre quienes aún conservan —conservamos— la cordura. Como ha recogido la prensa internacional [2], la percepción que tienen es de una huida constante.

El derrumbe de nuestras infraestructuras, el aislamiento consiguiente —que solo puede derivar en mayores tragedias—, responde a una premeditada tarea de demolición controlada, sostenida en el tiempo y perceptible en decisiones reiteradas [3]. Esta aparente desidia afecta a todos los sectores estratégicos que hacen fuerte a un país [4]: las infraestructuras, la justicia, la sanidad y también la educación. Con ello, el propósito es aniquilar cualquier posibilidad de avance para someternos aún más, en la intención de reconstruir un poder que resulte en su solo beneficio. Y, por ahora, el plan les está saliendo redondo, sin que exista reacción alguna en su contra.

El poder es una muy rentable moneda de cambio. La nobleza de la misión pública, de un destino honorable, se ha eclipsado y desaparecido. En cambio, ha sido sustituido por la perversión del egoísmo político, atento a la autopromoción particular, al lanzamiento de carreras institucionales que garanticen puestos, honores y rentas tras el mandato. Esto es un hecho probado: el poder ya no se ejerce como servicio, sino como inversión que pretende un rédito a plazo [5]. No se trata de casos aislados, sino de un patrón bien documentado [6].

¿Qué nos queda? ¿A qué estamos sujetos? Aparte de ver limitado cada vez más su papel frente a la impunidad de los dirigentes, la ciudadanía asume una elevada presión fiscal que pone en riesgo su estabilidad económica y compromete su futuro; asimismo, paraliza iniciativas que pudieran ser de utilidad general. Recibe a cambio unos servicios mal gestionados y degradados [7]. A pesar de la inseguridad jurídica, de la pérdida de fe en las instituciones, de la creciente indignación, los ciudadanos cotizan al alza su desamparo. Sobre todo los mayores y los jóvenes, herederos de una cosecha ruinosa.

En la necesidad de mantener intactos los eslabones —los peones que forman la cadena de servidumbre—, se acrecientan el derrumbe de la educación pública y una frivolidad universitaria que ha sustituido la exigencia por la apariencia [8]. Así, sin vocación y sin esperanza, solo cabe asumir la ausencia de un ideal colectivo. Y se ofrecen las migajas de una ilusión de control, de un poder que en realidad nace dinamitado desde dentro, liquida las aspiraciones y enaltece el sinsentido. En definitiva: certifica la pérdida de misión. Ese infierno vital del que nos hablaba Tolstói. Para colmo de males, esta misma semana, el gobierno ha decidido limitar la creación de centros privados de Formación Profesional [9]. El País añade a la noticia un subtítulo muy elocuente: Pedro Sánchez anuncia que en dos meses saldrá a consulta pública un decreto en la línea del de las universidades chiringuito. Porque, según parece, ¿aquello que promueva la iniciativa privada es sospechoso, o contiene alguna ilegalidad?…

Acaso ya adivinen que permanecer como espectadores impasibles ante la creciente impunidad de unos poderosos sin miedo a nada no es la solución. Simplemente, actúan así porque la sociedad lo permite, ha dimitido de un proyecto moral conjunto, se ha resignado. En conclusión, para nuestra desgracia —y sin asomo de valentía—, ha aceptado tácitamente convertirse en cómplice de este envilecimiento social progresivo. Solo recuperando la misión —personal y colectiva— podremos volver a tener miedo de lo único que realmente merece temerse: nuestra propia indiferencia.

NOTAS_______

[1] El Supremo envía a la Audiencia Nacional la investigación a Cerdán, Ábalos y Koldo García sobre amaño de obra pública

 

[2] El primer ministro español, Sánchez, se resiste a la convocatoria de elecciones y promete una reforma del caso de corrupción

 

[3] [3] EP (25 nov): los españoles perciben un empeoramiento general de los servicios públicos

 

[4] El alto precio de la corrupción en España: Impacto económico y social

 

[5] Cerrar puertas giratorias y regular ‘lobbies’, los deberes que la OCDE pone a España para combatir la corrupción

 

[6] Perspectivas de anticorrupción e integridad 2024

 

[7] El deterioro general de los servicios públicos

 

[8] El Gobierno deja en manos de los estudiantes el control de la Universidad

 

[9] Sánchez anuncia que pondrá «límites» a los centros privados de Formación Profesional

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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