
«Él entendió que aquel desván no solo guardaba objetos, sino que custodiaba ecos de vidas pasadas»
El sol apenas se filtraba por el ventanuco. Empujó la trampilla y notó que el olor a tiempo olvidado flotaba en el ambiente.
Allí, un tesoro de objetos escondidos le esperaban. Los muebles tapados con sábanas blancas parecían fantasmas estáticos. Un baúl con las bisagras oxidadas llamó su atención. Levantó la tapa y éste le mostró los recuerdos de una vida ya pasada. Junto a trapos descoloridos, que en su momento fueron vestidos, descansaba un fajo de cartas. Tomó una de ellas y pudo leer algo sobre amistades lejanas y secretos en la noche.
De repente encontró una caja de música donde unas figuras bailaban al compás de una nostálgica melodía. Aquellos objetos encendieron su imaginación. Veía a su abuela de joven corretear por los jardines repletos de flores, entre risas con amigas que ya marcharon. A su abuelo con uniforme militar.
En uno de los polvorientos rincones algo parpadeó, se acercó con cautela y vio que era una esfera de cristal. Dentro de ella, diminutas luces vibraban dando vida a imágenes fugaces. Extendió la mano para tocarlas y desfilaron ante él: un carrusel dando vueltas, un tren veloz y un cielo estrellado lleno de constelaciones. Esa bola transparente le mostraba las fantasías de sus sueños.
Cuando cesó la música las luces se apagaron y todo regresó al silencio. Él entendió que aquel desván no solo guardaba objetos, sino que custodiaba ecos de vidas pasadas que esperaban, con serenidad, a que alguien volviera a encender otra vez sus luces.
@ Manuel Sanz Real

