
«Me van a perdonar, pero si nadie, ni siquiera Emilia Landaluce se ocupa de estos detalles no estará mal que uno lo intente»
Decíamos la semana pasada que vergüenza nos producía vernos ante el espejo enfundados en unos pantalones cortos, cual si fuéramos colegiales, exhibiendo las ridículas canillas en plena calle para desagrado del prójimo, y en especial de las señoras. No digamos si se trata de entrar en alguna iglesia o museo. Eso no dije, pero lo apunto ahora.
El calor no ha remitido. Es más, creo que se acrecienta y las pruebas (lo habrán comprobado ustedes) nos las presentan, una vez más, qué haríamos sin ellos, nuestros queridos diputados. Pues ya se dirigen a la nación, desde su escaño, en primer lugar el presidente y por no ser menos algún ministro, sin la corbata de rigor. Es cosa que atenta contra la estética que estos señores vayan con su traje y su camisa sin el singular complemento y contra el respeto que -todavía- merecemos. Si tienen calor que se aguanten, que se chinchen, que se joroben y que se fastidien o que se enfunden una guayabera caribeña como hace Eduardo Inda en la televisión. O luzcan una camiseta de algodón con algún lema reivindicativo, pues total…
¿¡Y qué decir de las señorías del bello sexo!? Doña Francina Armengol por ejemplo viene a presidir las sesiones de la Cámara Baja sin otra ropa que un top de tirantes de un azul añil que nos trae reminiscencias de su tierra balear. Doña Francina, que es una mujer guapa, tiene a veces esa tendencia como de mercadillo de pueblo en verano que en nada la favorece. Ese mismo día, la diputada Belarra le echa la bronca al Gobierno y se indigna muchísimo enfundada en un bodi ajustado de color verde mosca que realza su fina figura. Recatada como es, nos ahorra la intolerable imagen de los escotes veraniegos aunque enseña sus hombros atléticos y sus brazos tatuados. Mientras, la derechona se muestra como es, bien tapadica: los hombres, al frente el señor Feijoo, atados hasta el cuello, y las mujeres vestidas de blanco y de largo, defendiéndose del aire acondicionado asesino.
Claro que hay de todo y tampoco es que el hemiciclo sea el templo del mal gusto, ni mucho menos. No sabemos si el señor Iglesias, de seguir en el Congreso, iría con pantalón corto y polo negro ni si su pareja imitaría a doña Juana en la fresca indumentaria, aunque sospechamos algo. Más que nada para diferenciarse de las señoras Ayuso, Millán y Meloni, pongamos por caso.
(Me van a perdonar, pero si nadie, ni siquiera Emilia Landaluce se ocupa de estos detalles no estará mal que uno lo intente.)
Doña Isabel Díaz Ayuso asistió a la corrida de la Beneficencia en una tarde bochornosa que acabó en tormenta, con una chaqueta de color crema que hacía juego con un granate. Y se puso un moño, me parece. Aunque confieso mi contrariedad pues en reciente sesión en la Asamblea de Madrid ha querido sugerir más de la cuenta haciendo gala de un look mitad formal, mitad sexy, y prescindir de ciertas prendas. Produce el calor estos descuidos indumentarios. Doña Giorgia “Armani” en cambio, que es italiana y se toma muy en serio el vestir, desafía a los señores del G7 (adonde no fue invitado “Pedro Augusto”, Esparza dixit) y discute con Donald Trump (cuya eterna corbata roja del banco de Santander luce frecuentemente), llevando para la justa un traje de pantalón y chaqueta entre lima y broncíneo. Y Pepa Millán, que es como la Meloni española, también pequeñita como ella, también mujer de temperamento y sin embargo de un moreno hierático y extremo, romana como Séneca y de pocas bromas, doña Josefina, digo, se presentaba con un vestido negro cubierto de marrón y -cosa rara- posaba risueña en la fotografía para el ABC durante la entrega de sus premios taurinos.
Luego habrá sucedido algo más, pues en esta semana que ha pasado todavía se han celebrado sesiones plenarias, previas a las merecidas vacaciones parlamentarias. Tengo que decir que he prestado ya poca atención. Y anda, que si me he perdido por ello el desahogo del pantalón corto o el bañador…

