(III) El sanchismo. La ideología híbrida que acabó con España. Por Francisco Gómez Valencia

«Al final del túnel de la propaganda, no encontraremos una España más moderna, sino una institución más débil y una sociedad más fracturada»

(III) El sanchismo. La ideología híbrida que acabó con España.

Capítulo 6. 

El Espejismo de la “resiliencia”: Adaptación versus valor real

En la arquitectura intelectual de Edward de Bono, una Revolución Positiva se define por su capacidad de construir valor sin necesidad de destruir al adversario, apostando por una eficacia que trasciende la simple supervivencia. Sin embargo, al tamizar el manual de resiliencia de Pedro Sánchez bajo esta óptica, la perspectiva conservadora revela una distorsión profunda: lo que el sanchismo denomina resiliencia no es la fortaleza del espíritu ante la adversidad, sino una ductilidad amoral que sacrifica la integridad de las instituciones en el altar de la permanencia. Mientras De Bono aboga por un pensamiento lateral que desbloquee el progreso social, el sanchismo aplica una gimnasia política que solo desbloquea su propia continuidad, transformando la «virtud» en un concepto elástico que se estira o se encoge según las exigencias del socio de turno. Esta forma de resiliencia no construye, sino que erosiona; no suma, sino que fragmenta la herencia común de una Nación para apuntalar un proyecto personalista.

Desde una sensibilidad conservadora, el orden y la previsibilidad son las garantías de la libertad, pero la resiliencia sanchista opera bajo la lógica de la mutabilidad constante, donde la palabra dada carece de valor contractual y se convierte en un activo tóxico. De Bono insistía en que una revolución debe ser positiva porque se basa en la contribución y no en el ataque, pero el manual de Sánchez sobrevive precisamente mediante la edificación de muros y la designación de enemigos internos, contraviniendo el principio básico de la Revolución Positiva que busca la optimización del sistema completo. La adaptabilidad que en el mundo empresarial de, De Bono llevaría a la innovación, aquí se traduce en un transformismo ideológico que vacía de contenido las siglas para convertirlas en una cáscara vacía, lista para ser rellenada por la conveniencia del momento. Así, la resiliencia política deja de ser una virtud cívica para convertirse en una técnica de demolición controlada de los contrapesos democráticos.

Sánchez y Begoña recibiendo en la Moncloa.

El peligro de esta «resiliencia líquida» reside en su capacidad para disfrazar la debilidad de fortaleza. El sanchismo no resiste por la solidez de sus convicciones, sino por su falta de ellas, lo que le permite fluir a través de las grietas del sistema judicial y legislativo con una agilidad que escandalizaría al rigorismo de, De Bono. Si la Revolución Positiva busca una sociedad más funcional y menos burocrática, el sanchismo utiliza la burocracia y el decreto como escudos humanos para proteger su núcleo de poder. En este sentido, la crítica conservadora identifica que no estamos ante una evolución del pensamiento político, sino ante un retroceso hacia un pragmatismo descarnado que ignora las consecuencias a largo plazo para la cohesión del Estado. La resiliencia, bajo este prisma, es el arte de sobrevivir al incendio que uno mismo ha provocado, vendiendo el humo como una nueva forma de atmósfera respirable.

En última instancia, el contraste es absoluto: donde De Bono ve una oportunidad para que el individuo aporte valor desde la positividad, el sanchismo ve una oportunidad para que el líder absorba el valor de las instituciones en beneficio propio. La resiliencia del manual de Sánchez es, en realidad, una forma de resistencia al cambio real, una barrera contra la alternancia natural y un desprecio por la estabilidad que el pensamiento conservador considera esencial para la prosperidad. Al final del camino, esta Revolución Positiva de fachada se revela como una «revolución negativa» de manual, fundamentada en el conflicto, la cesión de soberanía y la desarticulación de los consensos históricos, dejando tras de sí una sociedad que ha aprendido a resistir, sí, pero que ha olvidado cómo construir sobre cimientos firmes que no se desplacen con la próxima marea electoral. El sanchismo es el triunfo de la forma sobre el fondo, de la táctica sobre la estrategia y, lamentablemente, de la supervivencia sobre el servicio.

Sánchez y sus ministros.

Capítulo 7.

La Cohorte del consentimiento: Ministros como engranajes de una maquinaria de demolición

En la doctrina de la Revolución Positiva, el éxito de una organización depende de la sinergia de individuos que aportan valor desde su competencia técnica y su integridad. Sin embargo, al analizar la trayectoria del Consejo de Ministros bajo el sanchismo, lo que emerge no es un equipo de gestión, sino una cohorte de ejecutores cuya única función es la validación del líder. Desde una perspectiva conservadora, la historia de estos gabinetes no es la de un servicio público, sino la de un servilismo sistémico donde la «chapuza» administrativa y el atajo legal se han convertido en la norma para sostener una mayoría parlamentaria tan dispar como peligrosa, cosida únicamente por el interés partidista y el desprecio a la estabilidad institucional.

El sanchismo ha perfeccionado la figura del «ministro pararrayos», aquel que no solo acepta el error como parte del guion, sino que lo defiende con una vehemencia que insulta la lógica del pensamiento lateral de, De Bono. Si este buscaba soluciones que beneficiaran al conjunto, el equipo de Sánchez ha buscado huecos legales para imponer un proyecto de ruptura. Un ejemplo flagrante de esta degradación operativa fue la gestión de la Ley del «Solo sí es sí», donde la soberbia ideológica de un ministerio se tradujo en una brecha de seguridad jurídica sin precedentes. Aquí, la resiliencia no fue corregir el rumbo, sino sostener la mentira hasta que el coste electoral se hizo insoportable, demostrando que para el sanchismo, el error técnico es secundario si sirve para alimentar el relato de bloque.

Este servilismo se manifiesta con especial crudeza en el uso de la arquitectura legal del Estado como un juguete de ingeniería social. Ministros de Justicia y de la Presidencia han actuado no como guardianes del Derecho, sino como sastres de una legislación a medida para satisfacer a minorías que, en cualquier democracia sana, serían marginales para la gobernabilidad. El uso abusivo del Real Decreto-Ley ha pasado de ser una herramienta de urgencia a ser el martillo pilón con el que el Consejo de Ministros machaca el debate parlamentario. Este es el «atajo» definitivo: gobernar por la vía de los hechos consumados, evitando el escrutinio técnico que De Bono (nuestro autor de referencia) consideraba esencial para la eficacia constructiva. La eliminación del delito de sedición y la rebaja de la malversación no fueron actos de generosidad política, sino transacciones mercantiles ejecutadas por ministros que prefirieron manchar su expediente histórico antes que contradecir la voluntad de supervivencia del presidente.

La disparidad de la mayoría parlamentaria que sustenta al Gobierno —un mosaico de intereses secesionistas y populismos radicales— ha obligado a los ministros a actuar como equilibristas del absurdo. Hemos visto a titulares de carteras económicas justificar previsiones que cualquier analista serio calificaría de ciencia ficción, simplemente para validar unos presupuestos que son, en realidad, el precio de un alquiler en la Moncloa. En la Revolución Positiva, la verdad y la eficiencia son innegociables; en el sanchismo, la verdad es un concepto fluido que los ministros deben moldear cada mañana en las ruedas de prensa tras el Consejo. Esta falta de rigor ha llevado a situaciones kafkianas en la gestión de fondos europeos o en la política energética, donde la ideología se ha impuesto a la realidad física y económica, generando costes que las futuras generaciones de españoles tendrán que sufragar.

La crítica conservadora no puede ignorar el papel de los ministros de Interior y Defensa, quienes han sido forzados a gestionar la erosión de las fronteras y de la propia imagen de las instituciones armadas para no incomodar a los socios de coalición. El servilismo aquí alcanza una dimensión trágica: el sacrificio de la seguridad jurídica y la integridad nacional por un puñado de votos en el Congreso. Los «errores» en la gestión de las crisis fronterizas o los bandazos en política internacional, realizados a espaldas de la Cámara, son la prueba de que el Consejo de Ministros ha dejado de ser un órgano colegiado de decisión para convertirse en una extensión del equipo de propaganda de Presidencia.

A diferencia de lo que De Bono entendería como una estructura eficiente, el gabinete sanchista es una estructura de obediencia ciega. No se premia la excelencia, sino la capacidad de defender lo indefendible sin pestañear. Cada ministro que ha pasado por el gabinete ha entendido que su permanencia depende de su disposición a ser el brazo ejecutor de un proyecto que busca, por encima de todo, la deconstrucción de los consensos de 1978. Las chapuzas legislativas, lejos de ser accidentes, son el subproducto de una urgencia por transformar la sociedad sin pasar por los controles de calidad que el pensamiento conservador y la buena gestión exigen.

En conclusión, este capítulo de la historia de España muestra un Consejo de Ministros que ha desertado de su función de control interno para abrazar un activismo de supervivencia. Bajo el prisma de la Revolución Positiva, se trataría de una organización fallida, pues consume más energía en defenderse y en atacar al «enemigo» que en crear valor real. Para el observador conservador, es la confirmación de que el sanchismo ha convertido el Gobierno en un laboratorio de resistencia líquida donde la ética de la responsabilidad ha sido sustituida por la estética de la sumisión. El resultado es un país donde las leyes ya no son reglas generales, sino privilegios particulares, y donde el Consejo de Ministros no es más que el coro que acompaña, con silencio o aplauso, el desmantelamiento de la estabilidad institucional en pos de un poder que no admite límites ni críticas. El servilismo de los colaboradores de Sánchez no es solo una falta de carácter individual; es el lubricante necesario para que una minoría parlamentaria fragmentada logre imponer su agenda sobre la mayoría nacional, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Enlace a los tres primeros capítulos.

Enlace a los capítulos cuarto y quinto.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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