
«Leo entraba a la pista con su nariz postiza tropezando con sus zapatones, lo que provocaba las carcajadas del público»
Bajo la carpa del viejo circo observaba el reflejo de su cara en el espejo del camerino. Las arrugas de su rostro se difuminaban bajo una gruesa capa de maquillaje, que dibujaba una sonrisa en contraste con la tristeza de sus ojos.
Para el público él era Leo, el payaso que hacía reír a jóvenes y mayores. La función continuaba con la rutina de siempre: malabaristas, trapecistas, acróbatas, música…
Llegaba entonces el turno de Leo, quien entraba a la pista con su nariz postiza tropezando con sus zapatones, lo que provocaba las carcajadas del público. Pero aquel día, durante su actuación, reconoció a una mujer sentada en la primera fila. Sabía que era una persona olvidada, pero muy cercana a él. Mientras actuaba, su mirada no se apartaba de ese rostro. Ella, entre risas fingidas, seguía cada uno de los movimientos de Leo con una mezcla de nostalgia y reconocimiento. Él sintió que su maquillaje se transformaba en una pesada máscara.
Al llegar el momento estelar, Leo debía disparar un cañón de confeti hacia el público. Era el clásico cierre de su actuación. Mientras preparaba el dispositivo, se acercó a la mujer. El silencio se hizo denso. Ella extendió la mano para tocar las arrugas de su desgastado traje. No hubo palabras, solo el contacto de dos vidas separadas en el tiempo. Leo se dio cuenta de que los aplausos ya no llenaban su vacío.
Envuelto en una nube de confeti bajó la cabeza mientras abandonaba la pista. Arrojó su nariz postiza contra el suelo, decidido a comenzar una nueva vida junto a la persona que siempre amó.
@ Manuel Sanz Real

