
«Me tomo el atrevimiento de responder con la frase final del clásico cinematográfico de 1968 El planeta de los simios: ¡Maniáticos, la habéis destruido. Yo os maldigo a todos!»
La utilización de unas colas en los programas de infoentretenimiento de TVE, editadas con la intencionalidad de reforzar la percepción del ciudadano de las siglas IDA, Isabel Díaz Ayuso, con imágenes grotescas, extravagantes, burlescas, caricaturescas, evidentemente seleccionadas por servidores fieles y capaces de no defraudar a His Master’s Voice, para ridiculizar a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Da igual de que tema estén tratando, pero si es de la señora Ayuso aparece ese montaje que califica a quien lo mandó y a quien obedeció. Se pretende la exageración y la desfiguración. Por este motivo he decidido escribir mis opiniones al respecto. Me siento totalmente avergonzado de lo que está ocurriendo en TVE. Y escribir es la única forma de hablar sin que te interrumpan.
Hay un momento en la vida de cualquier trabajador en el que tiene que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar por obedecer. Porque no todo vale. No vale aceptar cualquier orden simplemente porque viene de arriba. No vale mirar hacia otro lado cuando una decisión es injusta. Y tampoco vale convertirse en militante de quien te paga, hasta el punto de confundir la lealtad con la sumisión.
La Corporación RTVE (Radio y Televisión Española) se define como una sociedad mercantil estatal de titularidad íntegramente pública que tiene encomendada por ley la misión de garantizar y ofrecer un servicio público esencial de radiodifusión y televisión. Siendo la independencia una de sus características principales. Es decir, por ley, debe ser independiente de cualquier gobierno, partido político o empresa, rindiendo cuentas directamente ante el Parlamento.
Trabajar en una empresa no debería significar renunciar al criterio propio. Al contrario. Una empresa también se construye con la dignidad, la experiencia y la voz de quienes trabajan en ella. Y cuando esas voces desaparecen, cuando todos agachan la cabeza y aceptan sin rechistar lo que decide la nueva dirección, la empresa puede seguir funcionando, sí, pero empieza a perder algo mucho más difícil de recuperar: su prestigio. Porque callar también es tomar partido.
A todos aquellos que, durante años, pusieron su esfuerzo, su tiempo, sus conocimientos y sus ilusiones al servicio de un proyecto que sentían como algo suyo, quizá les dolería ver que el esfuerzo de toda una vida puede quedar reducido a un recuerdo. Que una forma de trabajar, unos valores y un prestigio construido durante décadas pueden ir desapareciendo mientras quienes tienen la responsabilidad de defenderlos prefieren mirar hacia otro lado.
Porque una empresa no pertenece únicamente a quienes ocupan un despacho hoy. También forma parte de la vida de todos los que pasaron por ella. De quienes la levantaron desde abajo, de quienes entregaron sus mejores años, de quienes se jubilaron y de quienes se fueron para siempre dejando allí una parte de su vida.
Por eso no estoy hablando de rebelarse contra todo ni de convertir el trabajo en una batalla permanente. Hablo de algo mucho más sencillo: conservar la dignidad y el criterio. Y no olvidar que ninguna dirección es eterna y que ningún cargo convierte automáticamente una decisión en digna, cuando ha surgido de las entrañas del peor servilismo.
Hubo un tiempo en que RTVE tuvo prestigio, tuvo una manera de hacer las cosas, fue importante para quienes pasaron por ella, si formas parte de su plantilla, también tienes cierta responsabilidad en lo que llegue a ser mañana.
No basta con conservar el puesto.
No basta con obedecer.
No basta con decir: «Son órdenes de la nueva dirección».
Porque cuando todos se limitan a obedecer, cuando nadie cuestiona nada y cuando incluso quienes han sido perjudicados prefieren callar, la empresa puede conservar sus edificios, sus despachos y sus cargos, pero poco a poco pierde aquello que realmente la hizo grande. Y quizá lo más doloroso no sea únicamente lo que estamos perdiendo hoy, sino pensar en aquellos que ya no pueden decir nada. En los jubilados que dieron sus mejores años a esa empresa y en los compañeros que fallecieron sin imaginar que algún día podría llegar a perderse aquello por lo que tanto trabajaron.
El prestigio se construye entre muchos y durante muchos años. Pero también puede perderse entre muchos que, pudiendo hacer algo, decidieron simplemente callar. Y cuando eso ocurre, no solo se traiciona el presente. También se olvida a quienes hicieron posible el pasado.
Me pregunto qué pensarían si pudieran asomarse hoy y contemplar lo que está ocurriendo.
Me tomo el atrevimiento de responder por muchos de ellos, con la frase final del clásico cinematográfico de 1968 El planeta de los simios: «¡Maniáticos, la habéis destruido!».
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